Austria-Hungaria_transparency

Escudo del Imperio Austrohúngaro. Nótese que debería llamarse Escuela Austrohúngara de economía

Es curioso observar cómo el ejercicio del culto a la personalidad opera como una especie de fachada compensatoria que pretende cubrir nuestras principales carencias. Cuando ponemos la efigie o el retrato de un personaje ilustre como avatar de nuestras cuentas de Twitter confiamos compensar con sus reputados méritos nuestras propias limitaciones. Por eso es fundamental al discutir con estos grouppies dilucidar por qué idolatran a tan insignes prohombres. En el caso de los anarcocapitalistas, por ejemplo, el objeto de devoción suelen ser los intelectuales de la llamada escuela austríaca de pensamiento económico y, como es evidente, no es su talento artístico, su belleza o sus extraordinarias y legendarias capacidades físicas la razón de tanta estima. En términos generales, es por su inteligencia y por su amor a la libertad y dignidad del ser humano que merecen dicho reconocimiento. Por lo tanto, ya sabemos que discutir con los anarcocapitalistas implica confrontarnos con su pulsión por la estupidez y la esclavitud.

Esta introducción puede parecer un humorismo ofensivo que pretende llamar la atención del lector y generar polémica, pero, independientemente de esta argucia, resulta difícil de comprender cómo Friedrich August von Hayek, Ludwig von Mises o Fritz Machlup han podido ser elevados a filósofos de la antropología total del ser humano sin contextualizar su trabajo, precisamente, en sus propias circunstancias vitales. Su defensa del ultraindividualismo, de la unión voluntaria de individuos racionales capaces de maximizar su propio bienestar gracias a la colaboración competitiva que las economías de mercado permiten es inseparable del proyecto de ingeniería social del que sus familias fueron parte dirigente: el Imperio Austrohúngaro.

Kaiserlich und Königlich, el lema de Imperial y Real que unía los distintos reinos del Imperio Austrohúngaro bajo la dinastía de los Habsburgos se abreviaba K.u.K de tal forma que se creó el eufemismo de Kakania para referirse a aquella extraña unidad política de principios del siglo XX que convivía rodeada de Estados Nación. Una Kakania que Robert Musil empleó para recrear su Viena previa a la Primera Guerra  Mundial en su inacabada novela El hombre sin atributos. Un viaje existencial protagonizado por Ulrich, el hombre sin atributos y sin afectos, el matemático individuo completamente intercambiable por otro hombre igual porque ha logrado ser universal. El homo economicus, el único ser que sería capaz de construir una sociedad o una familia unidas por vínculos de utilidad recíproca racionales matemáticamente equitativos y carentes de afectos. Una ficción literaria que, de hecho, parodiaba a la ilustrada y cosmopolita alta sociedad vienesa a la que pertenecían Hayek, Mises o Machlup y que eran las elites del Imperio. La escuela austriaca de pensamiento económico era el motor intelectual que pretendía encontrar una legitimidad racional a un Imperio multiétnico gracias a la eficiencia del mercado.

El gran dilema al que se enfrentaron los burócratas imperiales tras las revoluciones de 1848 era cómo unir a pueblos enfrentados histórica y culturalmente bajo el mando de los austriacos. Cómo convencerles de que su pertenencia al Imperio era la mejor opción para ellos, la garantía de sociedades prosperas, eficientes y ordenadas y, al mismo tiempo, justas por estar abiertas al mérito y al talento individual. En esa búsqueda de crear sociedades modernas unidas por nuevos lazos capaces de superar el pasado, la religión y otros rasgos culturales asociados con la barbarie y el atraso, la economía de mercado se transformó en el gran instrumento de disciplinización social que iba a lograr, gracias a la especialización que producía la división del trabajo, una unión voluntaria e interesada de los distintos pueblos que conformaban el Imperio. Por esa razón, el liberalismo en su vertiente más autoritaria arraigó en un Imperio que necesitaba de su capacidad uniformizadora e igualadora mediante los precios (en una sociedad regida por mercados perfectamente competitivos el precio es igual para todos. A nuestros familiares les cobramos lo mismo que al resto). De igual modo, mediante la competencia la producción aumentaría y los súbditos tendrían mejores vidas. Había un interés egoísta en seguir colaborando con la autoridad imperial y, en consecuencia, el mercado creaba un espacio común que terminaría conformando una nación que usaría como lengua común el alemán. Puede parecer un disparate, pero este es el antecedente de la Unión Europea.

Por todo esto, Kakania se estaba transformando en una nación moderna ciertamente extraña. No necesitaba de la cultura, porque la cultura separaba a los súbditos. Su historia, su religión, sus idiomas y sus reyes antiguos los enfrentaban, pero la administración y el mercado los unía. Kakania era la nación ideal para los burócratas, para los empleados civiles que la servían, para los tecnócratas. Esas clases cultivadas, cosmopolitas, plurilingües que no querían encerrarse en la aldea, en la tradición y vivían en la glamorosa Viena. De hecho, los héroes de la escuela austriaca son burócratas, académicos al servicio de la tiranía del poder político o de los conglomerados oligopolísticos de las grandes corporaciones.

Como es evidente, a día de hoy no podemos dejar de sentir una gran admiración por este sofisticado mundo de ayer que, entre otros, retrató Stefan Zweig y que tiene una recreación más accesible en Hotel Budapest. Un mundo que fue aniquilado por dos guerras mundiales y un Holocausto que persiguió hasta el exterminio a esas clases cosmopolitas de intelectuales vieneses que, en la mayoría de casos, provenían de familias judías asimiladas.

Sin embargo, si los liberales han culpado a estas masas humildes sin cultura de elevar a los dictadores demagogos que arrasaron con la civilización, el hecho cierto es que estas masas humildes son las que más sufrieron sus consecuencias y quienes también murieron en los campos de exterminio sin haber recibido tanta atención y simpatías. El pobre campesino polaco antisemita tratado con tanto desprecio por la actual historiografía era culpable de un pecado menor que el del elitismo y clasismo del profesor universitario de origen judío que logró exiliarse a Estados Unidos. Y si bien es cierto que el ashkenazi del guetto de Varsovia sufrió y murió en muchos casos por culpa del antisemitismo del campesino polaco, también es cierto que el filósofo vienés lo único que hizo por ellos ha sido lucrarse reflexionando sobre el trágico destino de sus hermanos a los que nunca quiso conocer.

Es más, en un sorprendente giro de hipócrita solidaridad, no sólo ha llorado por el dolor soportado por las espaldas de otros seres humanos inocentes, sino que ha hecho del exiliado, del apátrida, el nuevo superhombre capaz de comprarse su propia moral, su propia cultura, su propio idioma y su propia familia en el mundo repleto de libertad de elección individual que le espera. El modelo social, el ejemplo a seguir es el superviviente que abandonó a los suyos a un trágico final y que, luego, cínicamente llora en su nombre y dice propagar la filantropía para evitar que tales tragedias vuelvan a ocurrir. Comportamiento sorprendente si tenemos en cuenta que tuvieron la ocasión de intentar hacer algo de verdad para evitar que el mal se propagase y, más bien, lo alentaron y animaron si golpeaba a subversivos izquierdistas.

Misescrest

Escudo nobiliario de la familia Mises. La aristocracia del conocimiento también es hereditaria

No obstante, el superviviente debía ser el modelo de conducta, porque ellos eran supervivientes. Tras la desaparición del Imperio Austrohúngaro, Hayek y Mises perdieron su nación, su comunidad, su identidad. Ellos pertenecían a la aristocrática intelectualidad vienesa, a la capital del Imperio, al igual que nuestros tecnócratas de Bruselas defienden los intereses de la Unión Europea y no de sus países de origen. Perdieron al Emperador al que servían, a la administración a la que le debían lealtad, al proyecto de ingeniería social que dotaba de sentido a sus vidas. A ese mundo ideal que construía un feudalismo moderno legitimado mediante el mérito individual. Se transformaron en hombres sin atributos, sin sentido y sin razón de ser. El único paso que les quedaba era normalizar su propia situación. Esperar que el resto de la humanidad pudiese vivir como ellos vivían: sin comunidad, sin identidad. Desgajados del mundo en el que crecieron, intentaron recrearlo a un nivel global mediante el desmembramiento de esos terribles Estados Nación que en la búsqueda de la fraternidad y la solidaridad habían provocado revoluciones y guerras abominables que finiquitaron la plácida comodidad de su clase.

Es curioso que el primo de Hayek, Ludwig Wittgenstein, atrapado por los mismos dilemas y angustias que marcaron a aquella generación de intelectuales optase por la vida del anacoreta misántropo, aislado del mundo y viviendo de su propio trabajo cuando fue necesario. Era demasiado inteligente como para creerse las falsedades con la que los privilegiados justifican su posición y demasiado coherente para esconderse tras el cinismo y la hipocresía. Si realmente decides vivir sin aceptar las responsabilidades que conllevan los lazos de la comunidad y no tienes el deseo de someter a otros para librarte de ellas, sólo te queda el camino de Wittgenstein. El resto son pamplinas para justificar tu caradura.