Cinco años después de su apresurada dimisión (tras sólo doce meses como Primer Ministro), Shinzo Abe regresó a la cima del poder político japonés y, al parecer, logró traer consigo una estabilidad que había estado ausente durante todo un lustro, en el que el país había visto cambiar el ocupante del Kantei (residencia del Primer Ministro) cada año.

Abe ha ocupado ya el puesto durante cinco años y medio seguidos, y la nueva regulación de su partido, que le permitirá presentarse a una tercera reelección como presidente del LDP, le puede llevar a mantenerse otros tantos más, hasta 2021. Máxime cuando ningún partido de la oposición llega ni al 10% de intención de voto para soñar con vencerle en unas elecciones.

Pero cuando Abe podría estar celebrando haber superado ya al carismático Junichiro Koizumi, y ser el tercer líder más duradero del Japón de la posguerra, su atención segurametne está más orientada hacia los escándalos que están surgiendo y acrecentándose a su alrededor en las últimas semanas.

Shinzo Abe visitó España en 2014

Por un lado está la complicidad de Abe y su mujer con de Yasunori Kagoike, presidente de una empresa que operaba una guardería donde se impartía educación ultranacionalista. Kagoike ha testificado bajo juramento en sede parlamentaria que recibió un sobre con un millón de yenes de la primera dama, en nombre del Primer Ministro, para la apertura de su segunda escuela en Osaka. Dicho proyecto se vio envuelto en la polémica cuando tuvo que ser abortado tras recibir millones de yenes en subsidios. Al saltar la noticia en febrero, se supo que Kagoike había adquirido el suelo para la escuela, propiedad del estado japonés, por un precio muy inferior al de mercado, entre una séptima y una décima parte de su valor estimado. El matrimonio Abe niega haber usado su influencia para proporcionarle tan beneficioso trato, o haberle entregado dinero alguno.

Mientras este asunto se arrastra durante meses y parece no tener fin, una nueva exclusiva involucra a Abe en corrupción relacionada con otra escuela. Esta vez se trata de la licencia que se le otorgó a Kotaro Kake, un viejo amigo de Abe, para abrir una nueva facultad de veterinaria en la universidad de Okayama que regenta en la prefectura de Ehime. Además de ser el primer permiso de este tipo concedido en 52 años, y haber necesitado sólo ocho días para tramitarse, la licencia implicó otorgar a la institución de Kake tierra por valor de 3.680 millones de yenes, y más de 9.600 millones de yenes en subsidios. La noticia saltó por la admisión del anterior viceministro de educación, Kihei Maekawa, de haber recibido presiones en nombre de Abe para aprobar con celeridad la apertura de la facultad cuando aún ocupaba su puesto en el ministerio de educación en octubre de 2016.

Aunque estos escándalos de tráfico de influencias no sean de gran magnitud, tanta publicidad en rápida sucesión, en un país donde este tipo de prácticas son habituales e ignoradas, puede indicar que algo se está moviendo en la trastienda del poder japonés, y anticipar un cambio de liderazgo en el LDP. O que el gabinete de Abe haya enajenado a alguna facción poderosa de la elite.

Y, quizás de forma no relacionada, en paralelo continúa el ascenso de Yuriko Koike, la ultranacionalista gobernadora de Tokyo, última figura de una saga de varias estrellas de extrema derecha que han triunfado brevemente en la política japonesa para luego desaparecer. Koike va a presentar a sus propios candidatos a las elecciones para el ayuntamiento metropolitano de Tokio el próximo 2 de julio, en abierto desafío al LDP de Abe, para quien trabajó como ministra de defensa brevemente allá por 2007. Con un discurso anti-corrupción y reformista (fuertemente conservador), Koike ha logrado arrebatarle al LDP su tradicional socio minoritario, el partido budista Komeito, de cara a esta cita electoral. Está por verse aún si supondrá un desafío populista a la Trump para Abe ó acabará olvidada, como ocurrió con su alter-ego de Osaka, el ya neutralizado Tōru Hashimoto.

Yuriko koike como parlamentaria se encontró con el entonces presidente nacionalista taiwanés Ma

En su icónico libro 1989 El Enigma del Poder Japonés, que representó el culmen de la corriente denominada “Revisionismo” del análisis de Japón, Karen Van Wolferen afirmaba que el poder en Japón no reside en el Primer Ministro, ni de hecho en ningún agente individual, sino que resulta de la lucha constante entre elementos y facciones de la política, la burocracia y el mundo empresarial.

La prensa es, afirmaba Van Wolferen, solo un elemento más de estas peleas intestinas, que habla siempre como una sola voz excepto en unas pocas “controversias rutinarias” donde muestran sus inclinaciones políticas de forma ritualista. La relación de la prensa con el poder es tan cercana y cómoda, y la autocensura tan poderosa, escribía el holandés, que cuando surge un escándalo el público es sometido a “una auténtica avalancha de de información, ya que muchos de los periodistas conocían los detalles desde hacía tiempo”. La prensa se mostrará airada ante ciertos hechos, pero lo será durante unas semanas y “en beneficio de algún elemento competidor”.

Si, casi 30 años después, el análisis de Van Wolferen (criticado y elogiado a partes iguales durante décadas) sigue teniendo vigor, el torrente de noticias con crecientes detalles sobre los favores que Abe ha estado repartiendo desde su puesto puede indicar que los cuchillos se están afilando tras las cortinas del Establishment nipón.