Esta no es una crítica al escepticismo: es un ejercicio de reflexión sobre por qué personas que coinciden plenamente con los fundamentos del movimiento escéptico –una visión del mundo basada en el pensamiento crítico y racional– encuentran al escepticismo organizado ajeno y en cierto modo hostil. Muchos defendemos que las instituciones deben ser laicas; que en lo que respecta al mundo físico nada hay mejor que el método científico, quizás imperfecto, lento, sujeto en ocasiones a mala praxis… pero por ahora el único que se ha demostrado eficaz para construir conocimiento; que hay cuestiones que no son «opinables» sino verdaderas, aunque el concepto de «verdadero» siga abierto en el campo de la filosofía; que el método científico es probablemente el mayor logro del intelecto humano, una herramienta poderosísima que tenemos la obligación de usar para defendernos de timadores y dogmáticos… Y, sin embargo, pese a compartir todo lo anterior, no estamos cómodos dentro del movimiento escéptico organizado. A continuación trataré de analizar algunas de las posibles causas de esta desafección:

Si dejas de dudar, dudo de tu método

Permítanme empezar con una anécdota. Hace algún tiempo tuve una discusión en twitter sobre ciencia y política con una persona bastante activa dentro del movimiento escéptico. Después de intercambiar unos cuantos mensajes, me dijo que daría una charla «de formación» (sic) donde expondría su punto de vista. Supuse que me instaba a aplazar el debate porque en aquel momento no quería o no podía seguirlo –al fin y al cabo twitter no es el mejor medio para desarrollar un argumento en profundidad– y le contesté con toda mi buena fe que entonces esperaría a la charla para tratar de rebatirle. En ese momento, para mi sorpresa, se ofendió muchísimo. Según él, yo hacía mal en suponer que después de haberlo escuchado podría seguir teniendo objeciones a sus tesis. Es decir, le parecía inconcebible que no fuera a cambiar de opinión al oír su charla, señal de que consideraba mis argumentos completamente irrelevantes. La verdad me sería revelada, le faltó decir. Es una anécdota, sí, pero creo que refleja una actitud común a otros autodenominados escépticos: «soy escéptico, no me puedo equivocar», afirmación que es, paradójicamente, una definición de lo que no es –no debe ser– el escepticismo. En palabras de @daurmith hay quien «se ha hecho una cosmogonía que cree escéptica con alguna base sólida y otras temblonas. Pero no distinguen lo sólido de lo temblón; consideran el escepticismo un paraguas que cubre todo su pensamiento».

El escepticismo no es un niño dios al que hay que vestir.

¿Por qué te tienes que meter en todos los jardines?

Si bien todo el conocimiento del mundo físico es científico, su método no es aplicable a todos los problemas. La ética, la filosofía, el arte o el derecho no responden al método científico y no por eso son campos poco rigurosos, irracionales o innecesarios. Desgraciadamente, al menos esa es mi percepción, no es infrecuente encontrar ejemplos donde, desde el escepticismo, se ningunean las disciplinas no científicas al mismo tiempo que se pontifica sobre temas ajenos a la ciencia con, ¡ay!, la seguridad y la arrogancia del que se cree experto. Recuerdo que en los libros de religión de mi infancia venían fotos de amaneceres y de bebés sonrientes con leyendas tipo «la ciencia no puede explicar la emoción que sentimos ante tanta belleza» («jaque mate, ateos», pensarían los autores de aquellos manuales). Desde el lado ateo la respuesta a este tipo de cuestiones debería ser, creo, que aunque ciertamente es posible que la ciencia no pueda «explicar» un sentimiento o una emoción humana (no al menos su vivencia subjetiva), de ningún modo es lo que pretende. Sin embargo, tengo la impresión de que el movimiento escéptico ha hecho suya la postura filosófica –a mi juicio un positivismo un tanto naif– de esperar que la ciencia lo explique y describa todo.
Una vez leí algo que intento aplicar desde entonces. Se trata de sustituir la palabra «ciencia» por «carpintería». Así, afirmaciones como «la ciencia no puede explicar la emoción…» se transforma en «la carpintería no puede explicar la emoción…» y el problema desaparece. La carpintería tampoco puede sentar las bases del código penal o justificar los derechos humanos y no pasa nada: simplemente no es su función. Otra cosa es aceptar que, como nada puede operar en el vacío, cualquier actuación que pretenda asentarse sobre el terreno necesita conocer el medio y las condiciones donde va a desarrollarse, estas sí, objeto del análisis científico. Del mismo modo, el escepticismo no tiene las herramientas o la misión de convencer a los creyentes de que dejen de serlo (como a veces pretende) pero sí puede, y debe, defender una sociedad laica, es decir, una organización social cuyas instituciones no estén legitimadas por elementos religiosos o mágicos.
Todo lo anterior no significa, ni mucho menos, que deba renunciar a compartir el conocimiento. Como dijo Richard Feynman a propósito de la divulgación «yo creo que deberíamos enseñar maravillas, y que el propósito del conocimiento es apreciar todavía más las maravillas». Yo voy más allá, creo que tener la oportunidad de disfrutar de esas maravillas debería ser un derecho humano.

El escepticismo no es una planta de invernadero

Ahora bien, aunque popularmente se relacione siempre escepticismo con ciencia, la actitud escéptica, en su núcleo y en lo que significa primariamente, no limita exactamente su actuación a los temas ostensiblemente científicos. Podemos aplicarlo a cosas como: «¿por qué se espera de mí que me pliegue a la costumbre X?» «¿es una contradicción que haya tal norma social pero también tal otra y las dos parecen irreconciliables?» «¿me acabo de comportar yo misma hace cinco minutos de esta manera incompatible con mis valores? ¡Cómo es posible!» «esto se considera convencionalmente bello, pero a mí no me dice nada: ¿qué es la experiencia de lo bello? ¿es individual o social y por qué?»
Una forma de objetar a esto es, me parece, que esas preguntas también son o pueden ser científicas, y ahí están las correspondientes ciencias sociales (o a medio camino entre las sociales y las naturales) ocupándose de ellas.
Pues esa es la cosa: que eso da igual a nuestros efectos. Da igual si ya hay una Facultad y unos doctorandos tratando de responder a ese tipo de pregunta o todavía no los hay, o los hay pero yo no lo sé. Da igual si aunque el Derecho no sea una ciencia sí que haya una Sociología o Historia del derecho que se dedique a esas preguntas. Da igual si esto tiene la etiqueta académica de «Filosofía» o de «Ciencia» o de «En mi vida he oído que eso se estudie en ninguna parte». Da igual a efectos de hacernos estas preguntas, o cualesquiera otras, con mirada escéptica.
Lo que conforma la actitud escéptica es la actitud de preguntarse el porqué de algo y no contentarse de entrada con la autoridad, la ordenanza o la costumbre como respuesta suficiente. Eso requiere cierta inclinación a la duda y cierta desconfianza de las apariencias. Eso conduce, si se intenta ser honesto, a aplicar esa inclinación y esa desconfianza a uno mismo. Con el tiempo, nos lleva a descubrir esas cosas que se llaman «sesgos» y que son tan escurridizos y omnipresentes. Y que también nosotros tenemos. Cuando bastante gente tiene estas ideas, y suponiendo que se den otras circunstancias favorables, entonces es cuando nace algo que se llama la «Ciencia Tal» y se organizan sus Facultades, sus laboratorios y sus odiosas reuniones de Departamento para obtener fondos. Ese es el orden causal y no al revés. Entonces le ponemos vallas a un trozo de campo y cultivamos el escepticismo silvestre, esperando que crezca más robusto y dé nuevas variedades.
Por lo tanto, ahora tenemos un modo de obtener conocimiento sobre el mundo que es, como tal, un subproducto de la actitud escéptica, pero no tiene el monopolio de ésta ni cubre todo su terreno. Sistematizamos el escepticismo y lo incluimos en eso del «método científico», con toda una batería de técnicas para tratar de sortear los sesgos: como por ejemplo el doble ciego y la muestra aleatoria (porque conocemos nuestra tendencia a los sesgos de confirmación) y los refuerzos con los que acompañamos esas técnicas: como una caja de herramientas estadísticas refinadas (porque, entre otras razones, nos hacemos conscientes del problema lógico de la inferencia, y de nuestra tendencia a encontrar patrones y efectos causales los haya o no)
Para que naciera la ciencia, como ahora la entendemos, tuvo que haber personas que dudaran de que el conocimiento se adquiere de Aristóteles y la Revelación, y en su lugar intentaran obtenerlo de la observación directa y la formulación de hipótesis a partir de esta. Poner el corpus admitido, de la ciencia que sea, en el mismo lugar de reverencia intocable que tuvo el Génesis, y burlarse agresivamente de quien tiene dudas y pide explicaciones sobre cualquier afirmación revestida de peer review, llamándole anticientífico, no es ir de escéptico por la vida. Si es algo, es lo contrario.

La búsqueda del conocimiento es como ir abriéndose paso en la selva poco a poco.

No estoy invitada a la casita del árbol

Como el movimiento escéptico está formado por personas que, obviamente, han socializado en un determinado contexto, es lógico que compartan ciertas características: la mayoría son hombres, blancos y con carrera universitaria (al menos sus cabezas más visibles). No es nada excepcional que en un grupo humano surjan sentimientos de pertenencia, que en este caso se ven reforzados por la oposición a un enemigo común: los «magufos» en todas sus variantes. Quizás por esa razón, formen o no parte de asociaciones como tales, desde fuera se percibe al mundillo escéptico como grupo cerrado, como colegas que se dan palmaditas en la espalda en un ejercicio autorreferencial. Me consta que incluso para los nos dedicamos a la actividad científica, el escepticismo se vive como una especie de militancia elitista. Aquí debo asumir mi escepticismo y admitir que lo anterior podría ser sólo una impresión subjetiva debida a un sesgo de observación. Sin embargo, por las reacciones que han tenido algunas críticas hacia el movimiento escéptico (la expresada en este artículo de Fermín Grodira, @grodira, es muy ilustrativa) cabe pensar que pueda haber una posibilidad razonable de que tal percepción tenga una causa real. La respuesta que tuvo aquella crítica fue puramente emocional, muy poco científica, y consistió básicamente en sentirse atacados –como bloque compacto– al modo de los que creen ver insultado su equipo de fútbol o su pueblo. En aquel artículo nadie se manifestó en contra de la ciencia y, sin embargo, voces pertenecientes al colectivo llevaron el debate hacia un enfrentamiento entre «ellos» (anticientíficos, equidistantes, «posmos») contra «nosotros» (escépticos, racionales, guerreros implacables contra el pensamiento mágico). Es más, muchos además atribuyeron causas innobles al autor (una vendetta personal) sin pararse a analizar críticamente ninguno de los argumentos allí expuestos. La tendencia a formar grupos, expedir figuradamente carnés de membresía y hacer piña con los que piensan igual que tú es humana y comprensible, pero no es precisamente el producto de la mente idealmente racional y desprovista de sesgos de que se presume, ¿verdad? No es una conducta imparcial. No es como para estar orgulloso y no examinarla –un poquito al menos– escépticamente
Y eso nos lleva a otro aspecto de este mismo tema. Hay un debate abierto sobre hasta qué punto unas luchas deben contener otras (¿el escepticismo debe incluir el feminismo?) y no hay ni tiene que haber una postura unánime al respecto. Pero, aunque no creo que sea criticable que el escepticismo no sea un movimiento explícitamente feminista, a muchos sí nos decepcionó ver como (en el debate generado por el artículo citado, y en otras ocasiones) ante el apunte de que pocas mujeres se acercan al movimiento escéptico, se respondiera primero desde el cinismo, dando a entender que era «culpa» (sic) de las propias mujeres, y más tarde desde el sarcasmo («Siempre es culpa de los varones heterosexuales. Siempre» @lagamez dixit). Obviamente no se trata de esperar una actitud éticamente irreprochable en todos y cada uno de los defensores del escepticismo, sino de confiar en que un grupo autodenominado racionalista va a ser capaz de controlar sus egos expansivos (Dawkins es un ejemplo paradigmático) y, sobre todo, de mostrar una actitud escéptica. ¿No les parece interesante y pertinente ningún estudio que pueda poner algo de luz sobre la infrarrepresentación femenina en la ciencia?
Una contestación derogatoria previsible es que tales temas quedan fuera del verdadero escepticismo porque este consiste en la lista de temas públicamente asociados con él. A saber: el activismo contra las supersticiones de tipo mágico, contra el mercado de la charlatanería pseudocientífica y contra la intromisión de las iglesias en nuestra vida. Caricaturizando el núcleo no-dicho de tal concepto: el escepticismo es estar a favor del Bien y en contra del Mal en los campos de la actividad humana donde se usan microscopios y telescopios. ¡No vayamos a llamar escepticismo a examinar escépticamente cualquier idea recibida! Como suele pasar en estos casos, o estamos en un problema semántico (VER Humpty Dumpty, regla de) o en una contradicción tan clamorosa con la propia esencia de lo que es el escepticismo que todo el mundo debería darse cuenta de ello según lo lea, ¿no? ¿NO?
Pues no. Lo que estoy diciendo es que puedes autodenominarte escéptico, llevarlo como bandera identitaria, y no serlo más que en cuatro asuntos donde coincide con tus opiniones, fobias o intereses, lo cual es lo mismo que no serlo en absoluto. ¿Cómo defiendo una afirmación tan drástica? Veamos una particularidad del mundillo y las redes escépticas: hay en ellas gente que no encuentra problema alguno en declararse escéptico y ser groseramente racista y sexista, a la que nunca se le ha ocurrido que él mismo tenga sesgos cognitivos, o que nunca aplica la desconfianza del argumento de autoridad a la autoridad en la que ha decidido confiar. Eso son incompatibilidades tan básicas como el agua y el aceite, pero, de alguna manera, el movimiento hace suficiente uso del jabón para ir tirando con ello.
Por supuesto, las personas así son una minoría, pero no encuentras una minoría de analfabetos entre los profesores de Exégesis Bíblica de Comillas, ni una minoría de gente que no sabe jugar al ajedrez entre los Maestros de ajedrez. Los demás los echarían. Si aquí no se les echa, es porque una cantidad más crecida de colegas, no adoleciendo tan claramente de esa incapacidad básica, sí está afligida por formas más leves del mismo mal. O sea, no ser bastante escéptico para lo de uno mismo y las cuestiones que le afectan.
No creo que haya un problema teórico en ser radicalmente exigente, siempre que uno lo sea de forma equitativa con respecto de sí mismo. Pero también sucede que, cuando se hace eso, va uno rebajando el tono, porque te das cuenta de lo difícil es.

El escepticismo es la búsqueda detrás de las apariencias, investigación frente autoridad: El emperador está desnudo

No me grites, que no te entiendo

El movimiento escéptico tiene una proyección social francamente encomiable: la lucha contra las pseudociencias. Hay gente que va por ahí diciendo que las vacunas provocan autismo o que el cáncer se puede curar con zumo de limón. El mundo está lleno de timadores que precisan ser desenmascarados por el bien común. Vivimos en una época en que el prestigio de la ciencia es tal que, por suerte o por desgracia, lo habitual es que el pensamiento mágico busque respetabilidad pasando por científico. El que asegura curar el cáncer con limón no hablará de «magia», sino de «partículas ionizantes», y muy probablemente de «energía». En cuanto te descuidas, todo es «cuántico» o «alcalino». Los timadores juegan en nuestro campo, tenemos la herramienta conceptual para desmontar sus tesis y es necesario hacerlo, por muy disparatadas que puedan ser. Al fin y al cabo la belleza de la ciencia reside en que toda idea, por muy irracional o mágica que parezca, es susceptible de ser formulada como hipótesis y convenientemente comprobada. Sin embargo, leemos que un reconocido periodista científico escribe «por lo visto hacía falta un estudio para desmentir lo de los chemtrails. Espero que los científicos aclaren pronto lo de la Bruja Piruja» y a algunos les parece bien. Pues sí, lo bonito de la ciencia es que la hipótesis de los chemtrails puede ser desmentida no invocando autoridades, sino con hechos. Si el desmentido consiste en invocar genéricamente la ciencia como quien invoca a Zeus, y apabullar con la burla, estamos haciendo varias cosas mal.
No quiero ser injusta, hay que reconocer que muchos hacen un trabajo admirable en ese sentido pero, desgraciadamente, lo que con frecuencia se percibe desde fuera del círculo de convencidos es hostilidad y burla no disimulada hacia el «creyente». Esta es quizás la crítica más frecuente que ha enfrentado el movimiento escéptico recientemente, a la que se responde con que no se ridiculiza al timado sino al timador, este último un personaje dañino que merece poca consideración. Ahora bien, ni la frontera entre estafado y estafador está tan clara (me consta que hay gente que aplica terapias pseudocientíficas desde el convencimiento de que hace el bien), ni es probable que el escarnio llegue únicamente al que se lo merece. No puedo evitar que la situación me recuerde a la típica escena en que alguien insulta a gritos a la cajera del supermercado por acciones que en última instancia son responsabilidad del consejo de administración de la empresa.
En cualquier caso, si el objetivo es difundir el conocimiento para que la gente pueda decidir sobre las cuestiones que le afectan de manera informada, lo lógico, lo «escéptico», es aplicar la ciencia para hacerlo de la manera más eficaz posible. Sabemos que tenemos tendencia al pensamiento mágico, que nos volvemos especialmente crédulos en momentos de debilidad, y que funcionamos a golpe de sesgos cognitivos. Hay estudios que tratan de entender cómo funciona la mente y de qué manera se puede desmontar una creencia pseudocientífica (Guido Corradi @GuidoBCor ha hecho un buen resumen sobre este tema) pero sorprendentemente muchos escépticos prefieren obviarlos. Por algún motivo (¿egos? ¿luchas de poder?) dejan de actuar de manera racional y prefieren seguir manteniendo, en unos casos, una especie de guerra abierta entre «buenos» y «malos» y, en otros, una actitud paternalista dictando normas de comportamiento a los ignorantes.

En resumen, la principal crítica que muchos hacemos al movimiento escéptico organizado es precisamente que se olvida a menudo del escepticismo. No se trata de exigir pureza a nadie. Nadie está libre de sesgos pero si algo tienen (tenemos) los escépticos es una increíble herramienta conceptual para superarlos. Eso sí, nadie dijo que fuera fácil ser escéptico. Parafraseando a aquella serie de los ochenta: Buscáis el escepticismo, pero el escepticismo cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor.

Cristina Cosmonauta y Aloe