Parece haber una incomprensible tendencia desde ciertos sectores a utilizar el ataque a la Renta Básica Universal (RBU) como una forma de defender las propias propuestas de política económica. En concreto, los representantes de la Teoría Monetaria Moderna (MMT) recurrentemente defienden su propuesta de trabajo garantizado criticando la RBU. Por el contrario, aunque quizás se me haya escapado, yo personalmente no he leído a nadie en el campo de la RBU argumentar contra el trabajo garantizado. Son políticas con objetivos distintos, perfectamente compatibles entre sí y que, como ya defendí en su día, de hecho se ven ambas fortalecidas desde la MMT. Crear un conflicto artificial con potenciales apoyos como estrategia para promocionar tus ideas se antoja una elección bastante desafortunada.

En Finlandia, el Ministerio de Asuntos Sociales y Salud dirigido por la nacionalista Pirkka Mattila está implementando experimentos para comprobar los efectos de la RBU.

Esta semana Eduardo Garzón, uno de los seguidores más mediáticos de la MMT (el otro siendo su hermano Alberto), ha vuelto a tomarla con la RBU en un nuevo artículo en LaMarea.com donde, más que reprochar a la propuesta posibles defectos a la hora de alcanzar sus objetivos, parece hacerlo por todo aquéllo que no logra.

Para Eduardo Garzón la RBU es una medida “consustancial al sistema” porque no va a

evitar los efectos perniciosos de la lógica capitalista de Mercado [y] por sí sola no va a lograr que sus beneficiarios dediquen esfuerzos en mejorar su entorno social y ecológico.

Y Garzón tiene razón, la RBU no va a hacer eso, ni tampoco va a acabar con la guerra en el mundo ni con la desigualdad Norte-Sur. Pero, en justicia, una propuesta de política social debe valorarse en función de los objetivos que persigue, y entonces se pueden plantear otras adicionales para aquéllos que no quedan cubiertos por ella.

Argumentos poco trabajados

Algunas de las argumentaciones del artículo son muy desafortunadass y caen por su propio peso. Como la citada idea de que la RBU, por otorgarse en metálico suponga que

la satisfacción de necesidades se canalice mediante decisiones individuales y asimétricas filtradas por el único criterio de la rentabilidad económica que impera en el mercado capitalista.

Hay un gran salto de la satisfacción de necesidades a la rentabilidad y, salvo por los efectos de la publicidad, se antoja difícil ver ninguna conexión entre estos dos conceptos. La rentabilidad viene asociada al capital y sus rendimientos. Cuando una persona satisface necesidades solo busca “rentabilizar” en el sentido de cubrir el máximo número de ellas con su renta disponible, no de obtener un beneficio capitalista de su dinero.

Quedamos además a la espera de las críticas de Garzón a las pensiones, subsidios de desempleo, rentas mínimas, y a su propia propuesta de trabajo garantizado por no ser en especie.  Al poner el ejemplo de la salud y educación (y no de otras prestaciones que sí se dan en metálico), el autor parece no darse cuenta de que está hablando de bienes públicos, lo cual es un factor clave en que su provisión sea “en especie”, mientras que los bienes privados no se proporcionan en especie ni siquiera en regímenes socialistas, salvo en situaciones extremas de guerra, escasez, etc.

De esto puede surgir una discusión interesante sobre si no queremos que la gente utilice su RBU para gastos socialmente indeseables, y se proporcione en forma de unos cupones especiales al modo de las Food Stamps de los EUA. Pero obligar a la gente a comer y vestir de forma determinada resulta extravagante y está relacionado con una negación de las mejoras en el nivel de vida obtenidas con el fin de la escasez crónica pre-moderna, no con el capitalismo.

Igual ocurre con el punto 2, donde se acusa a la RBU de no exigir compromisos de sus beneficiarios. De nuevo hemos de suponer que el autor volverá en breve a escribir sobre cómo discapacitados, ancianos, e inmigrantes retornados (por poner sólo algunos ejemplos) deberían dejar de obtener derechos sin responsabilidades asociadas.

La idea de que con la RBU los trabajadores van a aceptar salarios más bajos (punto 4), a pesar del poder negociador que les otorga el hecho de que no dependen del empleador para su subsistencia, ya he tenido la desgracia de leerla en otro marxista, y que choca frontalmente con su propia economía política.

En la economía marxista los salarios no se deciden por la ley de oferta y demanda, sino por la necesidad de subsistencia de los trabajadores. Sin embargo, a la hora de criticar a la RBU, estos autores abandonan su propia tradición teórica y asumen que, sin la apremiante necesidad de ganarse el sustento, los trabajadores van a aceptar una mayor explotación. De los efectos que la RBU tenga sobre la negociación salarial no podemos más que especular mientras no se implemente, pero es de suponer que esto sólo ocurriría con trabajos que resulten de alguna forma agradables o deseables en sí mismos, independientemente del salario. Pocos empresarios se van a ver subvencionados por la RBU porque estén ofreciendo ese tipo de trabajos a día de hoy.

A vueltas con la inflación

Por supuesto, en cualquier opinión sobre la RBU, aunque pretenda ser “desde la izquierda” y no caer en críticas “fácilmente refutables” que le hace la derecha, no podía faltar esa preocupación neoliberal, friedmanita y “de derechas” por excelencia que es la inflación. El propio Garzón ya recurrió a ella tres años atrás a pesar de ser una obsesión de los liberales que la MMT que él promueve no comparte.

Para Garzón no hay contradicción:aunque rechacemos la teoría cuantitativa del dinero, nos sacamos de la manga una monumental inflación de demanda provocada por culpa de aquéllos que dejarán trabajos tan desagradables que, con la RBU, nadie querrá hacer. Esto ya más que en la especulación entra en el terreno de lo profético. Aparte de que este efecto debería verse compensado por el de su propio argumento anterior. Podría ser que ciertos salarios se incrementasen y otros se redujesen bajo la RBU, reflejando lo apetecible de según qué trabajos. El efecto neto no podemos conocerlo y dependerá de la estructura económica de cada sociedad, entre otros mil factores.

La idea de que si una persona abandona un trabajo, ese puesto de trabajo “desaparece” también es incomprensible. Es de esperar que con alto desempleo alguien reemplace al trabajador, o que otra empresa entre a atender esa demanda, si existe, en lugar de la que ofrecía condiciones tan pésimas.

La inflación, que nadie comprendemos realmente pero todo el mundo quiere explicarnos, es no sólo inofensiva sino deseable. Una economía que crece conlleva inflación, por eso los objetivos de precios de los bancos centrales no son “aumento IPC=0, ni frío ni calor” sino “sobre o cercanos al 2%”, cosa que el Banco de Japón, el BCE y la Fed de EUA llevan persiguiendo con modestos resultados desde que estalló la crisis.

Habrá que repetirlo de nuevo por enésima vez: estamos en deflación. Como avisa Varoufakis, vivimos en unos posmodernos años 30 en que las fuerzas deflacionarias de una crisis procedente del sector financiero EUA han sido empeoradas con políticas absurdas e ideologizadas en Europa.

La masiva expansión monetaria de los bancos centrales ha logrado más o menos alcanzar el objetivo en este año, pero sin por ello solventar las causas subyacentes. No cabe duda que cualquier descanso que se les diera a las impresoras nos devolvería de nuevo a precios estancados o en caída, porque el mundo sigue atrapado en una espiral deflacionaria en la que hay escasez de demanda, y una enorme sobrecapacidad productiva.

España tiene un desempleo cercano al 20%, lo cual es un indicador de desaprovechamiento de recursos. Aún tenemos un enorme margen para aumentar la demanda sin que ello afecte a los niveles de precios. A un mayor poder adquisitivo las empresas pueden responder simplemente con mayor producción movilizando la gran capacidad que se encuentra ociosa. Eso sin contar con que parte de la demanda adicional quedará también canalizada hacia importaciones, muchas de ellas de China donde la situación es aún más extrema.