Las personas bien pensantes están escandalizadas ante la victoria de Trump. No se pueden creer que haya pasado. Llevan cuarenta años mintiéndose sobre ellos mismos y, de repente, se han chocado con la realidad. Han despertado y los racistas seguían allí. El mundo occidental ha descubierto que los Estados Unidos de América, el país modélico que moderniza el mundo para moldearlo a su imitación, todavía no ha superado su guerra civil. Ciento cincuenta años después, los republicanos han recuperado la unión de voto popular blanco que nutrió a los demócratas hasta la irrupción, precisamente, de los republicanos de Abraham Lincoln.

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Memorial dedicado al presidente de la Confederación Jefferson Davis en Richmond, Virginia. En Estados Unidos necesitan una ley de la memoria histórica. Foto de Billy Hathorn

Los historiadores, por el contrario, no nos hemos sorprendido. Desde hace unos años temas como la esclavitud, el desarrollo del sistema capitalista y la Guerra Civil han cobrado tal importancia que se ha abierto un debate simbólico sobre espinosos y desagradables consensos soterrados implícitamente como el uso oficial de la bandera de la Confederación o el papel de los padres fundadores como George Washington o Thomas Jefferson en la defensa de la esclavitud.

De hecho, las controversias que ha provocado esta línea de investigación sirven para ilustrar el cinismo del liberalismo mainstream. Por ejemplo, The Economist reseñó negativamente el libro The Half Has Never Been Told: Slavery and the Making of American Capitalism de Edward Baptist con el argumento de que la esclavitud fue un mal menor necesario para que occidente lograse desarrollarse económicamente. El discurso, que es el núcleo fundacional de todo el pensamiento Whig liberal que rodea la globalización, es que occidente es una civilización superior gracias a su eficiencia y, por lo tanto, debe dirigir el mundo porque sus valores son universales y positivos y el resto de países imitarlos. Se puede intentar esconder o camuflar con toda la retórica de cosmopolitismo de restaurante exótico que se quiera, pero es supremacismo blanco. Es el nuestro, nos gusta y nos enfada que los demás no quieran ser como nosotros, porque eso significa que se niegan aceptar que somos su modelo y deben obedecernos. Por esta razón, la izquierda cae en cómicas y brutales contradicciones cuando debe afrontar la relación con el mundo islámico, el papel de las religiones o las democracias que no quieren ser liberales y anglosajonas, es decir, universales.

Cuando fue el ataque a Charlie Hebdo, Asghar Bukhari resumió correctamente esa supremacismo absolutamente institucional que se esconde tras nuestros discursos de multiculturalidad, derechos humanos e igualdad. Es esa actitud elitista de las clases medias ilustradas liberales que se podría resumir en: cualquier miembro de una tribu puede ser igual que nosotros si termina la universidad. Son incapaces de ver el profundo clasismo y racismo en su forma de entender el mundo, porque surgen de una ideología, el liberalismo, cuyo fundamento es, precisamente, negar la igualdad de los seres humanos. Esa es la esquizofrénica situación de los progresistas proglobalización: defienden la igualdad de derechos civiles entre todos, mientras construyen un mundo que santifica el individualismo y la desigualdad fundada en el mérito y la capacidad.

Son cínicos, porque su ideología, el liberalismo, está muerta. Como decía el escritor Max Aub empeñarse en ser liberal en el siglo XX es como querer hablar latín en un almacén repleto de novedades norteamericanas.  La desigualdad no se fundamenta en el mérito, se fundamenta en la fuerza que ordena la sociedad. Nuestras sociedades no están organizadas según un principio de justicia o mérito. Es cínico defender lo contrario. Y desde el fin de Bretton Woods se impuso que la justicia social no fuese la prioridad de nuestras políticas públicas. La prioridad debe ser el crecimiento económico y eso significa impulsar la competencia para forzarnos a ser más productivos. Credo aceptado por los progresistas proglobalización que se escandalizan ante la victoria de Trump.

Por el contrario, los racistas no son cínicos: creen en lo que defienden. Creen que son superiores y no necesitan auto engaños o complicadas elucubraciones filosóficas para esconder su supremacismo blanco. Dicen en público lo que los progres no se atreven a manifestar, pero sienten en realidad: Sí, los occidentales somos superiores, porque ganamos: dominamos el mundo. Jodeos, pobres de Bangladesh. Abolimos la esclavitud de nuestras sociedades y la hemos exportado bien lejos para acallar nuestros remordimientos y, encima, tenemos el cinismo de culparos a vosotros de vuestras muertes. ¿Esto no va de competir internacionalmente? Pues es evidente que, en eso, los occidentales somos los mejores y es cierto, somos los mejores construyendo sociedades militarizadas altamente tecnificadas que pueden arrasar con el enemigo. De tanto en tanto, metemos la pata y nos matamos entre nosotros provocando guerras mundiales, pero seguimos siendo los mejores y Londres es una ciudad cojonuda a la que todo el mundo le encanta ir, aunque esté repleta de estatuas en honor de genocidas coloniales.

Este es el incómodo punto del debate que se suele rehuir: el liberalismo y el fascismo están separados por una capa muy tenue, tan tenue que Wilfredo Pareto tiene un pié en cada ideología. La diferencia es que el liberal se escandaliza impostadamente ante el uso de la violencia que las fuerzas policiales hacen para preservar su orden social, mientras que el fascista entusiastamente aplica esa violencia en primera persona. Sí, el fascismo es peor. Mata más, es más obsceno, obvio y evidente, pero también más honesto y sincero. Eso significa que es más fácil de combatir ideológicamente y se llega rápidamente al quid de la cuestión: te niego tu derecho a ser igual que yo, porque eso significa que carezco de derecho sobre ti para decidir por ti y, por lo tanto, tarde o temprano de algún modo deberemos compartir. Así piensa el racista y sin problemas hace recaer esa diferencia en algo tan simple, visible y demodé como la piel. De forma más elegante y sofisticada piensa el liberal, que transforma el racismo en clasismo y recurre a títulos académicos para trazar las jerarquías. Sin embargo, en el fondo, son los mismos discursos: negamos el derecho de los otros a ser iguales y justificamos racionalmente su exclusión. Llevamos casi cincuenta años jaleando el individualismo, el egoísmo, la competencia… de hecho, salía Trump por la tele animando con su carismática figura todo este conjunto de valores. ¿En serio le sorprende a alguien que haya ganado?