Junco y Juliá en la March

Los historiadores Santos Juliá y Álvarez Junco en 2014 rememorando sus biografías intelectuales. Poco entusiastas de la memoria histórica, se entiende que lo hicieran en la Fundación Juan March.

Hace unos meses introducíamos en este blog un debate que ha transcurrido en las páginas digitales de CTXT y Público sobre el papel de los intelectuales españoles. Desde aquellas fechas se han sucedido algunos artículos de mayor o menor trascendencia y un programa monográfico en La Tuerka dirigido por Juan Carlos Monedero que reunió a Leopoldo A. Moscoso, director de Social & Political Observatory, a Juan Cruz, renombrado glosador de las glorias de los intelectuales del R78, a Cristina Almeida, abogada, y a Miguel Mora, director de CTXT.

El programa es interesante por varias razones: la primera, y menos importante, son los repetidos intentos de Miguel Mora de promocionar a Ignacio Sánchez-Cuenca y su libro La desfachatez intelectual, a pesar de que este debate que no tiene ninguna relación con los planteamientos tecnocráticos del director del CEACS de la Juan March, quien, tras semanas denunciando la cultura de los amiguetes, ha quedado en evidencia después de que alguien suplantase su identidad en la Asociacion Española de Ciencias Politicas y mandase un correo interno que revelaba su afición por ser amigo de sus amigos, pecados suyos que denuncié pública y abiertamente hace unos años en mi anterior blog.

La segunda, y bastante más significativa que la anterior, es la exaltada defensa que hace Juan Cruz del épico papel desempeñado por su generación en la construcción de la España moderna. Ese alegato puede escucharse a partir del minuto 19 y aconsejo acompañarlo de la lectura de este pieza mía: La transición que no muere. Finalmente, la tercera y más desagradable razón es la discusión que se abre sobre la figura de Santos Juliá, a quien Juan Cruz  eleva a los altares con la prosa sobria y equilibrada que le caracteriza en el minuto 22. Un debate que obliga a la entrada en el minuto 39 por teléfono de Pablo Sánchez León, el historiador que logró que estallase toda esta tensión soterrada hace unos meses.

Precisamente, la figura de Santos Juliá en los medios de opinión pública es el punto que me interesa destacar porque ejemplifica las distorsiones en los procesos de conformación de los consensos. Juan Cruz argumenta que Juliá es un experto objetivo, neutral e independiente porque es un historiador profesional que pertenece a una universidad. Se supone que somos científicos y, por lo tanto, no hay sesgos ideológicos en la cooptación del profesorado y esto, se asume, es indiscutible.

Sin embargo, qué opinamos los historiadores del trabajo de nuestro colega no es relevante. Juliá ha escrito desde 1982 más de 400 artículos de opinión para El País y quién lo santifica gracias a sus credenciales de historiador es Juan Cruz, una pluma insigne de ese medio. Su valoración como gran historiador no proviene del juicio de sus pares, proviene de la plataforma mediática con la que, con sus más y sus menos, ha impartido cátedra durante casi 40 años. De hecho, es un académico tan extraordinario que junto Álvarez Junco, otro historiador superlativo, conversaban sobre sus biografías intelectuales en 2014 en la Fundación Juan March (que, por si todavía no se habían percatado, es casi sinónimo de El País).

Todo esto supone una descomunal influencia, un extraordinario poder sobre el resto de compañeros del gremio, con posiciones más precarias, desconocidos provincianos alejados de Madrid que sueñan con una recomendación suya, con una reseña elogiosa, con un gesto de complicidad… fundamental y vital para lograr una beca en ese entramado de fundaciones e instituciones privadas por las que es necesario pasar para que no haya dudas de que eres un intelectual de consenso, un hombre de la transición, un sensato y moderno partidario de las monarquías constitucionales europeas. ¿En estas condiciones se pueden tener debates académicos? Obviamente, no. Como explicaba en esta conferencia homenaje al profesor Manuel Pérez Ledesma, los mandarines, los académicos que desean mandar, son gratos con el poder y así escalan rápidamente posiciones y como el poder no quiere debates, quiere consensos, el mandato de los mandarines es silenciar la discrepancia.

No obstante, a pesar de todos los pesares y desequilibrios, se investiga y se discute racionalmente y el gremio de los historiadores llega a conclusiones que, si bien no se reproducen en las plataformas mediáticas o no se pueden expresar en público, son bastante generalizadas. ¿Cuál es nuestra opinión sobre Santos Juliá? Pues por educación y prudencia, no se suele expresar abiertamente, pero dista mucho de la que tiene Juan Cruz. Y esta prudencia no es irracional, como bien saben Sebastiaan Faber o Pablo Sánchez León, porque intentar debatir con él sin los actos previos de requerida pleitesía tiene consecuencias. Si no eres un historiador de la talla y prestigio de Pedro Ruiz, ex rector de la Universitat de València, mejor no lo intentes.

Por lo tanto, es evidente que su reputación como experto, como historiador, no proviene de la consideración de sus pares, de los méritos de su carrera académica, sino más bien de su prolongada relación con un medio de comunicación como El País, tema que ha destacado en varias ocasiones Sebastiaan Faber sobre los académicos españoles. En este punto es pertinente interrogarse en qué sentido o con qué finalidad han usado su posición como personajes públicos, cómo han desempeñado sus obligaciones de académicos mediáticos. Este es el debate que se ha abierto y el que está viciado, porque todos tenemos un conflicto de intereses irreconciliable. Todos somos juez y parte, todos tenemos nuestras enemistades acumuladas y como todos van a lo suyo, menos yo que voy a lo mío, la impudicia trasluce a cada línea que escribimos.

Por esta razón, sólo puede juzgar el público, sea lo que sea esto. Sólo quienes sólo leen pueden cribar los argumentos aportados e intentar hacerse la composición de lugar más fidedigna. A título personal, yo no tengo dudas sobre qué ha ocurrido. Las plumas ilustres de El País sólo han estado preocupadas por su promoción personal y la de sus fieles guardaespaldas. No ha habido honestidad, no ha habido debate, no ha habido inquietud por nada. No se ha querido incomodar, no se ha querido plantear dudas que pudiesen ofender. Se trataba siempre de decir lo correcto ante la gente correcta para solidificar el consenso de la transición.

En el libro Guerra Sucia, Manos limpias: ETA, el GAL y la democracia española, el autor Paddy Woodworth hacía en noviembre de 1997 una entrevista a Santos Juliá, quien en la página 284 afirmaba: Aquí, quienes hemos intentado mantener una especie de racionalismo político, nos hemos visto asaltados por todas partes, ¿no? Te piden [los socialistas] una complicidad absoluta. O sea, estás con ellos, o estás con Mario Conde, o estás por la conspiración antidemocrática. Esta sincera confesión a un escritor extranjero cuyo libro iba a editarse en otro país y en otro idioma revela miedo. Este miedo es el tema de debate. El miedo lleva a la miseria moral y ese es también el hilo argumental de El Cura y los mandarines de Morán. ¿Miedo a qué? ¿A perder tu portentosa tribuna en un poderoso medio que marcaba los límites del debate? ¿A ser expulsado del círculo reafirmante del consenso? ¿A perder la piscina de tu casa, como sarcásticamente denunciaba Welles respecto de los colaboradores del macartismo?

Las conclusiones de mi articulo Neglecting the Nineteenth century se titulaban ¿Han fracasado los académicos españoles? Me preguntaba por las consecuencias de su autocomplaciencia con el R78, de los beneficios personales obtenidos por el halago continuo y repetitivo al milagro español, por los costes sociales de su incapacidad o dejadez manifiesta para intentar entender qué ocurría con este país. Por su absoluta incomparecencia respecto de temas como la entrada en la Unión Europa, de cómo afectaría el Euro a la economía nacional, de la burbuja inmobiliaria que sufríamos, de la salud y solidez de nuestras instituciones políticas y financieras, de la quiebra democrática que implicaba ser miembro de la Unión Europa… el conformismo, el seguidismo de los partidos, la superficialidad, el narcisismo desbocado…. fueron las señas de su contribución intelectual, porque desde que el PSOE ganó el referéndum sobre la OTAN quedó claro que el pueblo confiaba en sus líderes y expertos. La lección de aquel referéndum es que los procesos democráticos son redundantes validaciones de las decisiones tomadas por las sabias y virtuosas elites.

Así, los académicos públicos quedaron relegados al papel de comparsa de los partidos políticos. Función incompatible con una visión honesta de ellos mismos y de su realidad. El autoengaño exige la pérdida de lucidez para sostenerse, para poder vivir convencido de que tus recompensas por ser leal son en realidad el fruto de tu honesto trabajo, que son tus méritos y no tu obediencia la razón de estar ahí. Y ese autoengaño afecta a tus capacidades intelectuales, a tu discernimiento: debes cada vez más adaptar la realidad a tu conveniencia, porque un examen descarnado te obliga a recomponer tu identidad, a asumir que eres un cínico, que eres servil y cobarde y ya no puedes estar tan pagado de ti mismo, tan satisfecho de tus logros. En ese estado, no puedes de ningún modo entender qué ocurre a tu alrededor, debes justificarte siempre y acudir a los habituales mecanismos de defensa que te conceden la necesaria tranquilidad espiritual. No puedes decir nada interesante, ni nada significativo: sólo repetir usados, desgastados y consabidos mantras que sirven para la autoidentificación de los miembros del grupo. Todo tu discurso gira entorno hacia un inagotable yo que se proyecta en todos los puntos de tu visión del mundo. Simplemente, te vuelves en un pesado incapaz de despertar interés, pero sigues teniendo voz porque no te puso en tu lugar la audiencia, sino los grupos de poder, pero estás desconectado del mundo, no por la edad, no por la vejez, sino por la negación: por negarte a escuchar las primeras voces que no eran aduladoras, por intentar erradicarlas cuando se hicieron más persistentes y por negarte a ver el muro contra el que se ha estampado tu país, a pesar de que el impacto del choque a ti sólo te ha afectado de refilón.

Cuando una voz se escucha por el poder personal acumulado durante los años, no por la fuerza de sus palabras, una vez ya no esté aquí no se podrá percibir el vació que genera su silencio, igual que no se puede distinguir sus palabras de las otras comparsas también colocadas que la acompañan. Cuando la persona no está entre nosotros para reclamar derechos y privilegios, sólo pervivirá el valor de su trabajo intelectual y como Trigorin de La Gaviota, hasta él mismo sabe que la losa de la verdad caerá sobre su memoria. Y en ese ingrato pensamiento de amargura, se entiende, por fin, que los académicos, al igual que los artistas deben consagrarse a la búsqueda de una especie de verdad trascendental que se escribe con mayúsculas, deben indagar inquisitivamente hasta resolver las dudas que los atenazan sin hacer cálculos de oportunidad y conveniencia mientras desarrollan su carrera.