Cartel de la película que dio nombre a la técnica de manipulación conocida como gaslighting. Usada en el film por un marido controlador, es común en las situaciones de acoso laboral, en los padres abusivos y en las llamadas sectas destructivas

Las recientes declaraciones del juez de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo Antonio Salas han abierto una intensa campaña en las redes sociales para exigir que las retire. No voy a entrar en este escrito a defender las tesis del juez, porque eran una serie de tuits poco elaborados y simplones que no comparto. Sin embargo, su discurso colisionaba con los presupuestos de la teoría de género (TG) y han sido la razón de tan enconada reacción. En este sentido, llevo tiempo preguntándome si la TG nos ayuda realmente a entender los mecanismos psicológicos que operan en los procesos de sumisión y anulación de la personalidad que nos dirigen a la situación de indefensión aprendida que nos impide romper los vínculos afectivos con nuestro maltratador. Por esta razón, voy a exponer mis dudas sobre la aplicabilidad de la TG para analizar la violencia, especialmente la de carácter psicológico. Esto significa que no soy contrario al feminismo: creo que la violencia de género es un problema social, que la mujer vive una situación de desigualdad e inferioridad y que desde los poderes públicos se deben promover leyes y campañas que reviertan esta situación. De igual modo, no pretendo refutar la TG ni decir que es inútil. De hecho, creo que es esencial en los estudios culturales y que su influencia en la praxis de la psicología, la medicina o el derecho ha sido positiva. Mi escrito va dirigido al uso y abuso de conceptos o categorías que se hace en el debate público sin saber realmente su origen y sus implicaciones.

Al igual que ocurre con el marxismo o el liberalismo, la TG es un instrumento de acción política cuyos defensores emplean para justificar racional y moralmente sus postulados. Esto, como ocurre siempre, produce desajustes y simplificaciones porque la capacidad analítica de cualquier teoría se ve afectada cuando se ve sometida a las necesidades de la praxis política que necesita elaborar discursos con verdugos y víctimas para apelar a la movilización. En el caso de la TG, el problema es mayor porque se confunde con el feminismo o, en todo caso, con el feminismo de la diferencia. Si bien hay un tronco común, la TG es una parcela reducida, no el feminismo en su totalidad.

De hecho, es muy difícil que cualquier lector informado tenga una idea precisa de qué es la TG si no ha cursado una licenciatura de Historia, Filología o Filosofía. Solo en estas carreras, y de forma muy tangencial, se podía tener conocimiento de los estudios de género. Estos surgen como consecuencia del llamado giro lingüístico, más conocido como posestructuralismo o corrientes posmodernas, dentro de debates puramente académicos en el mundo de las humanidades y de gran controversia sin que pueda afirmarse que son posturas con un consenso unánime entre los especialistas, si bien este pluralismo debería ser lo habitual en las llamadas ciencias sociales. Es por esta razón, que la TG sólo es conocida de forma secundaria entre el gran público por los llamados escépticos, porque, al ser una corriente culturalista englobada en la posmodernidad, fue objeto de las críticas de los físicos Sokal y Bricmont en el famoso escándalo Sokal. En Más allá de las imposturas intelectuales Sokal abordaba de forma más exhaustiva su refutación de las tesis de la TG de que la física o las matemáticas tienen género y es masculino con tanta poca habilidad que, por ejemplo, quien escribe esto se convenció de que la TG estaba acertada en este punto.

Sin embargo, la TG puede equivocarse y, es más, son las propias especialistas en TG quienes detectan estos errores. Un problema clásico con la TG es su definición de patriarcado. Al ser una disciplina de origen anglosajón, las sociedades patriarcales estudiadas eran liberales y protestantes de tal forma que los esquemas de su patriarcado modélico coinciden con la cultura WASP, pero no se ajustan adecuadamente para entender sociedades latinas y católicas. En los estudios del siglo XIX, la imitación de los estudios clásicos de género para la sociedad española resultaban inconsistentes porque el catolicismo no asumía la dicotomía público/privado del protestantismo y del liberalismo y, de igual modo, la construcción de la identidad masculina o femenina era distinta al mundo anglosajón. Esto, empero, no era admisible para una TG que, en la acción política, necesitaba construir un patriarcado omnipresente y omnipotente para explicar las estructuras de opresión. Como suele ocurrir, las necesidades políticas de la teoría han dificultado y entorpecido la comunicación en un debate tan marginal y minoritario como el de los historiadores dedicados al siglo XIX.

Paradójicamente, la inconsistencia más visible de la TG es la definición de identidad masculina: ésta tiene como rasgos prototípicos la construcción del individuo racional del liberalismo: individualista, dominador, posesivo, carente de empatía, autoritario… es el patriarca que dispone de su mujer y de sus hijos como propiedades, el patriarca que tiene criados y esclavos, el liberal que niega la igualdad universal y cree que la sociedad sólo puede ordenarse con un espacio público igualitario restringido al ciudadano ilustrado y mediante la jerarquía en el ámbito doméstico. Esto es una construcción cultural, un tipo ideal para visualizar una nueva sociedad elaborada para contraponerse a los modelos de sociedad estamental surgidos en Europa a lo largo de la Edad Media y la Época Moderna. Sin embargo, el maltratador de hoy en día no es una producción lingüística que deba ser deconstruida: es un sujeto con personalidad jurídica al que debe aplicarse el código penal.

El hecho es que este hombre individualista y posesivo es una caracterización patológica de algunos rasgos de nuestra personalidad y la TG, al asumirlo como manifestación de la identidad masculina, nos pone ante un problema: ¿el maltratador expresa una identidad masculina normalizada por la sociedad patriarcal o es un enfermo que sufre un trastorno de personalidad y no es capaz de respetar la dignidad de los otros? Desde la TG, no soy capaz de encontrar una respuesta a esta pregunta que sea consistente o coherente. De hecho, veo que la TG tiende a equiparar un violador a un marido machista y maltratador, iguala sus motivaciones, comportamiento y objetivos. ¿Esto se sustenta en algún estudio empírico? ¿Ayuda a entender cómo funcionan y a protegernos de los violadores y maltratadotes reducirlos al tipo ideal único machista? ¿Una mujer que esté sufriendo los mecanismo de control y dominación psicológica típicos como provocar el sentimiento de culpa, el desprecio o el chantaje cómo se defiende mejor: pensando que su pareja es machista o que es un enfermo mental? Lo siento, pero he conocido a mujeres que excusaban esos comportamientos de sus parejas como machismo. Como la sociedad es machista, sus parejas respondían al condicionamiento machista, eran machistas por la sociedad y, en el fondo, eran buenos a pesar de ese machismo. Esa parte mala de su personalidad era condicionamiento social. Empezaron a cortar con su maltratador al comprobar que estaba enfermo, que era una persona tóxica incapaz de mantener relaciones afectivas sanas de igualdad con nadie y que los comportamientos machistas eran la forma en que su patología se expresaba con sus parejas, pero con sus amigos usaban otras técnicas. La TG era algo completamente ajeno a su realidad (normal, surgió en discusiones de seminarios universitarios).

Esta es otra de las grandes inconsistencias de la TG: niega la voluntad y la responsabilidad individual. Al final, no podemos saber si el maltratador es verdugo o víctima. Si la sociedad patriarcal lo condiciona, abusará de la mujer. No tendrá libertad de elegir. Pero si hay hombres que eligen abusar o no abusar en una sociedad patriarcal, al final la sociedad patriarcal no puede ser la causa fundamental y primera del maltrato. Es una causa que debe operar junto a otras y, por lo tanto, su importancia fundamental se ve atenuada. Por lo tanto, la TG sólo puede concluir para mantener su coherencia que todos los hombres somos abusadores: todos somos violadores. Y si todos somos violadores, estamos exentos de responsabilidad, porque no podemos elegir. Pero si elegimos, la sociedad patriarcal entonces no es tan dominante y poderosa. La TG, que en origen pretendía refutar las concepciones biologistas de la identidad de género, termina afirmando que somos violadores porque es nuestra naturaleza. Esto, como es obvio, es lógico que provoque el malestar entre muchos hombres que no quieren que se les asigne esa naturaleza y, con mayor torpeza o agresividad, expresan su malestar al respecto.

Por otra parte, la mujer está condenada por la propia TG a ser una víctima y si se encuentra en una situación de anulación de su personalidad y de indefensión se debe al patriarcado. El problema es que tanto a hombres como a mujeres se nos puede inducir la indefensión o se nos puede anular la voluntad. Tanto hombres como mujeres podemos ser codependientes y mantener relaciones patológicas. Podemos entender el abuso y el maltrato como formas de expresar el amor, porque en nuestra infancia crecimos en un entorno de relaciones afectivas abusivas y entendimos que era la forma natural de expresar los sentimientos. Podemos confundir sufrimiento y sacrificio con amor. Podemos no ser capaces de romper con esas relaciones patológicas porque somos adictos a ellas. Pero la TG no puede procesar esta realidad. No puede existir. Si una mujer no es capaz de romper con un maltratador, es por el machismo de la sociedad. La predisposición de esa mujer a ser víctima no puede deberse a otros factores, a otros abusos no condicionados por el género que le impiden romper con una relación patológica. ¿Este enfoque ayuda a una persona que se encuentra en esa situación? ¿Ese enfoque ayuda a tomar el control sobre la propia vida, a recuperar la autoestima? ¿Estas mujeres se salvarán tras ver la luz al leer una columna de opinión contra el machismo escrito por una feminista partidaria de la TG?

Asimismo, la TG condena al hombre a no poder expresarse como víctima. Siempre somos agresores o potenciales abusadores. La TG critica nuestra identidad por dominadora y eliminar la expresión de sentimientos, pero nos impide expresarnos como víctimas. ¿Entonces cómo vamos a aprender a expresar nuestros sentimientos? Si los hombres intentan expresar que se sienten en situación de indefensión durante el divorcio o que se encuentran chantajeados con la custodia de sus hijos por sus ex parejas son automáticamente catalogados de machistas intentando defender sus privilegios en la sociedad patriarcal. ¿Esto no los va a hacer más reactivos y más agresivos ante el feminismo? ¿Negarles la posibilidad de tener voz propia no es una forma de obligarlos a comportarse como agresores? Se supone que, como grupo dominante, toda expresión cultural recoge sus demandas y, por lo tanto, lo justo es ignorarlos para compensar. La contradicción, empero, proviene de que las manifestaciones culturales como grupo dominante representan a un hombre dominador. James Bond no se divorcia en las películas.

El problema es que la TG surgió para analizar la realidad como producción cultural y esto tiene sus límites. Una relación de personas reales no es una película ni una obra literaria. En la realidad de una relación, los vínculos de dependencia, de maltrato o de abuso no son tan claros y unívocos como en una obra literaria y como la TG predice. Los terapeutas lo saben, porque es el trabajo de su día a día y están acostumbrados a lidiar con una escala de grises más problemática. La TG, por su parte, tiene que eliminar la misma idea de relación: ésta deviene en una dominación estática, mecanicista y determinada. En este sentido, para probar que las relaciones patológicas son siempre unívocas de un hombre abusador hacia una mujer víctima citan en su apoyo la cifra de mujeres muertas a manos de sus maltratadores. Esto presenta graves carencias: 1) Se define la relación de maltrato por su resultado. Al emplear este argumento, la violencia psicológica desaparece del radar y del problema. Sólo hay violencia si hay asesinato y sólo los hombres son maltratadores porque asesinan. Este simplismo argumental, me temo, produce un efecto pernicioso al distraer energías de los mecanismos psicológicos de abuso y anulación que impiden a las víctimas retomar el control de sus vidas. 2) Este argumento, nuevamente, otorga toda la razón a las tesis bioligistas que, en origen, la TG pretendía refutar. Al otorgar importancia capital al hecho de la violencia física, los bioligistas se ven confirmados en sus teorías sobre nuestra naturaleza sexual. Ellos tienen toneladas de estudios científicos que explican coherentemente porqué los hombres usan la violencia física y las mujeres no.

En el debate público, los partidarios de la TG están tomando una posición defensiva y reactiva que evidencia las contradicciones de la TG. El problema es que la gran mayoría de los críticos de la TG sí son machistas que no quieren una relación de igualdad entre mujeres y hombres. Sin embargo, esto no invalida sus argumentos y si desde la TG no son capaces de articular respuestas más coherentes y sólidas, el trabajo de concienciación de los últimos años se puede revertir. Personalmente, la campaña de denuncia contre el juez Salas me ha preocupado, porque no he visto nada parecido a un argumento bien construido para refutar unos tuits realmente simplones e infantiles. Me temo que la izquierda ha hecho el ridículo y eso me preocupa. Por esta razón, me gustaría una respuesta a mis dudas aquí expresadas de los partidarios de la TG para mantener un debate constructivo.