24383_1

“Mi general, no se meta en mis asuntos” se supone que le dijo Juan March a Franco. Imaginamos que la Banca March opera todavía según esa filosofía.

La guerra de los historiadores españoles (no confundir con la que tuvieron los germanos sobre el origen de la violencia en el nazismo) se ha desatado completamente después de una década de soterrada tensión. No hemos podido aguantar más y toda la furia contenida se ha librado en las páginas del periódico digital CTXT.

El origen de la presente disputa tiene dos protagonistas principales: Sebastiaan Faber y Pablo Sánchez León. El primero es un reconocido hispanista en el mundo anglosajón a quien, a pesar de su destacada producción editorial y compartir conmigo al escritor Max Aub como objeto de estudio, leí por primera vez en 2012. Aquel año, cuando rompí completamente con cualquier atisbo de responsabilidad institucional hacia el R78 tras ser profesor de Historia de España en la carrera de Ciencias Políticas de la UV y tener como alumnos a los cachorros del PP y del PSOE, puse como texto sobre los debates de la memoria histórica este magistral ensayo suyo: The Debate about Spain’s Past and the Crisis of Academic Legitimacy: The Case of Santos Juliá.

Su lectura supuso un gran avance en mi formación intelectual y la toma de conciencia de que los problemas que sufría en el desarrollo de mis líneas de investigación como historiador del siglo XIX estaban completamente relacionados con el relato hegemónico sobre la transición española. Aquel año le escribí para felicitarle por el artículo y pedirle permiso para distribuirlo entre mis alumnos y tuve la suerte de conocer a una persona encantadora con la que he estado en contacto epistolar este tiempo y a quien he visto sufrir los infantiles e inmaduros ataques de rabia de la intelectualidad orgánica de este país. Entre ellos, el más destacable el de Andrés Trapiello por, sinceramente, vomitivo e intolerable.

Por otra parte, Pablo Sánchez León tiene un perfil público menos conocido, a pesar de ser con Jesús Izquierdo uno de los historiadores más volcados en el estudio de la codificación del relato de la Guerra Civil española por la historiografía patria. Se da la paradoja que a mí, personalmente, me interesaba el Sánchez León historiador del siglo XIX, el más académico, menos conocido y menos polémico, porque hasta 2013 consideraba que mi código ético me obligaba alejarme de toda disputa política y, especialmente, de los partidos políticos. Es decir, pasaba bastante de mis compañeros volcados en la memoria histórica (sigo considerando que hay una burbuja y mucha mamandurria sobre el tema) y jamás me imaginé metiéndome en broncas por Internet con queridos colegas.

Sin embargo, en 2013 empecé a discutir con reputados blogs pseudoacadémicos integrados por politólogos vinculados al CEACS de la Juan March y a darme cuenta de que Faber y Sánchez León acertaban en sus críticas a la intelectualidad española. Aquí ocurría algo, algo muy disfuncional pasaba en nuestra opinión pública. Ese fue el origen del que considero mi único artículo de importancia y valor notable Neglecting the 19th century: Democracy, the consensus trap and modernization theory in Spain. Puse a Sánchez León en el listado de académicos a los que mandas tu trabajo por cortesía sin haber hablado jamás con él ni compartido nada y en menos de 24 horas me contestó entusiasmado por el paper y me propuso participar en la Universidad del Barrio de Lavapiés para participar en un ciclo de conferencias (Por cierto, si es un centro de bolcheviques que recibe dinero de Venezuela, yo no lo vi. Si existe el oro de Caracas, ni a mí ni a nadie de Communia.es nos ha caído todavía un lingote).

Llegué el 15 de febrero y justo me encontré con Faber y Sánchez León antes de que empezaran a registrar esta entrevista: Los intelectuales del 78 tienen un cártel. No tuve tiempo de hablar con ellos, sólo saludarnos. Salí a tomar un café y mientras esperaba Sánchez León expresó el malestar de las generaciones más jóvenes de historiadores que hemos sufrido la losa monopolística que la intelectualidad del PSOE impuso en las universidad y cómo eso ha afectado a todas las líneas de investigación sobre historia contemporánea. Una entrevista brutal por su sinceridad que produjo un debate sobre la pertenencia de censurarla en el consejo de redacción de CTXT (sí, el principal problema de los nuevos medios rompedores con el establishment es que están formados por el establishment en horas bajas) y una respuesta de Santos Juliá que es, más bien, la rabieta de un niño de doce años.

Todo puede parecer pullas de ego y vanidad entre starlets del mundo académico, pero no se trata de eso. Ese mismo día, en mi conferencia expresé casi exactamente lo mismo que Sánchez León (y no tenía ni idea de qué había dicho en la entrevista. La leí semanas después y no sabía cómo de duras podían sonar mis palabras mientras hablaba, porque no tenía ni idea de que él había sido más duro). El debate que no se quiere abrir, que no se quiere afrontar es el de la honestidad intelectual. Ese debate es el que se rehuye y enmaraña. Esa es la principal denuncia de Morán en El Cura y los mandarines y un tema, ciertamente, grave. Sólo los inmaduros narcisistas no pueden darse cuenta de los problemas que implica la falta de honestidad. Sólo los egoístas consentidos pueden creer que es posible mantener un diálogo, una relación con el otro, desde la falta absoluta de honestidad. La honestidad intelectual siempre es difícil y la mayoría la pretende o la finge, pero, por lo general, en los medios de comunicación de otros países se simula exigirla. Aquí, pública e impúdicamente, se pasa de ella, se caricaturiza y se dice que es un exceso de celo propio de puritanos. Como es lógico, si la cultura oficial proscribe la honestidad, no es difícil imaginar qué ocurrirá en las administraciones a todos los niveles. Y eso ocurre (como explico profusamente en mi paper antes citado) porque en este país está prohibido tener un debate adulto y honesto sobre nuestro pasado, porque si tenemos un debate sobre qué pasó, tendremos que preguntarnos cómo es posible que exista la Banca Juan March, cómo la Fundación Juan March ejerce de faro del mecenazgo de la intelectualidad madrileña y cómo es posible que todos los expertos que nos encontramos en los medios de comunicación han pasado por el CEACS de la Fundación Juan March. En este país, el señor Juan March financió un golpe de Estado, se enriqueció sin pudor gracias a la dictadura y su familia desde su fundación captó a los politólogos que señalaron el rumbo de la transición y todos esos intelectuales a los que ahora ya no soportamos, aplaudieron con las orejas y nos explicaron qué guapos y brillantes eran porque nos ahorraron otra guerra civil. Y si nos negamos a darles las gracias por tan excelsa labor, lo más suave que hacen es indignarse. En serio, maduren de una vez y entiendan el valor de la honestidad.