Ayer hubo elecciones legislativas en España y el resultado, pese entusiasmos y decepciones, es que la salud de los dos grandes partidos es tan fuerte que sólo un cataclismo como la quiebra del sistema público de pensiones podría afectar a su importante base social. El PP y el PSOE suman el 50% de los votos emitidos: el 50% de los electores revalida a dos partidos que reformaron la constitución a espaldas de la ciudadanía y sin consultarnos por presiones de Alemania. Se cambiaron las prioridades de nuestro sistema político: los pilares de nuestra convivencia como dicen los políticos de verbo florido. El proceso de toma de decisiones se vació al mínimo de controles democráticos o de cualquier debate público razonado entre nuestros legisladores. Los dos grandes partidos asumieron que dentro de la Unión Europea teníamos una posición completamente subordinada que dejaba sin contenido real el concepto Soberanía Nacional. Nuestros representantes nos minorizaron hasta convertirnos en una colonia y el 50% de los electores han ratificado nuevamente este proceder, sin entrar a valorar el problema de corrupción sistémica que sufrimos.

La explicación que los politólogos suelen ofrecer al comportamiento de nuestros electores apela al concepto de homo economicus. Los dos grandes partidos son los máximos defensores de los pensionistas y, por eso, los pensionistas los votan para tener mayores garantías de que sus rentas no se verán tan afectadas por las políticas de recortes. Por lo tanto, estamos atrapados en una crisis generacional capitaneada por colectivos que intentan imponer sus prioridades sobre otro grupos de edad o profesionales.

Sin embargo, este enfoque olvida que los electores se identifican con sus representantes políticos y que, en muchos casos, el voto fiel de la generación de mayor edad sigue siendo fiel porque mantienen un vínculo afectivo con su partido, porque se sienten parte activa de logros colectivos que se lograron gracias a su acción, a su participación militante en campañas y un idealizado pasado de lucha contra la dictadura. Ese vínculo emocional explica sus propias vidas, sus propias decisiones y les dota a ellos mismos de una identidad moral, una identidad cuya brújula ha sido dirigida, precisamente, por esos mismos partidos que, mediante sus plataformas mediáticas, ha construido ese relato que solemos llamar Cultura de la Transición a raíz del libro coordinado por Guillem Martínez.

Por esta misma razón, los más jóvenes, que no tomaron parte activa en ese cambalache que fue la transición, han podido gracias a la distancia ver con más objetividad todas las costuras de nuestro sistema político. No es sólo un problema de falta de oportunidades, de tapón generacional. Es el problema de construir un sistema político viciado desde el origen por la necesidad de perdonar los pecados pasados de los franquistas, un perdón que se ha ido extendiendo hacia cualquier persona que disfrutase de una posición de privilegio y poder, porque si los crímenes, asesinatos y casos de corrupción cometidos durante la dictadura quedaron impunes, era imposible tener legitimidad moral para castigar los delitos presentes. El caso Sofico, Redondela o las tropelías de la familia Juan March ni tan siquiera tuvieron una motivación política, fueron abusos de poder motivados por el lucro que nuestro sistema judicial (en el caso Redondela gracias a la indolencia del padre de nuestro actual presidente, Mariano Rajoy) fue incapaz de procesar y sancionar debidamente.

El incisivo y acertado libro de Gregorio Morán El Cura y los mandarines articula correctamente la transición española sobre dos reconciliaciones o perdones que son el fundamento de la autoindulgencia y narcisismo característico de nuestros próceres y sus palmeros ilustrados. Los 25 años de Paz pergeñados por Fraga en 1964 fue el momento del primer perdón: los verdugos, los franquistas, perdonaron a sus víctimas, los republicanos. En aquella ocasión, como bien explica Morán, la cultura oficial española readmitió a pensadores que compartían el mismo pecado común de no ser tradicionalistas católicos virulentos. Luego, vino la llamada transición española propiamente dicha y, entonces, los hijos de los verdugos, los hijos de los franquistas que participaron en la represión, desde los puestos de dirección que habían copado en los partidos de oposición, perdonaron a sus padres. La reconciliación nacional española fueron los hijos de los verdugos perdonando los crímenes de sus padres. El exilio, los auténticos republicanos y socialistas, las verdaderas víctimas, no fueron invitados. Se los marginó y expulsó del proceso, porque sólo podían mostrar su desagrado. Sólo Santiago Carrillo se prestó encantado al paripé, porque él sí tenía crímenes a sus espaldas que debían ser perdonados como la matanza de Paracuellos o la eliminación física de sus opositores dentro del PCE. El problema es que la mayoría de republicanos no tenía crímenes similares en su haber. No se les debía perdonar nada, en todo caso sólo ellos tenían autoridad moral para perdonar, pero jamás se los dejó tener voz propia. Se les silenció y borró de nuestra historia cultural, de nuestra memoria.

Sin embargo, la mayoría de españoles crecidos en el franquismo que se oponían al sistema político no fueron capaces de percatarse del auténtico calado del pasteleo. La oposición se expresó en términos de radicalidad política, de constituciones o sistemas políticos más o menos revolucionarios, socialistas, federalistas, pero no se entendía la naturaleza moral de las decisiones políticas. Los historiadores marxistas y los sociólogos partidarios de la teoría de la modernización explicaron la Guerra Civil como una fatalidad estructural sin responsables, sin culpables, y pavimentaron la farsa de la reconciliación nacional, de superar el atraso del pasado para construir una España moderna, democrática y europea. Ese es el relato que vertebró la transición y al que toda una generación se siente unida, ese es el supuesto gran éxito colectivo de una generación que nunca aceptará que se equivocó, que las dictaduras pueden ser muy modernas económicamente, pero por eso no dejan de ser dictaduras. Que en los países donde hay clases profesionales muy cosmopolitas que se descargan series por Internet en versión original, también hay grandes sectores de la población marginados, maltratados y explotados, porque todo esto también es ser muy moderno. Que su sueño de modernidad de las Olimpiadas de 1992, y todas las futuras Olimpiadas que todavía nos esperan, no cambiarán lo que pasó en España, no cambiarán nuestra historia ni los crímenes que se cometieron en el pasado.

Es más, no admitirán que llevaron al país a entrar en el Euro y la Unión Europea sin tener una clara idea de lo que estaban haciendo. Como los absolutos inmaduros e irresponsables que eran, convencidos de su grandiosidad por habernos dado una democracia y haber evitado otra Guerra Civil, se dejaron deslumbrar por una Alemania que marcaba el camino de lo que debían hacer. Era su única guía, su única referencia. No podían equivocarse, porque no se habían equivocado al hacer la transición. Tutelados por sus partidos hermanos de las democracias avanzadas, nos trataron como nos siguen tratando: con suficiencia y soberbia porque no somos más que niños incapaces de entender qué nos ocurre. Y en ese relato de la modernidad, de una modernización que pronto sustituyó a cualquier demanda de democratización, participó toda una generación que se entusiasmó, que viajó un poco por Europa y se quitó sus complejos, que volvía a casa para decir que en España había más ordenadores y todo estaba más informatizado que en Italia, Grecia e incluso Francia. Que nuestros ferrocarriles eran mejores que los de… y sintieron que todo eso era gracias a ellos, que fueron suficientemente responsables como para entender que los sacrificios de la reconversión industrial era un mal necesario para entrar en Europa. Ellos sancionaron esas decisiones, ellos las aprobaron y ellos se sienten identificados con nuestros gobernantes que las tomaron. No pueden cuestionar el actual sistema político sin cuestionar sus propias vidas, sin pensar que aquellos amigos o familiares que eran más críticos, que estaban más enfadados y votaron NO en el referéndum de la OTAN puede que tuvieran razón, que puede que el éxito, el narcisismo y la autocomplacencia de nuestros mandarines también afectara a su sano juicio y cayeran en una indolencia ciudadana cuyas consecuencias deben sufrir sus propios hijos. Nadie quiere llegar a la última etapa de su vida con la sensación de que se equivocó, de que el reflejo que se hacía de sí mismo y de su generación estaba distorsionado por la vanidad y no se ajustaba a la realidad, de que, se mire por donde se mire, el país está quebrado porque como generación fracasaron. Es muy difícil admitir la situación real de nuestro país sin sentir una angustia que te exige hacerte preguntas incómodas que llevan a respuestas desagradables y hay toda una generación que no tiene ganas de replantearse su existencia y, de hecho, no sufren una angustia tan apremiante. En consecuencia, pueden negar la realidad y la negarán y, pase lo que pase, seguirán votando e identificándose con el reflejo de ellos mismos que más les guste.