El liberalismo murió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Sus esperanzas en la razón ilustrada propia de las clases dirigentes que extendería la civilización por el mundo, llevó al enfrentamiento más brutal conocido entre los imperios que se repartían los continentes. Los europeos por primera vez se aplicaron entre ellos los métodos de guerra empleados contra la población no blanca hasta entonces y aniquilaron esa desdeñosa confianza de la burguesía decimonónica en un futuro de prosperidad material abierto a toda a la humanidad gracias a la ciencia y la actividad económica.

La violencia había resuelto el orden mundial y resolvería todos los conflictos políticos internos, de tal forma que la Segunda Guerra Mundial fue, en realidad, una larga guerra civil europea que afectó a todos los países continentales. Grecia no fue una excepción y la Primera Guerra mundial dividió el país, al igual que España, entre reaccionarios monárquicos partidarios de la neutralidad favorables a Alemania y demócratas intervencionistas que soñaban con una regeneración de Grecia que sólo las exigencias del esfuerzo bélico podían hacer posible. Un gran cisma que se arrastró hasta que en 1936 el general y primer ministro Ioannis Metaxas dio un golpe de estado institucional y se designó dictador con el propósito de crear un estado fascista a imitación del italiano.

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La dictadura de Metaxas

La paradoja fue que Italia y Grecia, al igual que el Gobierno Provisional de los sublevados españoles, estaban hermanados ideológicamente y eran aliados de Inglaterra cuando arrastraban contenciosos territoriales que podían llevarles a un enfrentamiento directo. Así ocurrió tras las arrolladoras victorias de Hitler contra Francia, cuando Mussolini decidió invadir el país en octubre de 1940. Operación que culminó con la ocupación de Atenas por los alemanes el 27 de abril de 1941 y la instauración de un gobierno títere de colaboracionistas. Por su parte, la resistencia se dividió entre partisanos de izquierdas pertenecientes al partido comunista y guerrilleros reaccionarios cuya prioridad, más que derrotar al invasor, fue exterminar a los comunistas.

Al igual que en el resto de los Balcanes, los partisanos libraron una lucha feroz pese sus pocos medios y eso significó agravar la dureza de la represión: 430.000 civiles perdieron la vida. Las bajas totales sobre la población supusieron que uno de cada 14 griegos murió, cifras equiparables a las de uno de cada 11 habitantes de la URSS o uno de cada 15 de Alemania, pero alejadas del 1/77 de Francia y 1/125 de Reino Unido. De igual modo, dos tercios de la marina mercante fueron destruidos, un tercio de los bosques se talaron y un millar de pueblos fueron borrados del mapa (Judt, T.: Postguerra, 2006, pp: 40-42). Sólo Polonia con su 20% de la población total exterminada presenta números significativamente más trágicos.

Percentages_agreement2Sin embargo, el futuro de Grecia no se estaba decidiendo en su escarpada orografía. Su futuro se escribió en una servilleta. En octubre de 1944, Stalin y Churchill se dividieron las zonas de influencia de Europa en una sesión de discusión particular que mantuvieron durante la cuarta conferencia de Moscú y de la que marginaron a los representantes estadounidenses. Incumpliendo la letra y el espíritu previo de los documentos de los aliados, se repartieron los países que en breve liberaría del todo el Ejército Rojo. Stalin pudo quedarse Rumania y Bulgaria, a cambio de mantener como neutrales Hungría y Yugoslavia, mientras que los británicos conservarían Grecia. Eso era vital para Churchill, cuya única obsesión era conservar el Imperio Británico y para eso quería mantener a los comunistas alejados del canal de Suez. De Polonia no se discutió, pero ya era evidente que su futuro no era prioritario para los occidentales. Es más, Reino Unido ya había expresado por escrito que sólo Grecia era intocable para ellos. El resto de Europa les resultaba indiferente.

La consecuencia inmediata en Grecia fueron los enfrentamientos que siguieron a la retirada de las tropas nazis. El 3 de diciembre de 1944 soldados británicos, auxiliados por los colaboracionistas y por guerrilleros monárquicos, abrieron fuego contra una manifestación de civiles organizada por el Partido Comunista Griego. Era la continuación de la represión sistematizada organizada por la dictadura de Metaxas, intensificada por los alemanes y ahora institucionalizada bajo valores liberales por los británicos. Se logró un alto el fuego en febrero de 1945, pero los reaccionarios continuaron su persecución mientras que los comunistas griegos confiaban en la formación de un gobierno de concentración similar al del resto de países liberados. Los ingleses justificaban la represión política como una medida preventiva contra un futuro golpe soviético, pero dicho golpe jamás se planeó, porque Stalin cumplía sus compromisos internacionales y había acordado que Grecia era para los ingleses. De hecho, Tito logró hacerse con el poder en Yugoslavia de forma independiente y autónoma contra los deseos expresos de Stalin, una desconfianza que, precisamente, terminaría en ruptura total cuando Tito decidió ayudar a los comunistas griegos que tomaron las armas, desobedeciendo a Moscú, para impedir su aniquilamiento físico.

Esto supuso el inicio de la Guerra Fría: el 21 de febrero de 1947 los británicos pidieron a los estadounidenses que les sustituyeran en esta lucha, porque su imperio ya no estaba en condiciones de desempeñar un papel hegemónico en la región. El 12 de marzo de 1947 Truman solicitó una ayuda urgente y extraordinaria para intervenir en este conflicto y expuso el fundamento de la llamada doctrina Truman: Creo que debe ser la política de Estados Unidos apoyar a los pueblos libres que están resistiendo los intentos de subyugación de minorías armadas y presiones externas.

Los dólares cayeron sobre Grecia de tal forma que los créditos bélicos y el Plan Marshall suponían un 50% del PIB griego en 1950. La construcción de una sociedad corrupta, clientelar, dependiente, tutelada fue el requisito indispensable para ganar la guerra civil. Un acto consciente y planificado por los llamados países occidentales que santificaron la pseudodemocracia tutelada y limitada que siguió al fin del enfrentamiento civil en 1949. Los comunistas se exiliaron y los partidos de izquierda fueron prohibidos. La dictadura de los coroneles de 1967 hasta 1974 sólo fue la reacción esperable a un tímido intento de apertura política.

En consecuencia, si el Imperio Británico y Estados Unidos no hubiesen intervenido en la guerra civil, probablemente los comunistas y los demócratas griegos habrían ganado y el país se encontraría en una situación equiparable a las antiguas republicas yugoeslavas, pero sin haber sufrido persecuciones étnicas. Es decir, no habrían formado parte del Euro y no habrían podido engañar al resto de los socios de la Unión con sus cuentas públicas. Si se quieren buscar responsables de la crisis del Euro, la responsabilidad histórica cae en la nefasta política exterior seguida por los líderes del bloque occidental. Su tutelaje produjo una situación tan absurda como que Grecia formase parte de la OTAN junto a Turquía, su principal enemigo. Es más, la dictadura de los coroneles cayó cuando decidieron invadir militarmente la zona turca de Chipre atacando a tropas de un país amigo en la alianza. Esta torpeza, no superada siquiera por la ocupación de las Malvinas por la dictadura Argentina, se selló, además en un estrepitoso fracaso militar de los griegos ante los turcos.

Para comandar la transición, los países occidentales mandaron al político conservador tres veces primer ministro con la monarquía Konstantino Karamanlis, quien logró incorporar a la oposición a su proyecto de nuevo país. Permitió el regreso de los exiliados, legalizó el Partido Comunista antes de las primeras elecciones y logró liquidar a la Casa Real, chivo expiatorio de la clase política, sin necesidad de abrir un proceso constituyente. Estuvo en el cargo de 1974 a 1980, exactamente, 1.733 días. Era el hombre de la Unión Europea, nuestro hombre en Atenas. En 1980 se elevó a rango de Jefe de Estado. Como Presidente de la República batió su record, de 1980 a 1995, 15 años en el puesto. Él fue el padre del milagro económico griego de 1958-63, el timonel de la transición y el estadista que logró el ingreso en la Unión Europea.

Su sobrino Konstantinos Alexandrou Karamanlis fue el líder de Nueva Democracia y el Presidente de Gobierno que confesó que habían mentido en las cuentas públicas para entrar en el Euro. La Unión Europea elevó a los altares a su tío y continuó regando con dinero público una organización político criminal indispensable para mantener el país tutelado y dentro de nuestra esfera de influencia. Una práctica que se remonta hasta la misma creación del Reino de Grecia y que se intensificó como consecuencia de la Guerra Fría. En Grecia, obviamente, no hubo desnazificación o juicio alguno a las elites colaboracionistas del país, porque su bienestar era fundamental para los británicos y, como el lector ya habrá imaginado, los nietos de dichas elites siguen siendo las actuales elites… esas que no pagan impuestos y que son tan irresponsables por ser griegos y no por haber sido ayudadas y protegidas por los países occidentales a cambio de supeditar la política exterior de su propio país.

Muchas personas pueden argumentar que la derrota de los comunistas fue un mal menor a su victoria, que el país estaría ahora peor de haber triunfado los revolucionarios. Al respecto de las falacias que sustentan este tipo de argumentaciones, escribí largamente (pp: 181-188) en Max Aub o la democracia inquebrantable; pero, independientemente del debate ético sobre el consecuencialismo, el hecho que no es admisible es responsabilizar a los griegos por haberse metido en un problema en el que los metió el bloque occidental. No se puede victimizar y hace responsable de su situación a una sociedad a la que se ha minorizado, tutelado, corrompido y violentado para evitar que fuese soberana e independiente. No se les puede culpar, si se intervino en su política interna para condicionarla y moldearla a nuestro gusto. No es admisible argumentar que es su decisión y es su responsabilidad, porque cada vez que un griego intentó romper sus cadenas fue torturado y represaliado en nombre de los valores de nuestra civilización occidental. Si debía triunfar la facción reaccionaria o izquierdista era una cuestión que sólo incumbía a los griegos.

El pecado occidental es tan evidente que cuando en 1986 se intentó emitir en la BBC la serie documental Greece: The Hidden War sobre el papel jugado por el Imperio Británico, la emisión fue censurada y las cintas destruidas (¡Loor Inglaterra, cuna del liberalismo, patria de la libertad de expresión de los fuertes!). De la Guerra Civil Griega no se habló durante  su crisis económica, al igual que la Guerra Civil española no tiene nada que ver con nuestra situación presente. Esta es una máxima del sacrosanto consenso de la transición en España y en Grecia. Sólo a The Guardian se le ocurrió escribir un largo reportaje al respecto en 2014 titulado Athens 1944: Britain’s dirty secret. Si el público lector se entera de estas cosas, sólo puede llegar a la conclusión de que libros como el de Stathis Kalyvas “Modern Greece: what everyone needs to know“, tan elogiosamente reseñado por Politikon en su Grecia en el tortuoso camino de la modernización son propaganda inspirada por las agendas políticas de las instituciones gobernantes. En realidad, buscar culpables para intentar salir de un problema colectivo es un comportamiento infantil e inútil que sólo agrava los problemas como sabe cualquiera con una madurez emocional superior a los quince años, aunque resulta difícil de entender por qué en nuestra opinión publicada nadie cae en la cuenta de cosas tan simples y evidentes