downloadCon la situación de final de episodio televisivo que nos dejaron las elecciones del 20D y la consiguiente lluvia de análisis que están intentando desentrañar los entresijos de la negociación, quizás lo mejor que podemos hacer es parar a respirar un momento y observar las consecuencias que este nuevo panorama político pueda tener a más largo plazo.
El efecto más candente de las elecciones ha sido Podemos trazando una ominosa línea roja para prestar un hipotético apoyo a Pedro Sánchez en la investidura: la aceptación por parte del PSOE de un referéndum de autodeterminación en Cataluña.

Como era de esperar, semejante condición está generando una monumental alboroto entre los poderes fácticos del PSOE  y los opinólogos de la prensa del país, ninguno de los cuales parece muy interesado en que Pedro Sánchez gobierne, todo hay que decirlo.

La jugada de los de Iglesias es maestra: pone al PSOE contra las cuerdas de sus propias contradicciones internas (un partido que se dice federalista y cuya franquicia catalana apoyaba el referendum hasta hace pocos años), mientras lanza un torpedo a la línea de flotación del consenso de la transición.

La unidad de España y su representante simbólico, la corona, es el tema intocable que nos dejó la Constitución del 78. La colina a cuya defensa acuden prestos todos los baluartes de nuestro sistema, políticos, institucionales y mediáticos, olvidando sus diferencias. Además, ha servido para su legitimación durante ya casi cuatro décadas, habiéndose mostrado inmisericordes con cualquier atisbo de su modificación.

Podemos, que sabe que debe deteriorar esa legitimidad lo suficiente para crear fisuras por donde colarse si quiere ser una nueva alternativa mayoritaria, se ha encontrado en la defensa del referéndum catalán una palanca con la que agrandar las grietas abiertas en el régimen. Presionados o no por su alianza en Cataluña, han acertado esta vez en la lectura política de la sociedad. Es este un tema en el que las élites están mucho más empeñadas que la población.

El resultado de Podemos tras haber declarado su apoyo al referéndum sin paliativos en los últimos compases de la campaña , muestra que en las preferencias políticas de la ciudadanía pesan mucho más otras consideraciones que mantener la unidad mitológica de la nación.

Haciendo algunos números, Podemos ha tenido un 13,65% de votos en aquellas CCAA donde se han presentado solo con su nombre (es decir, exceptuadas Galicia, Cataluña y Valencia). Este porcentaje apenas varía (13,12%) si tenemos en cuenta sólo las comunidades donde no existen lenguas co-oficiales propias (es decir, si exceptuamos también Baleares, País Vasco y Navarra), que podríamos considerar más comprensivas en general hacia las demandas de autodeterminación.

Si a Podemos le sumamos los apoyos recibidos por IU, que también ha mostrado su apoyo a la realización de un referéndum, estamos que en la España de habla castellana hay casi un 16% de población que vota a opciones que abiertamente consideran que la estructura del estado puede ser sometida a revisión. No podemos saber cuánto del 25,62% de votantes del PSOE también aceptarían algo así, pero es fácil imaginar que al menos una quinta, si no incluso una cuarta parte del electorado está de acuerdo con ello.

Y una vez se muestra que la población no tiene la unanimidad de parecer de la clase política, y por extensión de todo el entramado que nos dejó la transición, en la importancia del elemento que da sentido simbólico al arreglo del 78, el escenario está servido para un mayor distanciamiento de la ciudadanía con las viejas élites.

Los que más deberían temer este giro de acontecimientos son, paradójicamente, los independentistas catalanes. Es ya lugar común que el independentismo en Cataluña ha ido en aumento, desde unos niveles muy bajos en la época del tripartit, hasta casi un 50% (44% frente a un 48% que desea seguir en España según el último barómetro del Centro de Estudios de Opinión catalán), espoleado por la sentencia de 2010 del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña de 2006.

El independetismo en Cataluña desde el estatut de 2006. Elaborado por El País

Sin embargo, tras cinco años desde la sentencia y una legislatura de Mariano Rajoy que ha sido en todos los aspectos posibles (económicos y políticos) un acicate para que muchos españoles se planteasen marcharse del país (ya sea de manera individual o colectiva), que a día de hoy las posiciones en Cataluña estén en tablas dice mucho de la paciencia del pueblo catalán con Madrid.

También dice que, de celebrarse el referéndum en un plazo próximo, más que probablemente diese un resultado negativo, tal y como hicieron ver las elecciones autonómicas catalanas. Es de esperar que un cambio político de ese calado en Moncloa pudiese amarrar a los votantes que basculan entre ambas opciones a la de permanecer en el país. La teoría de Podemos de “cautivar” a los catalanes es, a día de hoy, una opción real, dada la situación. Con el equilibrio actual de fuerzas, el referéndum difícilmente proporcionaría la fuerza suficiente para un proceso tan complejo como una división del estado.

Así que si yo fuera independentista, estaría deseando una nueva investidura de Rajoy, y consideraría a Pablo Iglesias mi mayor enemigo, puesto que un referéndum ahora supondría fácilmente dejar la posibilidad de independencia suspendida para una buena temporada.

En caso de realizarse un referéndum, el debate previo debería servir para que los catalanes puedan votar con conocimiento de sus consecuencias, y librarnos de las numerosas falacias que se han lanzado en el bochornoso griterío al que estamos sometidos. Muchas de ellas son económicas, las más flagrantes referidas al futuro de los lazos económicos del nuevo estado con la UE.

A pesar de las plagas y el aislamiento  económico que se le anuncian a una posible Cataluña independiente, no es necesario estar en la UE para comerciar de forma libre y abierta con ella. Noruega y Suiza no forman parte de la UE, pero están asociadas a ella de forma que la libertad de movimientos de mercancías, personas y capitales con los estados miembros está garantizada.

Firmar acuerdos similares a los de estos países no llevaría tiempo y apenas crearía perturbaciones, máxime cuando la integración es ya existente (a través de España) y ambas partes tendrían el máximo interés y posiciones muy parecidas (Cataluña no tiene secretos bancarios o una industria ballenera que le genere conflictos con la legislación europea).

Por otro lado, como Yanis Varoufakis no se cansa de repetirles últimamente a los británicos, para un país europeo es una considerable desventaja estar fuera de la UE. Por poner solo un ejemplo, sus productos siguen necesitando cumplir con la normativa que imponga la Unión (puesto que es su principal mercado), pero pierde cualquier capacidad de influir en su elaboración. Mientras tanto, competidores que sí forman parte de la UE aprovecharán para incorporar leyes que perjudiquen a sus productos,. El repertorio de barreras no aduaneras que pueden crearse en Bruselas es inmenso (desde etiquetados a envases, características del producto, etc.). No debemos perder de vista que la UE es, ante todo, un foro de lobistas intercambiando favores.

Otro curioso debate que se ha dado es el relativo a la legalidad y el carácter vinculante de un referéndum en Cataluña. Curioso porque según nuestra Constitución del 78 los referéndums en España son siempre, por definición, no vinculantes. Acerca de la posibilidad de hacer uno limitado a una parte del territorio sí es posible mayor interpretación, pero como ésta la realizaría el Tribunal Constitucional y esta institución ya ha dado muestras de qué pie cojea, no es difícil suponer lo que determinaría.

Por esto, y porque creemos que siempre es bueno aprovechar cualquier ocasión para que la población, cuanta más mejor, exprese sus opiniones democráticamente, desde Communia queremos abogar por un referéndum a nivel estatal, para que todos los españoels puedan dar su parecer. La pregunta sería:

“¿Desea usted que su provincia forme parte de un estado independiente distinto del español?”

Y así sabríamos todos donde estamos.