Ayer nos levantamos con la noticia de la sorprendente llamada telefónica que mantuvieron Donald Trump y la presidenta taiwanesa Tsai Ing-wen (Cài Yīngwén si utilizamos la transcripción pinyin formalmente reconocida por la Organización Internacional de Normalización que los taiwaneses se niegan a usar).

Mientras que la prensa cubrió el evento con bastante mesura y reflejaba ya en la mañana del sábado que Beijing no había dado gran importancia al contacto y se veían obligados a utilizar constantemente palabras como “podría”, “arriesga” ó “probable” para describir un potencial conflicto con China, la reacción el viernes del extremo centro liberal de prensa oficial  fue mucho más virulenta. En Twitter, la opinología progre nos bombardeó con la venida del apocalipsis por la ruptura de décadas de diplomacia acordada con China sobre no reconocer al gobierno de Taiwán como un interlocutor válido (eso que llaman la política de una sola China).

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La presidencia de Taiwán conel presidente Danilo Medina de República Dominicana, uno de los 22 estados que reconocen a Taiwán-ROC diplomáticamente.

Mientras los plumillas desde Washington y Nueva York nos asustaban con la inminente guerra nuclear que Trump estaba provocando, la gente que realmente estudia China y conoce Taiwán mantenía una postura mucho más calmada. Tanto en el continente como en la isla de Taiwán, suficientes personas razonables con seriedad restaban importancia al evento como para que la histeria inicial pareciera ridícula.

Aquellos conocedores más pro-Taiwán (que suele coincidir con quienes residen en la isla) se lamentaban de que el establishment estadounidense le hiciera el juego al Partido Comunista chino, dando carácter de desastre diplomático a una mera llamada. Ciertamente parece mentira cómo desde Beijing han logrado que EEUU llegue incluso a autocensurarse en relación a los asuntos sensibles de su zona de influencia. Mientras tanto, los “chinólogos” del continente (aún los más conservadores y, por tanto, anticomunistas) predecían una mera protesta formal y que China se guardaría la carta para jugarla más adelante.

Por supuesto, la reacción desmesurada de los tertulianos de Twitter ignoraba las auténticas claves de lo que está ocurriendo. En su afán por atacar a Trump, han dado una enorme importancia a un mero detallo y proporcionado así un espaldarazo a Beijing en su política de aislar a Taiwán internacionalmente. Se perdieron, sin embargo, un detalle clave, como es que tanto en el comunicado oficial como en los tuits de Trump se denominase a Tsai como “Presidenta de Taiwán”, lo cual sí es una ruptura con la normalidad diplomática que, de mantenerse en el tiempo puede causar conflictividad con China.

En el momento actual las relaciones entre Beijing y Taipei no están en ningún “alto nivel de tensión”, ni mucho menos. O al menos para el que podría esperarse con el Partido Democrático Progresista (DPP, nacionalista taiwanés) en el poder en Taipei. Tsai se ha comprometido con el mantenimiento del status quo respecto a China y está defraudando al ala más independentista de su partido. Al mantener perfil muy bajo no ha dado exusas a Beijing para tomar medidas especiales más allá de lo previsible, por lo que su presidencia está siendo mucho más tranquila que la del anterior gobierno del DPP con el provocativo Chen Shui-bian, que será recordado sobre todo por haber sido sentenciado después a 19 años de prisión por cargos de corrupción (por valor de 15 millones de dólares EEUU) durante sus 8 años al frente del país.

Donde sí que está teniendo problemas Tsai es en el terreno interno. Sus niveles de popularidad descenden de forma continua entre el electorado taiwanés a medida que sus políticas, previsiblemente de corte neoliberal, decepcionan a uno tras otro de los movimientos sociales que florecieron bajo la anterior administración del KMT. El DPP se formó en su día a partir de una coalición de ecologistas, activistas pro-democracia y nacionalistas que se habían enfrentado a la dictadura de Chiang Kai-shek y su hijo. Sin embargo sus líderes renunciaron ya en su primera presidencia de la isla en 2000-2008 a honrar las raíces del partido y ello ha dado lugar a una desconfianza notable entre los jóvenes, que les han vuelto a aupar al poder en 2016 pero les vigilan de cerca e incluso han dado lugar a la aparicón de nuevos partidos.

Parece que Tsai ha decidido contrarrestar parte de su deterioro político con una acción conjunta con el futuro presidente estadounidense, que también está ávido de marcar puntos haciéndose el duro con China. Al fin y al cabo, el Imperio de en Medio se ha convertido en el chivo expiatorio externo de todos los males en la campaña de Trump. Desde la desindustrialización de su país a la invención del “engaño” del cambio climático.

Curiosamente, que Tsai mantuviera una conversación con Trump (en el mismo día que otros grandes líderes mundiales como el presidente pakistaní o el filipino duterte) no ha recibido críticas de los liberales estadounidenses. Los mismos que hace sólo una semana se inflamaban de rabia ante la “normalización del fascismo” que suponía el ver a Trump como un presidente más, no parecen tener nada que decir ante el reconocimiento implícito que supone la llamada de Tsai para Trump, que lejos de marginarle un apestado más cercano a regímenes dictatoriales que a las principales democracias del mundo, le ha confirmado como un aliado en el proceloso mar de las “relaciones a través del estreecho que separa Taipei de China continental.

Como recordaba Trump, EEUU ha vendido durante las administraciones demócratas armas a Taiwán por valor de millones de dólares. Eso cuando no estaba directamente financiando a la isla con material militar gratuito y abriéndole su mercado de para en par, aún tras la ruptura de relaciones diplmáticas en 1979. Es de suponer que no encuentran ningún problema en que ese aliado se preste a reconocer la legitimidad de Trump y sus políticas en el plano internacional.