Es difícil hablar sobre la economía china. Lo normal es haber pasado por diversas fases, y haber sufrido momentos de vergüenza y estupor, cuando los hechos han desmontado nuestras ideas o predicciones. Servidor debe admitir haber estado bastante fascinado  en su día por cómo el sistema autoritario chino parecía ser capaz de controlar la economía, y centrarla en objetivos de desarrollo nacional libre de las presiones de grupos de interés, y la dependencia que los gobiernos occidentales tienen de los poderes financieros.

Smog

La contaminación es un problema en muchas ciudades chinas. Foto: jalansatori.tumblr.com/

Luego uno viene a la región, profundiza en la forma como realmente funcionan las cosas, los desequilibrios existentes en el modelo y los análisis de residentes con buen conocimiento del entorno y la cosa cambia bastante. Es fácil volverse pesimista. Por muchos años esta era una posición poco agradecida, pues China siempre parecía sacar conejos de la chistera y seguir lanzada, pero se disfrutaba de nadar contra corriente.

Así que como digo, no me gusta escribir sobre China. Pero esta semana al parecer se ha hecho inevitable. El remimbi se ha devaluó respecto al dólar en 2015, el capital huye del país, y las bolsas de Shanghai y Guangzou Shenzhen bajan con fuerza desde el inicio del año, arrastrando a las del resto del mundo que caen estos días por “simpatía” con las chinas. Además, hoy hemos tenido elecciones en Taiwán, y la clara victoria del partido independentista DPP le abre una vieja herida a Beijing en un momento muy delicado.

La avalancha de comentaristas y artículos de prensa sobre China ha sido abrumadora. Caen las bolsas y las plumas se lanzan a describirnos la hecatombe que se cierne sobre China. Los comentaristas parecen enzarzados en una competición por vaticinar el mayor desastre, que es lo que toca para salir en la foto.

Así que está claro que los que vivimos dedicados a llevar la contraria no nos queda otra que ponernos en el bando optimista sobre China, lo cual es un dolor ahora que ya se había uno hecho el argumentarlo para defender que la cosa no iba tan bien como parecía.

Sí, China tiene unos niveles de deuda abismales y grandes desequilibrios, como una economía basada en la inversión, que está por encima del 40% que en economías emergentes suele preceder a una grave crisis. La ausencia de recuperación en Europa, su principal mercado, no augura salidas fáciles al enorme exceso de capacidad actual, y además su economía sufre una tremenda hemorragia de capital, mientras su banco central trata de defender el tipo de cambio del remimbi ligado al dólar.

Todo hacía prever que se debía dar un fuerte reajuste en algún momento. Y efectivamente, se está dando. Las cifras oficiales de 7% de crecimiento PIB el año pasado pueden parecer hoy insostenibles (aparte de su poca fiablilidad). Pero es que augurar crecimientos de 7% en China era ser un pesimista hace solo 4 años. Así que efectivamente, la caída que los más agoreros esperaban hace un lustro se ha dado, y ahora nos encontramos entre el comentariado con la tendencia contraria. De la euforia acrítica sobre China pasamos al catastrofismo más exagerado que habla de recesión en cuanto ha visto unas caídas de bolsa y pérdidas de reservas un poco pronunciadas.

China

Como muy bien dice Stephen Roach en el Financial times, las cosas nunca son tan simples. China se encuentra ahora ante el momento de la verdad del fin de la burbuja de ladrillo y cemento que creó para escapar del frenazo de la crisis de 2007. Y se enfrenta a este reto en un momento delicado, cuando su economía está navegando una siempre difícil transición del sector industrial al de servicios, y al mismo tiempo en un desesperado intento por atacar sus graves problemas energéticos: gran ineficiencia con alta intensidad de energía en la economía, y polución provocada por su dependencia de sucias energías fósiles.

Beijing ya parece estar adoptando medidas para tratar de paliar la situación invirtiendo a marchas forzadas en energías renovables, y particularmente solar, pero evidentemente una transición energética no es rápida, ni fácil, ni barata, y puede convertirse en una pesadilla en múltiples puntos a lo largo del recorrido.

Por otro lado, China lleva más de cinco años con unos niveles de inversión de más del 40%PIB que se consideran insostenibles, con lo que ya ha desafiado a la gravitación económica. Sus reservas están ciertamente disminuyendo, pero siguen en niveles estratosféricos muy por encima de los niveles mínimos recomendados. Así pues todos los fuegos artificiales de estos días están afectando a facetas financieras que no están en riesgo inminente. Mientras tanto, la economía real subyacente no ha cambiado demasiado.

Así que ¿qué es lo que va a pasar con China? Pues seguramente no gran cosa, de aquí en adelante. Se “estancará” en crecimientos de poco más del 5% que ya se veían venir hace más de un año, mientras afrontan problemas demográficos y de transición que podrían, aunque no es muy probable, atraparles en una larga travesía del desierto a la japonesa. Todo dependerá de cómo vayan afrontando los problemas que han barrido hasta ahora bajo la alfombra como la banca en la sombra, montañas de deuda de administraciones locales, y empresas públicas o semipúblicas en animación suspendida. El día a día del ciudadano medio no parece que vaya a sufrir grandes cambios en los próximos años, aunque esperemos que mejore su calidad de vida, particularmente en lo referido al aire que respiran.

Dejaremos de oír superficiales discusiones sobre si China alcanza o no económicamente a EEUU, pero tampoco tendremos un emocionante año de noticias sobre el derrumbe del dragón asiático. Sé que esto no vende ni atrae visitas, pero la realidad tiene toda la pinta de que no, los chinos no están a punto de vivir tiempos muy interesantes.