Ayer, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas nos proporcionó un sonoro suspiro de alivio en Europa y el mundo para muchos, y una orgía de autocomplacencia y palmadas en la espalda para unos cuantos perfiles muy destacados. Los popes de Esta Nuestra Comunidad Económica y Monetaria, todo el que es algo en la Burbuja de Bruselas, competían por ser el primero en felicitarse por lo bien que aguanta el invento. Su fiesta no se va a terminar, o para cuando lo haga a ellos les pillará ya en el Uber camino a casa.

Austria, Holanda, Francia. Demasiados suspiros de alivio para dormir tranquilos. Pero parece que la sensatez ha vencido en la Europa continental. Unas elecciones estatales en el Norte de Alemania confirman la buena salud política de Merkel, en Italia Renzi parece volver para someter al Movimiento 5 Estrellas, y ya nadie se acuerda de Grecia en esta primavera de vino y rosas. De hecho, hasta el UKIP ha sido barrido con la brillante estrategia de May de convertir a los tories en UKIP Redux, mientras que Trump es mantenido a raya con bastante éxito por la sólida separación de poderes estadounidense, amén de la propia incapacidad para cumplir sus amenazas.

Han sido unos meses de infarto pero lo peor ya ha pasado. En el Barrio Europeo de Bruselas ya pueden continuar degustando cócteles y canapés. Salvo por un detalle: que ahí afuera nada ha cambiado. El modelo económico que se desmoronó con la crisis (no el del ladrillo español sino el global, eso que Varoufakis llama el Minotauro) sigue por los suelos. Nadie ha siquiera sugerido qué lo va a sustituir, ni hay plan alguno para idear uno nuevo. Los EUA se han dado mus con Trump y dicen que esta vez lo monte otro, pero no hay nadie más ahí fuera. Y la gran bestia que la crisis despertó sigue ahí, intocable.

Esa bestia es lo que ya se conoce entre los que comentan estas cosas como “la gráfica del elefante”, lo cual por supuesto está dando lugar a todo tipo de interesantes figuras estilísticas. Esta figura es parte de un artículo que Branko Milanovic, el experto en desigualdad otrora economista del Banco Mundial, publicó el año pasado con Christoph Lakner y que representa cuánto se han beneficiado los diferentes grupos de ingreso de la población mundial del crecimiento en los últimos 25 años.

Este mamut y el artículo que lo acompañaba han generado una discusión que se extiende hasta el presente. No querría extenderme sobre su significado que ya explica Milanovic profusamente en muchas ocasiones. Resumiendo: la desigualdad ha disminuido a nivel global porque China, India y algún otro país ha sacado a mucha de su población de la pobreza. Pero al mismo tiempo ha aumentado dentro de los países, incluso en éstos de alto crecimiento, y también entre países. Particularmente, las clases medias y bajas del mundo desarrollado han visto su situación económica estancada o incluso deteriorada en los últimos 25 años, mientras el “1% global” (más bien el 5%) mejora de forma abultada y se lleva una parte cada vez mayor del pastel.

Gran parte de la discusión generada gira en torno a las bondades de un término, parte esotérico, parte propagandístico como es la “globalización” (y esto lo dice alguien con un “Máster Oficial en Globalización”). Artículos en uno y otro bando nos cuentan cómo la globalización es bien causante de todos nuestros males (Rodrik, Wade), o bien el milagro que permite a países como China elevar a cientos de millones de personas del arrozal al iPhone y un apartamento con luz y agua (académic@s intercambiables de turno de algún Think Tank).

Es una discusión, a mi modesto entender, bastante absurda. Primero porque aún no logramos ponernos de acuerdo en qué es eso de la globalización. ¿Es libre mercado? Nada nuevo bajo el sol: bajo la Pax Británica del siglo XIX el mercado era totalmente libre. Ya se encargaban las cañoneras de Su Majestad de que nadie lo interrumpiera. Y no sólo libre, sino voluminoso. Como mostró Gunder Frank en su último libro Re-orient, el peso del comercio internacional en las diminutas economías de la época de la máquina de vapor era mayor que el actual. ¿Es por la tecnología, internet y la robótica? Realmente resulta difícil ignorar que estas tendencias comenzaron mucho antes de la llegada de internet a nuestras oficinas. Según el estudio del profesor Salvatore Babones, la desigualdad comienza a aumentar desde 1970, y se extiende desde el mundo anglosajón, con la llegada de Regan y Thatcher, al resto de países. Una auténtica contrarrevolución de las élites que se anticipó bastante al correo electrónico.

En segundo lugar, el efecto más visible que está trayendo la escasa participación de las clases medias y bajas de Occidente (más Japón) en la prosperidad económica es esa inestabilidad política que tiene al Presidente del Consejo Europeo Tusk enganchado a Twitter un domingo a las 10 de la noche. Y esto no está relacionado con los que se encuentran a su izquierda en el gráfico, las clases medias y altas del Asia emergente al alza que son supuestos beneficiarios de la globalización sino con lo que está a su derecha.  Sus propias élites.

A los trabajadores manuales europeos o estadounidenses no les importa que millones de chinos se queden sus trabajos y salgan de la pobreza. No lo digo porque los considere muy solidarios y con deseo de sacrificarse por contribuir al desarrollo del Sur global, sino porque, como ha explicado Milanovic, está bastante estudiado que la gente percibe la desigualdad a un nivel muy local, de su entorno. A un europeo le importa poco que un indonesio siga peor que él o que haya logrado salir de la pobreza. En economías desarrolladas hablamos, en general, de comparaciones a nivel estatal. La población se está rebelando contra el enorme crecimiento de sus élites (el grupo del último 5% de la gráfica), que están aumentando la diferencia económica que les separa de sus conciudadanos menos afortunados. Y lo que es una ganancia severa en términos relativos (ese 5% mejora su renta en un 50-60%) es demencial en términos absolutos: dada su abultada posición inicial, ese 60% de mejora implica que se quedan con un 45% de toda la nueva riqueza que genera la humanidad.

Y este es el problema que nadie está atajando, y que sólo puede ir haciendo aumentar la presión política en la ya maltrecha caldera de las democracias del Norte. El elefante sigue suelto por la cacharrería, empujando delicadas piezas de cerámica, y cuesta creer que no llegue un momento en que algunas caigan y estallen en mil pedazos.

Así pues, las balas van a seguir llegando en forma de opciones políticas heterodoxas (llámenlas populistas si quieren) y, desgraciadamente, de corte cada vez más reaccionario y nacionalista. Porque a estas alturas ya resulta utópico esperar que una crisis interminable y los sentimientos de ira provocados por una creciente sensación de injusticia vayan a disparar los deseos de equidad y fraternidad global entre los votantes de esas clases modestas perjudicadas por el devenir económico de las últimas décadas.