En los últimos días hemos asistido a una mezcla de guerra de posiciones y guerra de maniobras entre PSOE y Podemos por configurar las posibilidades de decisión de los pactos.

Parafraseando de memoria (la biblioteca está cerrada), Antonio Gramsci distinguía en la lucha por la hegemonía politico-cultural dos estrategias distintas y complementarias: guerra de posición (o de posiciones) y guerra de maniobras (o de maniobra). Éstas no se entienden en términos bélicos, sino que determinan técnicas distintas a la hora de teorizar la lucha de clases, o más genéricamente, la lucha entre dos grupos con intereses contrapuestos. Debemos abstraernos bastante para poder aplicar de manera efectiva estos términos y así interpretar lo ocurrido en el último mes entre Podemos y PSOE a la hora de intentar forzar a pactar al otro de manera subordinada, o hacerle cargar con la responsabilidad del fracaso.

En este contexto, entenderemos la guerra de maniobras como aquella en el que el mayor objetivo es ganar rápidamente, con un ataque frontal y abierto, incapacitando su toma de decisiones. Esta guerra suele asociarse con el poder duro, aunque en el caso que nos ocupa no incluye la violencia como método. Por otro lado, la guerra de posiciones es una lucha más larga, en la que las distintas instituciones de la sociedad civil son un campo de disputa y en el que se intenta ganar el control cultural e ideológico, en vez de disputar el poder político y económico. Esta guerra suele asociarse con el poder blando y no suele implicar violencia.

La disputa actual entre PSOE y Podemos es guerra de posiciones en tanto el objetivo principal de cada fuerza política es situarse ante la sociedad como la encarnación del cambio. Además esta guerra se lleva a cabo con pequeños pasos y no una acción directa, y sin anteponer reivindicaciones concretas en términos económicos y políticos (impuestos y puestos en el Gobierno) de manera clara por no caer fuera del marco de disputa. Es una guerra de maniobras en tanto el objetivo de negociación de cada fuerza política es forzar a la otra a elegir entre un pacto en el que sus intereses aparecen de manera subordinada (y que de ser rechazado implicaría cargar con el sambenito de ser una fuerza involucionista e inmovilista que impide avanzar a la sociedad) y unas elecciones anticipadas en una situación desfavorable como consecuencia del rechazo.

Para la guerra de posiciones se ha involucrado a la sociedad civil, con reuniones de los líderes con sindicatos y declaraciones de los empresarios por uno y otro lado. Se han ido tomando decisiones que implican forzar a posicionarse al contrario, en vez de atacar directamente a su línea de flotación. Por ejemplo, el PSOE acepta reunirse con Podemos, Compromís e Izquierda Unida como parte de la guerra de posiciones.  También es guerra de posiciones hacer tragar a Podemos con una reunión con el PSOE mientras simultáneamente éste negocia con Ciudadanos.

La guerra de maniobras emerge dado que hay un tiempo muy limitado (el 26 de Junio) para resolver el conflicto forzando a las fuerzas a la acción. Ciertas declaraciones de Podemos a PSOE acusándole de manera poco velada de pactar con las derechas, o del PSOE a Podemos de impedir el cambio, pueden entenderse como parte de esta guerra de maniobras.

Ya analizamos en dos artículos anteriores cuál era el objetivo de PSOE y Podemos en esta disputa. El de PSOE es llegar a un Gobierno de Gran Coalición, de manera explícita o implícita. El de Podemos es llegar a un Gobierno en el que estén en igualdad de condiciones con el PSOE para desde allí lograr transformaciones y la hegemonía cultural. Ninguno de ellos puede lograr sus objetivos, y entienden que la repetición de elecciones puede ser el mal menor para el que tienen que estar preparados. Es importante entender que estas organizaciones no se comportan necesariamente de manera homogénea y dirigida y también tienen intereses enfrentados en su interior. Esto es especialmente claro en el enfrentamiento entre Pedro Sánchez y Susana Díaz.

Entendiendo el pacto entre PSOE y Ciudadanos

Hoy se ha anunciado a bombo y platillo que PSOE Y Ciudadanos han alcanzado un pacto, que se entiende de investidura. Éste implica una modificación cosmética de la Constitución que podríamos interpretar como un ejemplo pocho de revolución pasiva, que quizá tratemos otro día. Además, el PSOE tiene previsto consultar a la militancia al respecto en los próximos días al respecto de este pacto, antes de llegar a ningún acuerdo con Podemos. Es de esperar que el acuerdo con Podemos no llegará antes de la fecha que el propio PSOE se ha autoimpuesto para consultar a la militancia y por tanto tendrá que decidir sobre el mismo en el Comité Federal, que ya se ha expresado en contra de dicho pacto. Por último, la primera semana de Mayo se disolverán las cámaras y al finalizar esa semana, el PSOE tiene que decidir si Pedro Sánchez sigue al frente del partido. Con todo esto, cabe preguntarse, ¿a qué juega Pedro Sánchez pactando con Ciudadanos?

Como Podemos ha declarado, un pacto de investidura PSOE-Ciudadanos no es suficiente para lograr un Gobierno, a no ser que lo apoyen PP (poco probable) o Podemos (nada probable). Entonces, ¿para qué el pacto con Ciudadanos? Para que Pedro Sánchez pueda salvar la cara frente a sus bases y electorado, e intente navegar un posible descabezamiento de cara a las elecciones anticipadas. Veámoslo. En primer lugar, el PSOE prometió que sometería los pactos a la militancia para no ser menos que Podemos, dándose una fecha límite para ello. Sin embargo, retrasando un posible pacto con Podemos todo lo posible, consigue dar un respaldo de las bases al pacto con Ciudadanos, blindándolo contra un posible veto de Podemos en la negociación. ¿Puede Pedro Sánchez ganar el referéndum interno? Obviamente. Las consultas a la militancia por parte del aparato de los partidos se han convertido en puro asentimiento plebiscitario. Es difícil armar una alternativa a una pregunta hecha por el aparato para ganar.

Y si a pesar de ello Podemos se mantiene firme en su negociación, ¿qué va a hacer Pedro Sánchez? Asumida la imposibilidad de conseguir pactos sin abrazar el programa transformador de la izquierda (que le pondría en contra a Susana Díaz), le permite culpar a Podemos de inmovilismo. Además, puede pedir el apoyo al aparato para ser candidato en las nuevas elecciones y mostrar que ha sido flexible logrando al menos el pacto con una fuerza importante. Finalmente, le permite alargar los plazos hasta el final, haciendo difícil que Susana Díaz construya una alternativa interna a Sánchez a tiempo para las elecciones.

A Ciudadanos el pacto le permite realizar una jugada similar contra el PP, acusándole de inmovilismo y pidiendo el voto a los simpatizantes ‘populares’ de cara a unas nuevas elecciones. La formación de Rivera consigue posicionarse como la única formación de derechas que consigue mantener el régimen a flote con reformas controladas.

¿Les va a salir bien la jugada? Pues está por ver que los electores compren el burro, o que Susana Díaz no intente expulsar a Sánchez a pesar de que con eso pierdan más votos, pero de momento Rivera y Sánchez han creado un espacio dónde no había nada. No está mal para una doble guerra de maniobra y posición donde han pasado de estar a la defensiva a forzar a sus contrarios a mover ficha.