El guionista y director John Milius, creador de Harry el Sucio, hace del fascismo una fantasía cinematográfica. Esperemos que todo seamos adultos y entendamos la diferencia entre realidad y fantasía.

A raíz del triunfo electoral de Trump, los medios de comunicación se han lanzado a analizar el corriente de pensamiento reaccionario autodenominado Alt Right (Alternative Right) que jaleó su campaña electoral en las redes con tal nivel de entusiasmo y gamberrismo que provocó cómicas y exageradas reacciones de pánico entre Hillary Clinton y sus plataformas mediáticas. En España, hay un reportaje de Marcos Reguera publicado por CTXT que, a pesar de ser irregular, tiene bastante interés, mientras que en Estados Unidos Jacobin está publicando una larga serie de artículos al respecto. El más relevante sería Safety Pins and Swasticas que relaciona el surgimiento de la Alt Right como una respuesta a las identity politics de la izquierda y propone abandonar los planteamientos liberales e individualistas de estas últimas para reconstruir un discurso de izquierdas capaz de movilizar la acción colectiva mediante un nosotros fuerte y abandonar el yo narcisista y solipcista preocupado por los propios problemas, traumas y tragedias que, como víctima, jamás está en condición de ayudar a los otros y ejercer ningún tipo de solidaridad efectiva. Por otra parte, en Paleocons for Porn, la Alt Right es presentada como una especie de trollismo ilustrado que, en la práctica, no tendrá consecuencias efectivas de ningún tipo y se disolverá a causa de sus contradicciones internas. Si bien, en un primer momento, este artículo me pareció errado, después de varios días de reflexión consideró que acierta en algunos aspectos como expondré en el presente texto, aunque no comparto la supuesta inocuidad que se les atribuye.

En este sentido, debo comentar que hace semanas no sabía ni que existía algo llamado la Alt Right. La primera vez que vi escrita esa palabreja, pensé que se trataba de la abreviatura de algún comando del ordenador, pero no es así. Todo el mundo está maravillado de lo ingenioso que resulta el palabrejo, pero a mí me parece bastante horrible, porque alt significa viejo o antiguo en alemán y los padres de la idea son germanófilos que querían separarse de la corriente que ellos tildaban de paleoconservadores. Atrapados en las paradojas de las palabras, se bautizaron con un adjetivo que significa justo lo contrario de lo que pretendían ser, cuando su principal problema es que no son nada nuevo, sólo viejos reaccionarios que hacen memes. De todas formas, como comentamos en Communia, su discurso no difiere en gran medida de lo que podemos encontrar en OkDiario o Forocoches con la correspondiente pérdida de sofisticación. Sin embargo, como cursé durante mi doctorado una asignatura monográfica sobre el fascismo y su surgimiento con Ismael Saz, gran investigador y director de departamento que honra las tradiciones académicas más genuinamente hispánicas, algo cualificado me siento para cuñadear sobre el tema de moda, aunque no haya sido descubridor del fenómeno y no haya hecho un meme ni un gif en mi vida. Por lo tanto, vayamos al quid de la cuestión: ¿Es la Alt Right fascista? Pretenden serlo, pero hay tres diferencias obvias insalvables:

1) Su apología de la violencia es exclusivamente postureo: El fascismo fue, en origen, una vanguardia intelectual y estética que hacía de la transgresión, de la violencia nietzscheana una ética vital. Ellos también hacían postureo. De hecho, Jose Antonio Primo de Rivera con sus bravuconadas de la dialéctica de los puños y las pistolas tenía mucho de señorito jugando al enfant terrible. En consecuencia, esta irresponsabilidad adolescente y rebelde no es inocua y puede ser realmente dañina y funesta. En el caso del fascismo primigenio, coincidió con la Primera Guerra Mundial y la brutal experiencia del colonialismo de los ejércitos europeos. Como era esperable, esta unión fue explosiva. Esta fue la causa del grado de violencia alcanzado por el fascismo y no el miedo a la extensión del terror bolchevique como intentan argumentar los historiadores conservadores. La generación que participó en la Gran Guerra y encontró un sentido a sus vidas, que fue feliz en esa experiencia, sociabilizó en la violencia a los más jóvenes para tomar el poder político por la fuerza. En este punto, también es importante recordar que los conceptos de Guerra Total o la Solución Final, aunque eran las consecuencias lógicas de su ideología, no eran los elementos cardinales que les permitió ganar apoyos y generar consensos a su alrededor. Fueron el final de una escalada del conflicto en la que los fascistas se sentían muy cómodos y siempre propiciaron, provocando una bipolarización total de la sociedad que forzaba a los menos entusiastas a colaborar con ellos. Es decir, las lógicas internas que llevan a escenarios de todo o nada pueden radicalizar a la población y eliminar los límites morales mucho más rápidamente de lo que nos gusta imaginar.

La violencia discursiva de la Alt Right, sus fantasías con acciones radicales y su parafernalia post nazi recuerdan, más que a un ciclado practicando valetudo, a un nerd acomplejado. Sus experiencias más directas con la violencia parecen que son los videojuegos y creen que se podrán comportar como sus masculinizados referentes en situaciones similares. Personalmente, encuentro esto preocupante, porque me recuerda a la admiración por la eficiencia del ejército de los seguidores de Politikon. Esa adolescente admiración por la historiografía militar, los juegos bélicos de estrategia y por saber las características técnicas de un gran número de armamento como si eso equivaliese a haberlo empleado. No es sólo porque la tecnificación de los enfrentamientos armados los haya equiparado en la práctica a un videojuego, es porque, como explicamos en una ocasión Iracundoisidoro y servidor, fueron estos nerdócratas con su amor a la ciencia y al big data quienes dirigieron la Guerra de Vietnam al intento de genocidio por drenaje que fue.

Si bien hacer hincapié en este tipo de complejos puede parecer muy freudiano, hay un elemento de verdad incontestable: si fueran fascistas no irían a la universidad, estarían en el ejército aprendiendo a usar la fuerza para tomar el poder. Es paradigmático que quien mejor ejemplifique esta contradicción sea John Milius, el creador de Harry el Sucio y director de Conan el Bárbaro y Amanecer Rojo. Como él mismo explica, quiso alistarse en los marines para combatir en Vietnam y fue rechazado por asmático. A partir de ahí, su carrera artística se centró compulsivamente en el tema de la violencia y la guerra para superar sus propias frustraciones, su sensación de inutilidad e inferioridad y reconciliarse con su orgullo masculino perdido. Para más inri, este máximo proveedor de testosterona cultural es judío y quería deshacerse de su identidad étnica por afeminada. De hecho, Paul Gottfried, el mentor académico de Richard Spencer, también es otro judío luchando intelectualmente contra el supuesto servilismo atribuido a los hebreos. Bizarra situación que recuerda a The believer, la película de 2001 protagonizada por Ryan Gosling, quien interpretaba a un judío neoyorquino que se transforma en un auténtico líder nazi (ciclado de gimnasio, no nerd de la Alt Right) en una especie de camino interior para reconciliar su naturaleza animal y salvaje con su yo civilizado. En definitiva, es una buena época para leer el ensayo El malestar de la cultura de Freud.

No obstante, estos males no son problemas sólo de la derecha: muchos sectores de la izquierda aman la testosterona. Están entusiasmados por poder jugar al guerrillero. Tienen, por fin, un enemigo contra el que luchar a mamporros. Un poco de épica, un poco de acción que termine con esta horrible monotonía burguesa. Hay víctimas a las que salvar y nazis a los que dar puñetazos. ¿Es posible tener un mejor combo para jugar al superhéroe, al caballero andante, a todos esos referentes masculinos que trazan nuestra identidad? También queremos nuestra cruzada y darle puñetazos a Richard Spencer en directo y que los retransmitan todas la televisiones. En este sentido, los anarquistas, con su acción directa y amor confeso por Nietzsche, lideran la rebelión y tenemos a David Graeber jaleándola por Twitter. Después de meses posteando románticas estampas de guerrilleras kurdas muertas en acto de servicio, quiere más jóvenes universitarios valientes y radicalizados que se autodefiendan en los campus universitarios de las agresiones de la Alt Right. Eso sí: él seguirá en su institución académica escribiendo libros y, no sé por qué, no me lo imagino comprándose un AK 47 y haciendo prácticas de tiro por si algún día llega la hora de la batalla final.

2) Esto es un club sólo para hombres. El principal rasgo definitorio de la Alt Right es su misoginia. Si bien se está clasificando como machismo, más bien parece la misoginia de un adolescente resentido con las mujeres como consecuencia de su incapacidad de sociabilizarse en igualdad con sus semejantes. Un orgullo narcisista herido, insatisfecho, trae como reacción un odio visceral hacia quienes se han negado a amarlo y adorarlo como hacían sus padres, en este caso, las mujeres. Antes, esta amargura y desprecio lo compartían los adolescentes con sus amigos cara a cara. Algunos caían en bucles de retroalimentación y creaban un mundo machista y muy patológico, mientras que otros aprendían de las experiencias, de sus propios errores, y eran capaces de hacer eso que se llama madurar y llegaba un día que, con sus más o sus menos, eran capaces de compartir con sus semejantes del sexo opuesto como adultos. Ahora, toda esta bilis se vuelca en la red, ante todo el mundo, y, me temo, las probabilidades de caer en bucles malsanos de retroalimentación son mayores. Además, los espacios de sociabilización físicos, reales, son cada vez menores y las personas interactúan más con quienes tienen sus mismos prejuicios y menos con quienes son distintos. El odio cristaliza con mayor intensidad.

En consecuencia, la Alt Right no tiene interés en incorporar a las mujeres. La izquierda de moral superior está entusiasmada con que sean tan despreciables, pero, al mismo tiempo, ve a estos adolescentes resentidos como peligrosos por la que, evidentemente, es su principal carencia: un movimiento político que desprecia al 50% de la población no puede llegar a ningún sitio. La popularización de la Teoría de Género universitaria ha producido unos lugares comunes discursivos que nos están impidiendo ver y entender la realidad. Decir que el machismo y el racismo son lo mismo puede servir para satisfacer el propio orgullo de los twitteros que se creen la versión actualizada de Rosa Parks, pero la afirmación no resiste un examen detallado. Los niveles de violencia aplicados sobre la población segregada no son equiparables con los aplicados a las mujeres, así como la identificación positiva de las propias mujeres con los valores de la sociedad denominada patriarcal y su colaboración activa en la reproducción y perpetuación de estos modelos no ha existido en los grupos raciales oprimidos, por mucho que haya habido esclavos domésticos felices con sus señores.

De hecho, una de las razones que explica el gran apoyo popular de los nazis logrado tras la toma del poder mediante un golpe de estado fue que las mujeres alemanas fueron nazis entusiastas. La actual historiografía académica de género, precisamente, ha destacado la capacidad de los nazis de incorporar a las mujeres a la participación política mediante la Bund Deutscher Mädel. Esto los diferenció radicalmente del resto de reaccionarios y conservadores: ellos querían una mujer más leal al partido que a sus propios padres. Los valores tradicionales del patriarcado o el machismo fueron reconfigurados y se animó a las mujeres a una vida activa, saludable, vigilante a favor de la patria que atrajo y fascinó a muchas jóvenes. Si bien la mujer estaba supeditada al marido y jamás se planteó nada parecido a la igualdad, su modelo ideal de madre alemana fuerte y decidida que fuese compañera y auxilio del guerrero teutón trascendía la domesticidad del conservadurismo. La nación en armas necesitaba mujeres preparadas para sobrevivir y, por eso mismo, los nazis las valoraban y entrenaban. De igual modo, la construcción de una nueva identidad femenina que tenía en la maternidad responsable el principio vertebrador era más atractiva que el feminismo de la igualdad de los partidos de izquierda, cuya lógica interna terminaba por hacer del estado el responsable de la crianza de los hijos para liberar a la mujer y, de este modo, la maternidad perdía su papel protagónico en la configuración de la identidad femenina.

Por el contrario, para la Alt Right hasta los nazis son demasiado feministas. Si deciden otorgar a la mujer el rol del Ángel del Hogar y encerrarla en el espacio doméstico, serán indistinguibles del paleoconservadurismo con el que dicen romper. Serán los evangelistas de la reacción conservadora de Reagan. Su misoginia devendrá en machismo clásico. Si siguen la línea de transformar a la mujer exclusivamente en un objeto de consumo que debe satisfacer sus demandas, optarán por el camino del anarcocapitalismo. La contradicción vendrá de que la lógica utilitaria del capitalismo, en la que todo se vende y se compra, paradójicamente tiene una dinámica igualadora en cuestiones de género, ya que ellas también podrán comprar, usar y tirar. Si no lo podrán hacer con chicos blancos por las jerarquías raciales, las mujeres ricas blancas podrán comprarse latinos, negros o indios para su goce particular. Y si construyen un libre mercado sólo para hombres blancos, de nuevo volverán a ser paleoconservadores. Y si quieren aprobar leyes que transformen a todas las mujeres en esclavas sexuales o legalizar la poligamia para que los hombres puedan disfrutar de una libertad sin límites tan molestos como ocuparse de sus propios hijos… pues parece muy difícil que la Alt Right deje su mundo de foros digitales adolescente repleto de perversiones sexuales y se convierta en algo más tangible. Esto, de todas formas, no significa que ese mundo no merezca atención y ser combatido, porque esas fantasías expuestas como idearios programáticos sí legitiman los comportamientos machistas y tienen consecuencias sociales, aunque me parece que la censura moralista no será la forma más apropiada de encarar esa problemática. Finalmente, como la lógica anarcocapitalista no conoce ningún tipo de límites, al final, nos encontramos a Milo Yiannopoulos defendiendo la pedofilia como ya hizo Murray Rothbard. Me comentó una vez Iracundoisodoro que Jiménez Losantos apoyaba el anarcopitalismo porque era una forma de que los jóvenes se hicieran de derechas sin pasar por el fascismo. Las fronteras, empero, son más tenues.

3) ¿Cómo ser occidental sin ser liberal y luchar contra el Islam? A pesar de su deseo de destruir el multiculturalismo, la Alt Right es una ensalada identitaria de difícil resolución. Esto se comprueba al tratar el tema del semitismo y el sionismo: tenemos sionistas fascistas, cuando el fascismo es antisemita, porque el semita representaba el humanitarismo liberal. El fascismo quería romper con la tradición evangélica del liberalismo y construir una moral de señores, fortalecer su elitismo y el autoritarismo primigenio y sustituir la fe en la Razón ilustrada como motor del progreso por el culto a la fuerza. De ahí, que el semita personificase la corrupción de todos los valores originarios. La Alt Right, por su parte, acusa al Islam. ¿Pero de qué puede acusarlos? ¿De no querer ser modernos y liberales como los occidentales? ¿De ser más machistas? ¿De querer que la sociedad esté ordenada por la tradición? ¿De qué Dios ponga un límite fuerte a la libertad de los hombres? La Alt Right sólo puede defender valores puramente liberales en su campaña contra el Islam. No es una casualidad que para el romanticismo y el fascismo el árabe fuese un objeto de admiración por su pureza, valor y resilencia ante la modernidad. Si nuestra tecnología y ciencia nos ha transformado en la civilización superior, eso es gracias tanto a la razón ilustrada como a nuestro culto a la fuerza, pero si los bárbaros son ellos por recurrir el terrorismo, la ilustración vuelve a ser el elemento fundamental de nuestra identidad. En su lucha contra el Islam, la Alt Right se muestra en su auténtica naturaleza: son liberales.

Esto, por el contrario, no es un elemento tranquilizador. El punto realmente inquietante es cómo se parecen el comentarista de Forocoches y los seguidores de Politikon en su primigenia versión, cuando sólo era un club para hombres y cuando se podían entrever en sus escritos tics machistas y racistas como la fijación de Cives por los tests de inteligencia y el libro de The Bell Curve . Como expliqué en una ocasión anterior, una vez eliminas la creencia del progreso material ilimitado del liberalismo y tropiezas con la economía como un juego de suma cero, el libre mercado y la globalización devienen en crudo imperialismo darwinista por la superviviencia de tu nación. A pesar de toda la retórica universitaria wigh intentando separar liberalismo y fascismo, son un continuum intelectual. Ante la amenaza al orden social que suponen los movimientos democráticos, los liberales se vuelven reaccionarios. La fe en la autoridad de la razón para ordenar pacíficamente la sociedad se pierde y se justifica la necesidad de una mayor violencia para garantizar el orden. Al poco que las relaciones internacionales se tensen, te tropiezas con el fascismo. Por esa razón, el problema ha sido la autosatisfacción liberal con el fin de la historia y su globalización cosmopolita de restaurante exótico: toda esa autocomplacencia cínica se ha venido abajo y tropezamos con una realidad sobre nuestras sociedades que no hemos querido o podido cambiar. Por lo tanto, más que obsesionarnos en cómo combatir a la Alt Right, estaría bien tener una línea de acción democrática que convenza a los nerdócratas de Politikon y les haga perder sus miedos al cambio social antes de que se nos vayan a jugar a los trenecitos con los de la Alt Right y terminen diseñado un sistema de deportación masiva extraordinariamente eficaz.