catalanes

Miembros de la comunidad sijh, con una largo y problemático encaje indentitario y político en la India y Pakistán independientes, mostrando su apoyo a la independencia. Nota para lectores del ABC: no llevan barretinas.

En Politikon, buque insignia de los análisis cuantitativos neutrales y carentes de sesgos ideológicos que han invadido la prensa patria, han publicado un pequeño estudio cuyo principal objetivo es ridiculizar al político Gabriel Rufián. La idea es mostrarlo como un traidor a su tribu que, pese ser un inútil, ha sido elevado a las más altas responsabilidades del partido por la mayoría catalana opresora con el propósito de mostrarse en público como tolerantes e inclusivos.

No sé si Gabriel Rufián es inteligente, guapo o tonto. De hecho, no creo que pudiera reconocer una imagen suya. Tampoco sé cómo les va a los de ERC. Recuerdo que estaban liderados por un colega del gremio, un historiador de nombre Oriol Junqueras que presentó un abominable y cursi programa para elegir al catalán más grande de la Historia, una horterada de concurso que he visto hacer también en España, Inglaterra y Chile y, como temo, será bastante popular en otros lugares del mundo. Por otra parte, pese mi nombre y apellidos, no soy catalán. Soy valenciano y no suelo votar en clave identitaria. Es decir, no soy, precisamente, un nacionalista periférico y la perspectiva de unos Països catalans agermanats bailando sardanas todos los fines de semana hace que me den ganas de emigrar a Buenos Aires y no salir de la Casa Cultural Armenia, donde se celebra la milonga La Viruta, en años.

Sin embargo, esto son mis preferencias personales. Mis gustos. No tienen base científica y no son argumentos de autoridad académica. El independentismo podrá gustarme más o menos, caerme más o menos simpáticos sus dirigentes, pero, como historiador y por tanto integrante de una disciplina académica, no puedo dejar que mi trabajo sea condicionado por mis antipatías hasta el punto de incurrir en la distorsión torticera de la realidad para apuntalar mi línea ideológica y, si algún colega lo hace, es mi obligación señalar que obra mal.

Por esta razón, sorprende la gran cantidad de investigaciones académicas de alto nivel que se empeñan en demostrar la irracionalidad o peligrosidad latente del independentismo: parecen despertar más atención que los triglicéridos en el campo de la biomedicina. En esta labor, politólogos y economistas han desempeñado un papel crucial para usar la autoridad de la ciencia en contra de estos perturbados con barretina (no soporto el catalanismo cultural, como ya habrá notado el atento lector, y en mi defensa citaré el maravilloso cuento de Pere Calders Els catalans pel món. Eso sí, es parte de mi cultura, ergo puedo ridiculizarla sin ser un opresor con poca sensibilidad hacia las minorías. Si eres un monolingüe castellano de la meseta, no puedes: serías un grosero). Precisamente, en el desempeño de su crítica han demostrado una total incapacidad para comprender los temas de la identidad cultural, la construcción social de las etnias u otras cuestiones que para historiadores o antropólogos son elementos de trabajo habituales. Con sus enfoques cuantitativos han hecho patente su incapacidad para entender la realidad. En este sentido, es memorable un artículo que se publicó en Nada es Gratis sobre la discriminación de los castellanohablantes en Catalunya, cuya metodología era inadmisible como expliqué en una ocasión anterior .

De igual modo, el artículo de Politikon intenta probar que el independentismo en Catalunya no es un movimiento transversal, a pesar de la incorporación en sus filas de castellanohablantes como Gabriel Rufián. Para ello, usan el dato de que el 20% de los nacidos en Catalunya con los DOS PADRES nacidos fuera de Catalunya apoyan la independencia. Es sorprendente. Se supone que un 20% debe ser una cifra testimonial entre una comunidad que se entiende étnicamente oprimida por la comunidad de catalanes puros. ¿Pero cómo puedes valorar si ese 20% significa mucho o poco apoyo al independentismo entre la comunidad que debería ser contraria a ese movimiento? Los autores no lo hacen. No lo necesitan. Para ellos, si la distribución fuese matemáticamente ideal debería existir el mismo apoyo al independentismo entre el colectivo de nacidos en Catalunya de ambos padres catalanes que en el de nacidos de ambos del resto de España. Para ellos, eso significaría transversal, pero esas distribuciones no existen en el mundo real. No hay un parámetro externo a la comunidad política que permita medir correctamente si su comportamiento es racional. Sólo puedes comparar con casos análogos e intentar estimar si esa pauta parece más o menos excepcional o es común.

Por ejemplo, más del 90% de la comunidad anglófona de Québec votó NO en el referéndum de 1995. Es cierto que el comportamiento no es el mismo en una votación que al expresar tus ideas en una encuesta, pero si tenemos en cuenta que la comunidad anglófona quebequés no alcanzaba entonces a ser el 20% del total, parece que el movimiento independentista catalán es mucho más transversal. Asimismo, podemos comparar que en 2004 sólo el 7% de los afroamericanos se declaraba republicano a pesar de las carreras políticas de Colin Powell o Condolezza Rice. En consecuencia, usando los parámetros argumentales empleados por Politikon, Estados Unidos sería una sociedad enfrentada étnicamente, sin movimientos políticos transversales e inclusivos y Obama, obviamente, sería el presidente de una minoría perseguida por los republicanos. Ciertamente, es una definición que yo podría compartir, aunque dudo que los politólogos de Politikon hicieran ese análisis, especialmente con la cansina admiración que suelen traslucir sus escritos hacia sus instituciones.

En realidad, que un 20% de hijos nacidos de españoles no catalanes apoye la independencia parece ser una cifra elevada. De igual modo, también lo es que casi el 50% de los que dicen tener como lenguas maternas catalán y castellano se declaren independentistas. Es más, este porcentaje parece muy transversal, como lo es el bilingüismo en la sociedad catalana, y hunde las tesis de los autores. Es posible que, por esa razón, no lo destaquen en su texto y aparece en un gráfico de pasada.

En definitiva, los académicos anti independentistas pueden seguir torturando los datos y negando la realidad para lograr caer simpáticos a las instituciones y periódicos de Madrid, pero, a pesar de que esto puede ser muy útil para promocionar profesionalmente a título individual, no contribuye en nada a lograr una solución pacífica a un conflicto que no desaparecerá por muchas tonterías que se publiquen a favor o en contra de la independencia.

NOTA: los académicos independentistas suelen hacer exactamente lo mismo. De hecho, la historiografía nacionalista catalana es, simplemente, infumable. Pero expresar estas opiniones ya me genera mucha bronca en congresos y no voy alargarme en ellas. Sinceramente, espero que los devotos de la sardana no me trolleen mucho en los comentarios.