Ayer se ha firmado un acuerdo calificado como histórico entre Japón y Corea para cerrar  la disputa existente entre ambos países acerca de las mujeres que el ejército japonés utilizó como esclavas sexuales durante la colonización y la Guerra del Pacífico.

El principal escollo había sido siempre la negación, pese a la evidencia, de que el ejército japonés había creado un sistema organizado y gestionado de forma oficial de  “estaciones de confort” para sus soldados, con mujeres no solo coreanas, sino de toda Asia, e incluso holandesas tomadas prisioneras de entre la población colonial de lo que hoy es Indonesia. Con el presente acuerdo, la presidenta coreana Park, hija del dictador que dominó Corea entre 1963 y 1979, se considera satisfecha con el acuerdo, aunque no así algunas de las activistas más prominentes de entre las antiguas esclavas sexuales que continúan vivas.

Es importante que un gobierno como el de Shinzo Abe, conservador, revisionista y poco dado a reconocer los crímenes del imperialismo japonés (quizás porque su abuelo estuvo directamente implicado en ellos) haya aceptado cerrar un acuerdo como este. Máxime cuando Abe había anteriormente emitido declaraciones rechazando  incluso la base de disculpa que ya realizó Japón en 1993, durante el breve lapso de tiempo que duró el gobierno de coalición de Morihiro Hosokawa.

Pero si Japón se había disculpado ya en 1993 ¿por qué era necesario hacerlo de nuevo?

Como ya indica la prensa, la disculpa de 1993 fue acompañada de indemnizaciones pero no a cargo del gobierno japonés, sino realizadas por un fondo creado para ello con donaciones privadas, que muchas de las víctimas coreanas rechazaron. Este era la principal razón para exigir una nueva contrición de Japón, que fuera acompañada de un pago, como si ha ocurrido en esta ocasión.

La presencia de una estatua conmemorativa que se erigió frente a la embajada japonesa en Seúl parece haber sido un elemento clave en la negociación. Semejante humillación, justo delante de su misión diplomática, suponía una importante “pérdida de cara” para el gobierno japonés, que ha incluido su retirada en el acuerdo.

Por ahora, el asunto parece zanjado para una buena temporada, aunque la postura inconformista de las activistas coreanas no permita descartar que vuelva a emerger en un futuro, especialmente cuando Japón saque su vena más nacionalista a relucir.

La antigua exclava sexual y activista Lee Yong-Soo

 

Pero ¿por qué ha habido tanta resistencia de Japón a esta disculpa?

No podía ser una cuestión económica, la indemnización realizada no supone gran carga para su presupuesto. ¿Era simplemente por nacionalismo? ¿Por el revisionismo histórico y la escasa propensión a reconocer su pasado de los conservadores del LDP japonés que gobiernan el país casi ininterrumpidamente desde 1955? ¿Por la necesidad que tienen de mantener contentos a ciertos grupos furibundamente nacionalistas y a la extrema derecha mafiosa con la que tiene estrechos vínculos?

Pues sí y no.

Si bien todo lo anterior es cierto para muchas de las atrocidades cometidas por el Japón imperial, en el caso de las “mujeres de confort”, como se las denomina oficialmente, a ello se suma un profundo sentimiento de injusticia.

Como muy bien narra Taggart Murphy en su libro “Japan and the Shackles of the Past” (esperemos que esté disponible en español en 2016), la exigencia de disculpas a los japoneses es visto como un acto de hipocresía por parte de las élites coreanas.

Cierto, los japoneses hicieron uso de una estructura de reclutamiento forzoso de mujeres para “prostituirlas” en centros para disfrute propio, pero no solos. Los gestores de este sistema eran coreanos, de unas élites que colaboraron abiertamente con el ocupante japonés.  Y lo hicieron a partir de un complejo entramado de centros sexuales que ya existía previamente a la colonización japonesa, y que de hecho se mantuvo en pie tras la retirada del ejército invasor al menos hasta el despegue económico coreano en los 60.

No puede negarse que la enorme extensión de la esclavitud sexual organizada que mantenían los militares japoneses la hacía cualitativa y cuantitativa diferente de una mera red de prostíbulos, aunque muchas chicas entraban arrastradas por la pobreza o el engaño. Esto no es nada raro en sociedades empobrecidas, y mucho menos en Asia.

Pero la sensación de que los coreanos están aprovechando la derrota de Japón en la II Guerra Mundial para hacerle un lavado de cara a la forma en que las mujeres eran tratadas en su sociedad de la época, y que se está rompiendo lo que Murphy presenta como un pacto de caballeros entre los hombres de las élites asiáticas de no exponer estos asuntos a la luz, es algo que enerva a los líderes japoneses.

Mientras no se acompañen las exigencias a Japón de un sincero reconocimiento de la participación local en el sistema, y de su continuismo tras la marcha japonesa, este tipo de disputas adolecen de reflejar más bien el nacionalismo y el oportunismo político, y tener muy poco que ver con la rehabilitación de las víctimas y el avance de la posición de las mujeres en la sociedad coreana.

En cualquier caso, debe ser bienvenida la normalización de las relaciones entre los países del Asia Oriental, y este es un paso de no poca envergadura en esa dirección. Aunque el principal impulsor y  beneficiario sea Estados Unidos y su política que dista mucho de favorecer el acercamiento de estos países con China, un aspecto clave para la estabilidad en Asia.