Heiddeger

Martin Heiddeger. Filósofo un poco pesado que, como tantos otros académicos alemanes, estuvo muy cómodo con los nazis. Se escriben centenares de artículos sobre esto. En España, sería revanchismo.

A raíz de mi anterior entrada, no he podido obviar el desagradable dilema que encabeza este post y he sentido la necesidad de aclarar algunas cuestiones que, como se verá, siguen en paralelo a El Cura y los mandarines de Gregorio Moran. ¿Es normal que alguien como José María Maravall fuese un intelectual de referencia del felipismo cuando su padre lo había sido de Falange? ¿Es posible que esto ocurra como una evolución natural o debe matarse al padre ideológicamente? ¿Se trataría de un enfrentamiento generacional o motivado por razones netamente políticas?

En los procesos de configuración de nuestros valores éticos y su plasmación en un ideario más o menos programático y vital, eso que se hace llamar culturas políticas, la familia es el espacio más significativo, ya sea para afirmarse en el mismo sentido que los padres o a la contra, como gesto de rebeldía que permite romper los vínculos de la tutela paterna y devenir en un adulto autónomo con criterio propio. Pero, además, si como ocurre en el caso de los Maravall, padre e hijo comparten vocación académica en el ámbito de las Ciencias Sociales la intensidad de este vínculo es mayor.

En un principio, podría parecer que tal relación no debería ser especialmente traumática. De hecho, podría aducir que mi abuelo paterno fue un quinto columnista en la ciudad republicana de Valencia y mi padre militante comunista durante el final de la dictadura y, entre ellos, jamás se produjo algo parecido a un enfrentamiento o ruptura. Sin embargo, mi abuelo no educó a sus hijos en el odio a los rojos. Es más, era un católico que jamás habló bien de Franco y mal de la República. Situación particular que tanto mi padre y yo pudimos explicar cuando reconstruimos su biografía: militante de Derecha Regional Valenciana, se distanció del partido al incorporarse a la CEDA de Gil Robles y lo abandonó tras el mitin del Escorial de 1934, cuando Gil Robles se proclamó Jefe a imitación de los partidos fascistas. Monárquico y católico, no se definía como fascista y por eso fue contrario a Gil Robles quien, curiosamente, para muchos historiadores de tendencia progresista no fue un fascista, mientras que para mi abuelo, conservador y de derechas, sí lo era. El tema central es que era contrario a la República, pero no al precio de una Guerra Civil y consideró que eran los suyos quienes llevaban el país a esa situación.

El fracaso del golpe lo puso en la situación de elegir bando y estuvo con los rebeldes, si bien no tenía una idea certera de por qué o por quién luchaba. No lo podía saber, pero como era pobre, honrado y con hermanos republicanos fue un mediador. Es decir, se dedicó a intentar que los milicianos no fusilasen a diestro y siniestro declarando a favor de colaboradores que eran detenidos en la Valencia republicana. Cuando los suyos ganaron la guerra, no pudo hacer lo mismo. No pudo declarar a favor de los guardias de asalto, políticos o milicianos que le habían ayudado a evitar que el número de muertes ascendiera. Entonces, descubrió que no era franquista y que se había equivocado de bando. Tras la guerra, su situación económica fue la misma. En teoría, estuvo con los vencedores, pero no ganó nada. Siguió manteniendo su humilde trabajo.

Esta es la razón del extraño encaje de la memoria de la Guerra Civil en mi familia paterna, que estaba al margen de los épicos relatos de la victoria, tampoco eran falangistas desencantados o burgueses republicanos que, al final, prefirieron a Franco a la incesante revolución republicana. De igual modo, tampoco formaban parte de los perdedores y su silenciado testimonio. Una anomalía que llevó a hacer de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial uno de los ejes centrales del teatro de mi padre y mi tío, éste último, el dramaturgo Rodolf Sirera, creador de la serie Amar en tiempos revueltos. Asimismo, el que esto escribe es historiador y, por lo tanto, es fácil ver detrás de mi motivación el intento de encajar las biografías familiares en la historia oficial.

En realidad, la historia son nuestras biografías particulares, por mucho que los historiadores estructuralistas intenten negarlo. Es más, el estructuralismo es muy cómodo para diluir la responsabilidad individual, porque, al final, todo estaba determinado y no pudimos elegir ni marcar la diferencia. Precisamente, una de las razones de inventarse un disparate como el concepto de Estado Totalitario fue exonerar a los alemanes de su complicidad con los crímenes de los nazis.

Esto nos llevaría a la magnífica recopilación de entrevistas a hijos de miembros del partido nazi realizada por Peter Sichrovsky y llevada al teatro por Carles Alfaro como Nascuts culpables. Ejercicio moral durísimo y honesto sobre cómo los hijos intentan sobrellevar la carga de los crímenes de sus padres, de la situación de privilegio heredada, del dolor que generaron a otros al mismo tiempo que algunos de ellos eran capaces de darles amor a sus hijos. El auto odio, la negación, la admiración, la comprensión… todas las reacciones se entrecruzan en ese intento de asumir un pasado traumático. Esa es la obligación de los historiadores: confrontarnos con nuestro pasado para entendernos a nosotros mismos. Tener el valor de hacer la incómoda pregunta de ¿Qué hiciste en la guerra, papi?

Por el contrario, José María Maravall, en esta hagiografía de Juan Cruz publicada en El País el 13 de julio de 2013, decía sobre su padre:

En medio del jaleo murió el padre. Él había sido un profesor republicano que, luego, como otros, aceptó el franquismo. Cuando José María tuvo uso de razón política, el padre aceptó el activismo antifranquista del hijo. “Era un hombre tímido que escondía una infinita calidez”, que le enseñó a su hijo a amar a Albert Camus y a mirar las películas de Claudia Cardinale. José María era el mayor de cuatro; a los 7 años ya recitaba de memoria “La chanson de Roland.” Y en la adolescencia el padre lo llevaba a la librería de Sánchez Cuesta, en Madrid, a que se familiarizara con las primeras lecturas serias de su vida ­(Graham Greene, Tagore, Hemingway), “hasta los primeros textos de Marx que tengo ahí”. A los 14 años estaba en el Colegio Estudio cuando la Falange entró a arrasarlo; ya él sabía que el país era oscuro, “pero desconocía que además esa oscuridad podía tomarla con el sitio donde estudiábamos”. Luego vinieron los partidos de la izquierda clandestina, el progresivo crecimiento de un progresista.

Sinceramente, decir que aceptó el franquismo sin más cuando fue parte del núcleo duro intelectual de Falange en el Instituto de Estudios Políticos y dirigió el Colegio de España en París de 1949 a 1954, donde tú pasaste tu infancia y, al llegar al ministerio de Educación bajo las órdenes de Felipe González, reabriste, es, cómo lo podríamos decir, no ser honesto. Comportamiento completamente lógico si tenemos en cuenta que José María Maravall ha formado a los intelectuales del PSOE desde el CEACS de la Fundación Juan March sin que nunca le acuciase la angustiosa pregunta de ¿Qué hiciste en la guerra, Juan March?

Se trata del mismo transformismo que Gregorio Morán denunciaba en El Cura y los mandarines respecto de la figura de Laín Entralgo. De cómo El País canonizó esa conversión en férreos demócratas de los llamados falangistas liberales que, en su fuero interno, se habían rebelado con gallardía contra la dictadura. Eso se llama cinismo y exige una total falta de escrúpulos. Exige deshonestidad intelectual y, si eres un académico, no se te puede perdonar con la misma facilidad que a los políticos. De hecho, si eres un historiador es la negación de tu propio oficio.

Por todo esto, que mediante la Teoría de la Modernización hayan conceptualizado la Guerra Civil como una fatalidad estructural derivada del atraso económico y, de este modo, exonerado de cualquier responsabilidad individual a sus propios padres, demuestra la falta de honestidad intelectual del R78. Como expliqué en una anterior ocasión: La reconciliación nacional española fueron los hijos de los verdugos perdonando los crímenes de sus padres.

Por esta razón, cuando José Linz Storch de Gracia falleció, en Journal of Democracy, Volume 25, number 1, january 2014 , 187, (revista fundada por él mismo) podíamos leer:

Linz’s undying passion for such diverse but intertwined subjects was largely a product of his traumatic experience growing up in interwar Europe. Born in the Weimar Republic to a Spanish mother and German father, Linz would witness first-hand over the course of his childhood and adolescence a sequence of tragic social and political events: first in Germany, the economic crisis of the Weimar Republic, its subsequent breakdown, and the rise to power and domination of the Nazis; then, after moving with his mother to Spain in the spring of 1936, the breakdown of the country’s Second Republic and its bloody Civil War. Linz’s work would be consistently concerned to understand and therefore help avoid repeating such collective tragedies.

El falangista hijo de un nazi becado por el Ministerio de Asuntos Exteriores para limpiarle intelectualmente el rostro a la dictadura transformado en un luchador por la democracia. Y aquí nadie dice nada… Cuando mandé mi artículo académico sobre estas cuestiones a History of the Human Science, uno de los revisores afirmó que debía publicarse en una revista extranjera, porque en España sería imposible. Mi comunicación sobre Linz del pasado junio provocó entusiasmo entre otros historiadores sociales de la ciencia española que estaban tropezándose con los mismos problemas y, lógicamente, pensaban publicar sus trabajos fuera de España, ya que si recorremos las geneaologías de los caciques universitarios españoles solemos encontrar que el patriarca fue, como es obvio, un destacado franquista, cuyos herederos tienen un gran interés en que no discutamos sobre los méritos empleados para promocionar durante aquellos tiempos.

Nadie exige a nadie ser un héroe. Nadie exige que uno deba sentirse culpable por las acciones de sus padres, pero la honestidad exige que uno sepa confrontarse con ese pasado. No se puede esconder, no se puede negar, no se puede distorsionar. La madurez exige hacerse un retrato lo más fiel y ajustado de uno mismo y sus propias circunstancias. He perdido a mi padre recientemente. Él era un académico y, ahora que siento su pérdida, todavía me resulta más difícil separar donde empiezo yo y termina él, porque fui un privilegiado al tenerlo como padre. No existe el mérito individual. Somos consecuencia de nuestras circunstancias y debemos saber sentirnos agradecidos cuando nos fueron propicias. Eso exige honestidad y humildad. Por eso, los hijos de los vencedores no pueden tomar la voz de los vencidos para explicarnos que la Guerra Civil y el franquismo están superados gracias a nuestra transición a la democracia. Este régimen se ha construido sobre la premisa de que lo que ocurrió en el franquismo, se queda en el franquismo. Esa cláusula de excepcionalidad moral se ha ensanchado hasta el punto que nadie arrimado a un centro de poder es responsable de nada en este país. Si es de mala educación intentar saber qué hicieron los padres de algunos durante el franquismo, es lógico también que sea de mala educación intentar saber qué hacen sus hijos con los bancos y nuestras instituciones políticas