En la anterior entrada, hablaba de que existe una forma de atacar a la economía acusándola de buscar el crecimiento perpetuo y de cómo tal objetivo era imposible. Allí traté de contrarrestar la idea de que el crecimiento conlleve necesariamente aumentos de otros parámetros, en aquel caso la energía. Al fin y al cabo “crecimiento económico” es un concepto ambiguo y la forma en que suele medirse (el PIB), no deja de ser un simple arreglo aritmético totalmente arbitrario que no conlleva necesariamente el aumento de nada en concreto, salvo de la cantidad de bienes y servicios durante un período de tiempo en una economía.maxresdefaultEl argumento que quise hacer llegar es que el crecimiento eterno puede o no ser posible, pero que esto carece de importancia alguna. Hablamos de solo una fórmula que refleja ciertas cosas, pero oculta muchas otras, y que por tanto nos dice bien poco: ni sobre el gasto de la energía, como pretendía nuestro amigo el físico, ni sobre la sostenibilidad del crédito en la economía, como al parecer ciertas corrientes anticapitalistas defienden en la red, ni sobre el bienestar de la población, que es lo que suele provocar las críticas más lúcidas de la variable, muchas de ellas desde dentro de la economía.

Porque hoy quiero ir más allá en mi defensa de la profesión económica y negar la mayor: la acusación de que los economistas son predicadores del crecimiento exponencial. No se trata de negar que el crecimiento es visto como algo enormemente conveniente por la economía ortodoxa. En su libro “The Affluent Society”, J. K. Galbraith explicaba cómo el capitalismo lleva aparejados una serie de desequilibrios inherentes a su propio funcionamiento que se alivian gracias al crecimiento económico. Los problemas que el crecimiento nos permitía despreocuparnos incluían “el desempleo, la inseguridad agrícola, la amenaza de bancarrota a la pequeña empresa, los riesgos para los inversores, los problemas financieros de estados y ciudades, e incluso los problemas originados por la incapacidad de los ciudadanos para afrontar el pago o alquiler de sus hogares” .

Galbraith dedica el libro a criticar y desacreditar la facilidad con que la política progresista (y con ella la economía, no al revés) ha abrazado el aumento del crecimiento como forma perezosa de librarse de estos problemas, en lugar de buscar sus raíces para atajarlos uno a uno. Y con ello, obvia decirlo, se realiza una crítica al PIB como objetivo de política económica.
“The Affluent Society” está escrito nada menos que en 1958. No debemos perder de vista este hecho cuando nuevos descubridores de mediterráneos nos hablen décadas después de cómo han encontrado la verdad revelada sobre lo malo/inútil/dañino que es el crecimiento.

Porque el PIB no es una medida adecuada para prácticamente nada. Y no fue Galbraith el primero en mencionar esto, allá por los años cincuenta. Seguramente la persona que primero advirtió sobre los riesgos de fijar nuestra atención sobre esa variable específica fue Simon Kuznets. Y él debía saber bastante del asunto, porque fue su creador.
Cuando Kuznets desarrolló el sistema de cuentas nacionales para la administración Roosevelt, dejó claro que “es muy dificil deducir el bienestar de una nación a partir de su renta nacional”. De hecho, el economista bielorruso opinaba que su aplicabilidad era muy limitada y de forma premonitoria advirtió contra el “uso abusivo resultante” de situarlo en el centro de la política gubernamental. Kuznets (nobel de economía en 1971, y lejos de ser ningún radical) consideraba que el PIB no debía contabilizar todas las transacciones, sino solo los bienes que aportaran bienestar humano. En su concepción del producto nacional gastos no sociales (como el militar) o superfluos, como la publicidad o las actividades financieras, debían quedar excluidos.
La lista de académicos de dentro y fuera de la economía que desde entonces han luchado contra la obsesión con el PIB es extensa, e incluye a algunos bien conocidos economistas ortodoxos como Paul Samuelson (véase su capítulo en The Theory of Capital, 1961), Kenneth J. Arrow. James Tobin, Fred Hirsch ó Jan Tinbergen, además de autores de la economía medioambiental (William Nordhaus) o los más conocidos en la tradición keynesiana como Amartya Sen, Joseph Stiglitz o Robert Solow. Es difícil aceptar una acusación relacionada con el crecimiento y el PIB a “los economistas”, tras esta pequeña muestra en la que ni siquiera hemos entrado en escuelas radicales como la economía ecológica o el complejo mundo del marxismo económico.

Han sido muchos años tratando de alejar a las autoridades, la prensa y la opinión pública de la fijación con una medida que tiene, indudablemente, cierta utilidad para que los economistas puedan medir determinadas realidades (el signo del crecimiento económico, no su cantidad ni su efectos sobre el bienestar, diría Kuznets). Muchos esfuerzos que han dado algunos tímidos resultados en los 90, con el surgimiento de índices como el de Desarrollo Humano, los intentos de crear una medida que tenga en cuenta el consumo de capital, ya sea fijo o incluso natural, o de abogar por el uso de medidas que reflejen actividades no monetizadas (la economía feminista, por supuesto, ha estado el frente de estas iniciativas).

Resulta por ello descorazonador el surgimiento de movimientos que, desde una perspectiva radical, pretendan traer al frente a un concepto al que estábamos logrando poco a poco enterrar. Y que se empeñen en que nos fijemos en el PIB para, esta vez, buscar la forma de reducirlo.

Hablo, por supuesto, de la moda del decrecentismo que gira en torno a Serge Latouche, quien, como buen economista que es, se montó un hombre de paja (una marea de economistas obsesionados con el crecimiento) contra el que armar su discurso. Una repetición de viejas evidencias que ya sabíamos desde al menos, los años 50 (cuando no las había dejado claras Kuznets mismo en los años 30), para hacerse un hueco a base de obviar a quienes ya han dicho lo mismo antes, mucho antes.

La realidad es que, como ya dijimos al principio, el crecimiento es un concepto ambiguo, y su medición un producto arbitrario. Según cómo decidamos medirlo e incluir unas variable su otras, el crecimiento puede ser siempre positivo o estar condenado a chocar contra un muro de imposibilidad, ya sea física, social. energética o de otro tipo.
Lo mejor que podemos hacer con ello es olvidarlo, y centrarnos en las medidas de aquello realmente importante: la sostenibilidad medioambiental, estándares alimentarios y de vida mínimos para las personas, así como minimizar las desigualdades de todo tipo, y mejorarlos sin pensar en si ello va a elevar o disminuir unos puntos porcentuales cierta medida inventada simplemente para repartir cargas impositivas entre sectores económicos.