Grecia fue una tragedia. Desafortunadamente, decidimos no aprender de aquella experiencia

Los partidos políticos son asociaciones realmente crueles. Exigen un compromiso personal sin límites, porque para prosperar es necesario demostrar más entrega y sacrificio que el resto, que no hay nadie más dispuesto, capaz y valiente para asumir esa responsabilidad que uno mismo. Si tienes el deseo de cambiar el mundo, pero tu dignidad te impide bajar al lodazal de la auténtica política, te quedarás en una esquina esperando que reclamen tu sabiduría y nobleza, porque has demostrado que no tienes las agallas, la ambición requerida, que el ejercicio del cargo demanda.

Sus dinámicas son siempre perversas y sacan lo peor del ser humano. Por mucho que uno crea que puede ser distinto, que no le afectará, que sabrá mantener una sana distancia… todo eso son falsas ilusiones. La causa se volverá tu vida, el partido será tu mundo y te aislarás del resto de la sociedad. Con ello, además, reforzarás tus prejuicios, tus sesgos, te desconectarás de las personas que dices representar… te ajustarás a un nuevo submundo que con personas afines a ti habéis construido para sentiros identificados y dotar de sentido vuestras vidas. Vuestra realidad compartida tendrá sentido para vosotros, pero para los que no sientan las mismas pasiones que vosotros, cada vez será más difícil de comprender y sólo verán los trazos gruesos que, por otra parte, suelen ser las verdades más obvias e innegables.

Podemos se encuentra atrapado en esa vorágine. Un partido escasamente profesionalizado, improvisado, dirigido desde un despacho de la Complutense de Madrid ha logrado unos resultados espectaculares y debe construirse como una organización más sólida y disciplinada. Sobre lo que se discute en Podemos son los requisitos de entrada, permanencia y ascenso: la profesionalización de la política. Pasar del activismo altruísta y generoso sin horarios, a la carrera a tiempo completo que suele acabar con tu vida personal, con tus relaciones de amistad y familiares. Con ese fin, es necesario tipificar el juramento de lealtad a la causa que debe ser el compromiso para que confíen en ti dentro de la organización. No es un tema baladí, porque en la espontaneidad de Podemos se asumió como mito fundacional el 15M, pero, como buen movimiento asambleario, aquello sólo podía funcionar mientras no se tocase poder. Cuando hay que decidir cosas de verdad, las asambleas no resisten las presiones y el ideal de democracia se desvanece en el caos o en la intimidación directa. Normas, garantías, árbitros… son indispensables para que la fragilidad de cualquier proceso inclusivo que aspire a ser democrático no termine pervertido.

¿Y cuál es el requisito para vivir dentro de la familia podemita? Pues el de siempre, fidelidad al jefe. En esto, Podemos no es distinto a cualquier otro partido político. Tampoco es distinto a cualquier otra organización humana. Desengáñense: las organizaciones humanas se fundamentan en la obediencia y la conformidad y todas castigan la discrepancia y la disidencia: si no te gusta, te vas. Es cierto que pueden variar en su forma de eliminar a los díscolos, pero los van a marginar siempre. Y no nos engañemos de nuevo, los vencidos si fuesen vencedores harían lo mismo con los perdedores que ahora ganaron. No sabremos jamás cómo habríapurgado Trotsky de haberse alzado con la Secretaría General del PCUS. Probablemente, menos que Stalin, porque era más arrogante, más seguro de sí mismo y mucho más capaz, en definitiva, una persona menos débil y, por lo tanto, menos autoritaria y vengativa. Pero la disciplina férrea habría imperado, porque esa fue la disciplina que impuso en el Ejército Rojo y con la que logró vencer la guerra civil. Sí, la disciplina, la unidad, la fe, la entrega, la capacidad de sacrificio, la ambición, la esperanza… son fundamentales para una acción colectiva que espera transformar el estado de cosas.

Sin embargo, este modo de proceder tiene una contrapartida: el llamado pensamiento grupal. En ese ambiente, como nadie quiere significarse, como nadie quiere ser señalado como discrepante, la gente aprende a obedecer, callar y no pensar. La lealtad deriva en servilismo y el único que termina por pensar es el jefe y sus mayores hombres de confianza que, como suelen ser los más aduladores, son la caja de resonancia del líder. No hace falta estar en una organización jerárquica, vertical y brutal para terminar así de anulado. Instituciones liberales, pluralistas e internacionales dedicadas al análisis y la reflexión como el FMI, el BCE, la CIA o las universidades terminan aquejadas del mismo mal. Todos sus profesionales, que cobran por ser expertos capaces de comprender la realidad, aprenden a hacer lo mismo: decir lo correcto ante la gente correcta. Así saben que promocionarán, que habrá ascensos y aumentos del presupuesto. No quieren llevar noticias desagradables ni contrariar a ningún superior y, por eso mismo, se equivocan siempre que deben hacer vaticinios. Su prioridad no es ser objetivos para entender qué pasa, su prioridad es complacer a su jefe y eso, obviamente, sesga sus análisis.

Por lo tanto, lo único que importa es qué piensan los candidatos a jefe en disputa, porque una vez gane uno de ellos, eso será lo que piense el partido. Aquí, ciertamente, más allá del discurso identitario nos tropezamos con la vacuidad. Pablo Iglesias apela al lenguaje de clase, a la identidad de clase para construir un partido según los esquemas de los tradicionales partidos comunistas. Por su parte, Errejón sigue con un discurso republicano, ahora llamado populista, que apela al pueblo honesto, trabajador y virtuoso frente la casta aristrocrática y corrupta. Son dos discursos clásicos, conocidos y que han tenido sus periodos previos de vigencia y esplendor. Ambos han sido capaces de movilizar a grandes sectores de la población tanto para la confrontación electoral como civil. El problema, empero, es que no parece claro en Podemos qué clase de confrontación quieren liderar. De hecho, ese es el callejón en el que se ha metido Podemos.

A día de hoy, no sabemos qué consensos quiere respetar Podemos y cuáles quiere romper. No sabemos si ese proyecto es partidario de permanecer en el Euro o salirse. No sabemos cómo pretenden modificar el andamiaje institucional del R78. No es sólo que no lo sepamos, es que no les hemos escuchado proponer nada al respecto en los dos últimos años. Podemos como proyecto recibió un golpe mortal con el fracaso de Syriza. Apostaron a que una decidida actitud de resistencia haría cambiar la voluntad de Alemania y, como consecuencia, la Europa keynesiana sería posible. Cuando Tsipras cedió y abandonó el plan de Varoufakis de forzar la expulsión de Grecia de la Unión Europa, liquidó los restos de la soberanía nacional griega y, por ende, del resto de países. Como es obvio, sin soberanía nacional, no tiene sentido tener partidos políticos. Eso no es un problema para los partidos que representan el R78, porque ser los gestores de Bruselas ha sido su vocación en los últimos cuarenta años, pero no es admisible para aquellos que dicen representar algo nuevo.

Desde aquel entonces, Podemos no tiene rumbo y, menos aún, un plan. No hay nada más allá de la lucha de egos, de los discursos de identidad y del quítate tú viejo socialista que ahora me pongo yo a gestionar más poscolional y honradamente que tú. Es un cambio que no está mal, dirán algunos, pero con la situación económica del país y con la perspectiva de una Unión Europea que puede saltar por los aíres en menos de un lustro, las primeras cabezas de la organización que aspira a ser la primera fuerza de izquierdas de este país podrían, de algún modo, vencer sus miedos y ensimismamiento para reponerse del fracaso que supuso su apuesta por Syriza. No obstante, como decíamos antes, las purgas no son la mejor forma de promover los debates de ideas. Habría estado bien discutir antes sobre estos temas y, cuando el proyecto de partido estuviese más claro, exigir la lealtad a la causa.