La empatía es, a día de hoy, el mayor enemigo del fundamentalismo de mercado. La empatía nos impide comportarnos como agentes individuales racionales maximizadores de nuestro propio bienestar y eso, aunque parezca una exageración, invalida todos los modelos de predicción económica de los tecnócratas. De igual modo, mina los fundamentos filosóficos de nuestro sistema legal e impide que el contractualismo esté legitimado sin traba alguna: usted firmó un contrato, es su responsabilidad y debe cumplir, independientemente de su situación presente o pasada es el pilar de nuestro estado de derecho.

Este desprecio por la empatía se justifica como una defensa necesaria ante la esclavitud de los débiles. Si somos buenos y altruistas, los egoístas aprovechados abusarán sin límites de nuestra generosidad. Las cigarras merecen morir durante el crudo invierno y las hormigas no deben sentirse culpables por ello. Máxima vital que tiene un innegable sentido moral, si bien delimitar quién es la cigarra en un contexto social real es bastante más difícil que en la fábula.

Por esa razón, existen científicos sociales como los economistas y los politólogos, porque ellos nos señalan con la precisión estadística de sus aproximaciones cuantitativas quiénes son las cigarras, los irresponsables egoístas que merecen sufrir por sus actos y, en consecuencia, no merecen solidaridad alguna. En este sentido, su papel en los medios de comunicación durante la crisis griega fue fundamental para convencernos de que los griegos eran los únicos culpables y responsables de sus problemas y de este modo bloquear en España una empatía que, en teoría, era fácil de construir por las similitudes culturales e históricas entre los dos países.

El mecanismo empleado fue trasladar el relato teleológico de la salvación individual protestante a la narrativa del progreso económico de los países, es decir aplicar la llamada Teoría de la Modernización como cubierta intelectual con pretensión científica. Es decir, España y Grecia hicieron ambas una transición modélica de la dictadura militar a la democracia representativa, pero en la década de los ochenta, mientras que los españoles aceptaron los sacrificios que exigía la reconversión industrial, los griegos se dedicaron a vivir de las ayudas europeas alentados por el populismo del PASOK que no supo ser un partido de responsables modernizadores tecnócratas como los socialistas españoles. Esto explica porqué ahora Grecia está peor que España y porqué los españoles debemos dar todavía las gracias a los padres del Régimen del 78. No es una broma, son las conclusiones de libros como el de Stathis Kalyvas “Modern Greece: what everyone needs to know“, reseñado elogiosamente por Politikon en su Grecia en el tortuoso camino de la modernización.

Es obvio que este relato está repleto de omisiones y falacias que pretenden empañar la difícil tarea de delimitar las responsabilidades históricas con el único propósito de armar una agenda política y, por eso mismo, está escrito por un politólogo y no por un historiador. De hecho, Stathis Kalyvas, profesor en Yale, se ha especializado en desnaturalizar la Guerra Civil Griega gracias a la aplicación de la Teoría de Juegos al conflicto con el objetivo de reducir los dos bandos en lucha en jugadores sin identidad ideológica cuyas estrategias eran completamente intercambiables porque ambos eran igual de crueles por simple racionalidad táctica. Un modelo interpretativo que, por ahora sin mucho éxito, también han intentado aplicar a la Guerra Civil Española sus doctorandos. Y es que cuando un politólogo aplica la teoría de la modernización, ya sabemos que la causa real de los problemas de un país suele ser un conflicto civil cuyas responsabilidades legales y morales se niegan para normalizar la represión ejercida por la vencedora facción de reaccionarios.

Precisamente, uno de los temas ausentes en la opinión pública cuando se trataba la crisis griega fue su guerra civil. Como explicaba en enero de 2015, se nos hacía creer que la entrada en la Unión Europea fue un punto cero en la historia de los países a partir del cual toda cosa que saliese mal era responsabilidad exclusiva de sus mismos ciudadanos, porque en teoría todos eran democracias homologables e intercambiables. Pero eso jamás fue así. Todos los países europeos, especialmente los del sur, estuvieron condicionados por las dinámicas que la Guerra Fría impuso en unas relaciones internacionales que terminaron por tejer instituciones como la OTAN o la Unión Europea que no han asegurado, a pesar de la retórica oficial, la soberanía y la independencia de sus países miembros, sino más bien justo lo contrario.

En primer lugar, si se tiene un interés auténtico en conocer la historia de Grecia, se debe remarcar que Grecia jamás ha sido un país independiente y soberano. Siempre fue una semicolonia del Imperio Británico que ejerció una tutela clara y directa para defender sus intereses en el Mediterráneo Oriental. La independencia de Grecia no fue una patriótica lucha de griegos que se levantaron contra la opresión otomana. Fue un complicado accidente surgido del intento de modernización del Imperio Otomano, cuyos procesos centralizadores despertaron la oposición de los jefes locales griegos que querían preservar su autonomía ante Estambul. En la represión de estas revueltas, los ingleses sintieron que su colonia de Malta podía verse amenazada por un Imperio Otomano reforzado en los Balcanes y decidieron liderar la primera fuerza internacional de paz en un conflicto bélico. Dicha fuerza terminó, desobedeciendo las propias instrucciones recibidas, destruyendo la flota del Imperio Otomano en la batalla de Navarino de 1827 (178 europeos muertos por más de 8.000 bajas turcas) que abrió las puertas a un breve periodo de independencia de Grecia con sometimiento simbólico a Turquía. Ficción legal que, tras la independencia de Bélgica en 1830 y el fin del consenso surgido del Congreso de Viena, se hizo innecesaria y permitió crear el Reino de Grecia en 1832, un reino cuyos reyes alemanes fueron seleccionados por el gobierno inglés.

Empezó, entonces, la tutela británica del reino griego que impidió al país desarrollar una política exterior propia. Durante la Guerra de Crimea de 1853-56, los griegos querían apoyar a los rusos, sus hermanos ortodoxos, contra su tradicional enemigo el Imperio Otomano e incorporar territorios de población helena, pero como los turcos ahora eran aliados de Inglaterra y Francia, los británicos les ordenaron no auxiliar los levantamientos ocurridos en el Epiro contra el dominio otomano y permanecer neutrales y su gobierno, como siempre, obedeció a Londres. Decisión pragmática si se tiene en cuenta que la marina inglesa había bloqueado en 1850 todos los puertos griegos como consecuencia de la petición de un súbdito inglés a su parlamento por el mal trato que estaba recibiendo de las autoridades griegas en un juicio mercantil. Por lo tanto, si no satisfacer las demandas de un súbdito inglés particular casi provocó un conflicto internacional en el Mediterráneo Oriental, era evidente cuáles podían ser las consecuencias de no obedecer al gobierno inglés cuando ya había un conflicto internacional abierto en el Mediterráneo Oriental.

La abismal asimetría entre griegos e ingleses no se debía exclusivamente a la desigualdad de poder económico y militar. Los ingleses podían triangular sus relaciones basculando entre el Imperio Otomano, Egipto y Grecia para enfrentarse a rusos y franceses. Su libertad de acción para maniobrar diplomáticamente les hizo merecedores de la reputación de carecer de aliados permanentes, porque ellos sólo tenían intereses. Podían chantajear y enfrentar a sus aliados para lograr la relación más beneficiosa posible para ellos y perjudicial para sus socios cuando se trataba de enfrentarse a los franceses o a los rusos, quienes, a su vez, también se veían arrastrados a estos equilibrios diplomáticos. Por el contrario, los griegos fueron dependientes del mercado de capitales de Londres desde el inicio mismo de su Guerra de Independencia, pero, todavía más importante, necesitaban del reconocimiento de la comunidad internacional, es decir de los acuerdos que Inglaterra lograba que el resto de potencias europeas firmasen en Londres, para expandirse a costa del desmembramiento del Imperio Otomano. Una conflictiva relación no sólo con su tradicional enemigo, sino con los nuevos estados eslavos que se formarían en los Balcanes y que condicionaban toda la política griega a una total supeditación al Imperio Británico con la esperanza de ser recompensados con futuros trozos de Turquía.

Este sometimiento se vislumbraba también en los avatares sufridos por las casas reales creadas para otorgar a Grecia un jefe de Estado liberal y moderno. Tras la creación del país en 1832, los británicos escogieron a Otón de Baviera como rey. Se trataba del segundón de Luis I de Baviera y era un candidato ideal porque dicho reino era un jugador de tercera categoría en el escenario europeo receloso del Imperio Austríaco y el Reino de Prusia. Sin embargo, Otón fue depuesto en 1862 por unas revueltas populares que llevaron a las elites políticas a organizar una especie de campaña pública de peticiones para un nuevo monarca que se saldó con 240.000 firmantes partidarios (el 95% del total) de elegir al Príncipe Alfredo, el segundón de la Reina Victoria. La opción republicana cosechó 93 votos.

Las elites políticas sabían que dependían totalmente del Imperio Británico y la proclamación de un monarca inglés esperaba calmar la ansiedad que el destronamiento de Otón pudiese haber provocado en Londres. Este gesto de servilismo, empero, fue infructuoso, porque Francia y el Imperio Ruso habían impuesto en el Tratado de Londres de 1832 como condición necesaria para aceptar la creación del Reino de Grecia que jamás pudiese ser regido por un miembro de la familia real británica. Por esa razón, los ingleses rechazaron el ofrecimiento y en lugar del segundo hijo de la Reina Victoria, colocaron en el trono al Príncipe Guillermo de Dinamarca, que había obtenido seis votos en el referéndum, cifra considerable si tenemos en cuenta que el General Garibaldi, enfrascado en la toma de Roma durante ese año, cosechó tres votos. Fue de este modo que la Casa de los Glücksburg empezó a reinar en Grecia hasta su definitivo derrocamiento tras la dictadura de los Coroneles, aunque su legado perdura en España en la figura de la reina Sofía.

Esta situación de dependencia o minorización no se redujo en el transcurso del siglo XIX. La cuarta bancarrota de Grecia en 1893 terminó en una comisión internacional dirigida por Londres para monitorizar las cuentas públicas griegas con la esperanza de que pudiese pagar a sus deudores. Una troika de facto que, anteriormente, se había probado ya en Egipto y había terminado sometiendo en la práctica al país hasta rebajarlo a la condición de colonia inglesa. En Grecia, por el contrario, reforzaron el papel de los monopolios estatales que fueron el principal instrumento de los acreedores internacionales para lograr recolectar las tasas que necesitaban para recuperar el valor de sus préstamos.

Por fuente: http://www.thewartourist.com/greece.htmlotra parte, la intervención de Inglaterra impedía a nivel interno cualquier posibilidad de democratización del país y agravaba las tensiones políticas internas. En lugar de pacificar o civilizar a los bárbaros pueblos del sur, los ingleses interferían en los asuntos domésticos de tal forma que el proceso de toma de decisiones estaba viciado y adulterado de origen y, en consecuencia, era ilegítimo. Eso arrojaba al país a una ruptura total con el sistema político anterior para lograr garantizar la soberanía nacional; es decir, a una guerra civil. Una clase de conflictos que con el inicio de la Primera Guerra Mundial se podían disparar al buscar las facciones en lucha apoyos entre los dos bandos que dividían Europa. Al igual que ocurría en España, los demócratas griegos querían participar en la guerra del lado de los aliados para catalizar las reformas radicales que el país necesitaba mediante la movilización que el esfuerzo bélico exigía. Un proyecto que se logró en parte al entrar tardíamente en la guerra y salir victoriosos, si bien Grecia fracasó estrepitosamente cuando los aliados le pidieron en 1920 que derrotara a la incipiente República Turca de Mustafa Kemal por negarse a aceptar las reducciones territoriales impuestas por el Tratado de Sèvres.

Sin embargo, la minorización y marginización de Grecia y sus habitantes había llevado al país a una peligrosa situación: los cambios sólo serían posible si los conflictos internacionales galvanizaban las tensiones internas hasta producir un enfrentamiento civil que forzase la democratización del país, ya que el Imperio Británico no podía permitir que Grecia fuese un país democrático y soberano si eso atentaba contra sus intereses. En la siguiente entrega explicaremos cómo la Guerra Civil Griega supuso el inicio de la Guerra Fría y cómo los ingleses han olvidado selectivamente el papel que desempeñaron en aquel conflicto.