Fête_de_la_Raison_1793 Fiesta de la razón en Notre Dame el 20 de brumario de 1793

Fiesta de la Razón en Notre Dame el 20 de brumario de 1793

El pasado domingo se publicó un artículo del periodista Fermín Grodira sobre los llamados escépticos en el que tuve la oportunidad de expresar mi opinión al respecto. Dicho texto ha levantado críticas de cierta intensidad y, como suele ocurrir en la opinión pública española, ya sea en papel tradicional o digital, la bipolarización y la lucha de trincheras se ha intensificado. Los motivos son simples: esto va de captar la atención, de estar en el centro del foco, de ser el que tiene razón para poder mandar. Vamos, que esto va de poder, aunque sea simbólico y no extraordinariamente bien remunerado.

Sin embargo, también se han esgrimido argumentos y, personalmente, esa es la parte que más me interesa, porque el nivel de ignorancia sobre filosofía de la ciencia de algunas de las voces más audibles de los escépticos ha vuelto a sorprenderme. Ya me ocurrió en una anterior ocasión, cuando tuve un desagradable encuentro con José María Mulet por Twitter, y es una de las principales críticas que hizo John Gray a Richard Dawkins. Es decir, parece ser que los escépticos que elevan el estandarte de la ciencia para protegernos de la oscuridad y las locas hordas del mal, en realidad, saben bien poco de sociología de la ciencia, de historia de la ciencia o de filosofía de la ciencia. De hecho, si supieran algo más de ciencia serían más conscientes de sus límites y no exhibirían esa autosuficiencia del tecnócrata arrogante que cree poder salvar a la tribu de su atraso si se imponen sus necesarias reformas.

En este sentido, los escépticos se autodefinen como racionalistas y apelan a la razón. Hacen una diferencia entre pensamientos racionales e irracionales, pero no aportan jamás una definición de razón. Si lo hicieran, se encontrarían con uno de los grandes problemas derivados de la ilustración: si queremos ampliar nuestra definición a algo que abarque más que los procesos lógico formales que sólo se pueden aplicarse mediante lenguajes perfectos (las matemáticas, vaya) sólo podemos definir la razón como razón instrumental. Ser racional significa ser capaz de alcanzar nuestros fines. Eso es comportarse racionalmente, ser pragmático, pero nuestros fines no están marcados por la razón. Ser vegetariano suele ser ridiculizado como irracional porque uno se dificulta la asimilación de nutrientes básicos, pero logras un sentimiento de respeto y amor hacia ti mismo al no sentir que contribuyes al sufrimiento de otros seres vivos o puede ser que, como me ocurre a mí, te gusten más las berenjenas que la ternera. De igual modo, si uno es masoquista y disfruta inflingiéndose dolor, es muy racional hacerse daño. Esto no es un chiste, Gary Becker, premio pseudo Nobel de economía, publicó un artículo con Kevin M. Murphy titulado A Theory of Rational Addiction en el que explicaba correcta y consistentemente que los adictos eran consumidores racionales que maximizaban la utilidad marginal e incluso que los precios afectaban a sus decisiones racionales de compra.

El problema de la racionalidad instrumental es que nos lleva a que la única racionalidad posible es individual. Ningún agente externo puede dictarnos cuáles son los fines que nos motivan en virtud de su mayor racionalidad. Puede intentar convencernos, pero la persuasión es un arte nutrido de empatía, emocionalidad… los llamados sentimientos morales. El uso de argumentos bien construidos sirve en tales menesteres, pero se trata de retórica, de un arte no científico que, como explicaba Deirdre N. McCloskey en The Rethorics of Economics, se erige como oposición al concepto de ciencias sociales modernas. Ningún agente externo, por muchos títulos académicos que tenga, puede apelar a la razón para imponer su criterio. Su capacidad de imponerse provendrá de una legitimidad construida socialmente y, oh sopresa, en el proceso histórico de construcción de esa legitimidad la ciencia como método de verificación aislado del contexto social juega un papel más secundario del que creen los llamados escépticos. Estos son los temas que solemos discutir en los congresos de historiadores de la ciencia, pero que, curiosamente, cuando los expones en Internet te saltan escépticos llamándote posmodernista e irracionalista, a pesar de haber estado hablando de todo esto con un montón de gente doctorada por no se sabe cuántas universidades. Los escépticos te insultan e intimidan cuando se te ocurre dudar de la ciencia omnipotente y omnipresente que ellos mismos dicen custodiar.

Por lo tanto, los límites a nuestra racionalidad individual, a nuestra capacidad de tomar decisiones libres e informadas en la búsqueda de nuestra felicidad sólo tiene como límite el que la sociedad impone. Esto nos lleva a un problema, porque esas imposiciones tampoco representan una racionalidad colectiva, porque esta no existe. La razón instrumental sólo puede ser individual y, en consecuencia, cualquier llamada decisión colectiva o social no deja de ser la imposición de unos sobre otros. La ilustración con su concepto de razón sólo puede llevar a dos escenarios: la tecnocracia o la anarquía. O los más sabios y competentes se imponen a los incultos y los gobiernan paternalmente o, en realidad, no existe la sociedad, porque sólo hay un conjunto de individuos buscando sus fines. Esto de nuevo no es una broma. Es la línea de trabajo abierta por el teorema de la imposibilidad de la democracia de Kenneth Arrow y continuado por la teoría de la decisión pública de James M. Buchanan que nos conduce al mercado sin reglas y sin límites como el único mecanismo racional y justo para agregar decisiones individuales que se tornen en colectivas.

De hecho, el problema es que los límites a nuestra libertad individual provienen de la ética, de la moral, de los valores, de nuestras convicciones que, precisamente, cortan el cálculo utilitarista de nuestra conducta. Estos imperativos no son racionales, porque nuestra identidad moral marca los límites de la razón instrumental y al hacerlo dibuja nuestra silueta, quiénes somos. El sujeto sin ataduras, completamente libre para satisfacer sus deseos, termina al final sin identidad, perdido y vacío. La anomia que describió Durkheim en su pionero y magistral estudio sobre el suicidio. Por otra parte, el criterio de racionalidad instrumental erige como superhombre al psicópata, un tema de nuestra literatura desde Crimen y Castigo y que, peligrosamente, revela lo enfermos que estamos en la actualidad. Hemos construido una sociedad en que los psicópatas son modelo de conducta y triunfo e incluso tenemos divulgación científica que nos explica cómo sacar provecho del psicópata que llevamos dentro. Es cierto que desde la Terapia Asertiva Sistémica del Doctor Smith estas cosas podían intuirse, pero los márgenes se están disolviendo.

En definitiva, el tema de la racionalidad es complejo y espinoso, sin soluciones perfectas y racionales. Por eso me sorprende la arrogancia y autosuficiencia de quienes pueden dictaminar la irracionalidad en la conducta de los otros o juzgar severamente según criterios de superioridad e inferioridad. La arrogancia bebe siempre de la ignorancia, porque el proceso de adquisición de conocimientos siempre te vuelve más humilde al saber qué frágiles, insignificantes e inútiles pueden ser las mayores certezas ante la vida. No sé cómo se pueden afirmar máximas san agustinianas del estilo No puede haber igualdad entre la realidad y la mentira. El mensaje escéptico sobre las pseudociencia es el cierto. Ningún escéptico se acerca a una víctima desde una posición de superioridad sino intentando explicarle las cosas […] Hay que informar a la gente desinformada. No hay debate posible con las personas confundidas aunque puede que le tengas que dar una lección […]Mi único activismo es que las personas se paren a pensar como hacía Luis Alfonso Gámez en el artículo de Fermín Grodira sin percatarse de la debilidad e incoherencias de ese discurso: ¿Quién eres tú para darle una lección a los otros? ¿Qué pruebas científicas tienes que te han llevado a la conclusión de que tú piensas y los otros no? ¿Eso es ciencia o tus prejuicios de arrogante?

Como soy un escéptico, no sé si luchar contra la homeopatía, la astrología o los curanderos salva vidas, es una noble y desinteresada causa social cuyos protagonistas visten doctorados en ciencias duras y capas de superhéroes y debo expresar mi gratitud y admiración ante tanta grandeza. Sin embargo, cuando me tropiezo con ellos, sólo veo personas muy engreídas, poco respetuosas, muy ignorantes y, lo más grave, con nulas ganas de escuchar, comprender o saber. Supongo que dentro del llamado movimiento habrá otras personas u otras voces, pero no lo creo. Esa no suele ser la gente que se pone a liderar movimientos o hace activismo ante los medios y las cámaras. La solidaridad la ejercen en silencio y no necesitan colmar su narcisismo machacándonos con su asertividad. Sea como sea, los escépticos me provocan rechazo, pero esto no es racional: son mis gustos.