Gustav Friedrich Klemm, cuya “Allgemeine Kulturgeschichte der Menschheit” en diez volúmenes debería haber sido lectura obligatoria antes de entrar en la UE

A día de hoy, proliferan en las redes sociales y los artículos de opinión muchos comentarios despectivos sobre la insolidaridad de la burguesía catalana y su supremacismo al referirse a sus compatriotas españoles. Sin embargo, en este post no voy a tratar esta cuestión porque el tema de la construcción nacional de la identidad catalana mediante el movimiento intelectual conocido como noucentisme, que hizo de la defensa de los valores clásicos de la burguesía una de sus señas de identidad, me parece un asunto menor e insignificante ante la trascendencia de los días que estamos viviendo no sólo para España, sino para el futuro de toda la Unión Europea. En todo caso, si hay demanda popular, puede que en el futuro escriba sobre Pompeu Fabra, el noucentisme y la sardana que, como soy valenciano (ergo, hortolano y no burgués) no será, precisamente, en términos elogiosos y me quite ya el san Benito de catalanista e independentista que mis haters y descerebrados (perdón por la redundancia) me han colgado en los últimos meses).

Sirva esta advertencia como introducción del tema a debatir: la independencia de Catalunya es un proceso provocado por la integración del R78 en la Unión Europea, porque las dinámicas de la UE llevan a la disolución de los Estados Nación. Como es lógico, cuánto peor sea el diseño institucional de un régimen, cuántos más déficits democráticos tenga y cuánta más pluralidad interna tenga, antes saltarán las costuras por dichas tensiones. Esto es, justamente, lo ocurrido en España.

Cuando nuestras elites políticas se sumaron entusiásticamente a la UE sin ningún tipo de debate público, controversia u oposición, no pensaron cuáles serían las consecuencias de dirigir un país que renunciaba a su soberanía nacional. Sin soberanía monetaria y con la política fiscal encorsetada por Bruselas, el margen para tomar decisiones políticas nacionales se reducía hasta la insignificancia. Con una política exterior supeditada a la UE y los organismos internacionales, el rumbo que tomase nuestra diplomacia tampoco podía ser objeto de debate o cambios trascendentales. Es más, con el proceso de integración de los títulos universitarios, hasta la educación ha devenido en campo de política nacional limitado. Es decir, en el Congreso se pueden tomar muy pocas decisiones que afecten a toda la población, a toda la nación. Nuestros políticos no tienen interés en defender o tratar temas públicos que nos afecten a todos, porque la política en sí misma se ha desvirtuado: la democracia se ha recortado y su esfera de acción también, por lo tanto, el sentido de la nación o de las políticas públicas también. A día de hoy, nuestros partidos políticos son delegados de los tecnócratas de Bruselas que implementan sus reformas mientras Alemania lleva el timón del continente.

Es paradójico que este proceso de privatización del espacio de decisión pública haya sido profusamente elogiado por una izquierda amante del cosmopolitismo de restaurante exótico que ha visto en la superación del Estado Nación el fin del racismo y las guerras mundiales sin preguntarse cómo íbamos a crear nuevos mecanismos de solidaridad que no fueran nacionales. Este abandono de la Nación en su sentido democrático ha permitido que la extrema derecha patrimonialice todos sus valores y, por eso mismo, sea la fuerza de choque contra la UE ante una izquierda inerme y desorientada.

Sin embargo, el establishment conservador o liberal tampoco demostró una gran inquietud: no se preguntaron si la UE podía derivar en un Imperio Alemán que disolviera a los Estados Nación europeos hasta convertirlos en unidades más fragmentadas y débiles subsidiarias de su nueva metrópolis. No parece que se preguntaran cómo pensaban adaptarse o adaptar sus nuevos países a la realidad que la globalización estaba configurando para ellos ni que, realmente, sintieran que la posibilidad de su quiebra o colapso fuera real. Supongo que, como siempre han vivido de los contactos y de los enchufes, saben que de algún modo se amoldarán a lo que venga.

Asimismo, tampoco analizaron con rigor y consistencia el encaje del R78 con las nuevas instituciones europeas. De hecho, la absoluta chapuza que es la Constitución Española ha sido una indulgente autocelebración narcisista e interminable de este régimen: sus muchos defectos y contradicciones han sido superlativamente exaltadas como muestras de nuestro ingenio, capacidad de improvisación, innovación… Durante décadas se ha hablado maravillas de nuestro Estado compuesto, nuestro sistema casifederal, nuestro café para todos… no es sólo la falta de rubor que produce este lenguaje baboso y masturbatorio, es que decir estupideces te hace estúpido. Tras 40 años conmemorando nuestra idiotez es normal que nuestra esfera pública no dé más de sí.

El R78 tiene un sistema fiscal disfuncional: las comunidades gastan pero no recaudan, excepto el País Vasco y Navarra. Eso favorece la irresponsabilidad y el clientelismo porque la factura de esas decisiones se paga entre todos y se diluyen las responsabilidades, mientras que los beneficios de esas decisiones son directos y únicos. No hay mecanismos de fiscalización, porque no hay una autoridad federal que funcione como árbitro. No hay una asignación de responsabilidades y funciones clara y nítida, no hay un diseño institucional coherente. Si bien es cierto que esto se debe en parte a las presiones de los partidos nacionalistas, el hecho cierto es que todos los partidos han vivido muy cómodos en este contexto, porque su discrecionalidad y arbitrariedad les ha dado mucho margen para negociar. Ante la imposibilidad de hacer política nacional impuesta por la integración en la UE, han podido hacer este tipo de cambalaches.

Esta dinámica ha terminado por configurar un mapa electoral en España en el que no existe nada parecido a un partido nacional o transversal. Los partidos que son hegemónicos en un territorio, son marginales en otro. No hay un partido que deba responder ante los intereses o preocupaciones de los ciudadanos de todos los territorios. Si bien todavía están segmentados por ideología, franja de edad o clase social, dentro de las derechas y la izquierda se está produciendo una fragmentación territorial que hace de los dos grandes partidos dos partidos territoriales que defienden sus bastiones electorales, sus comunidades autonómicas clave para ganar las elecciones. Todos los partidos defienden la financiación o la inversión en sus territorios clave como política nacional frente a las demandas de otros partidos que representan otros territorios. Culpar a los partidos nacionalistas de haber hecho esto es cínico, porque el PP y el PSOE también lo han hecho hasta el punto de desaparecer de aquellos territorios que no supieron representar o defender. Mantener la ficción de que hay partidos nacionales y partidos nacionalistas es cínico, al igual que creer que nacionalistas son los otros. Todos los partidos han practicado el pork barreling o el acuerdo cerrado entre elites, porque esta es la dinámica del R78 y la única opción que tenían. Todos son populistas e insolidarios y sería interesante preguntarse si, en realidad, así somos la mayoría de nosotros.

De hecho, resulta absurdo que el PP se haya erigido como defensor de la Nación española cuando es un partido que ni tan siquiera existe en Navarra. Cuando ha intentado someter a Unión del Pueblo Navarro o cortar con ellos ha terminado por ceder y volver a supeditarse a su línea política. El PP no existe en Navarra y, sin embargo, es el partido nacional por antonomasia. Esto debería propiciar la pregunta de cómo entienden los navarros su pertenencia a España y cómo es posible que se dividan entre independentistas y nacionalistas españoles que no quieren integrarse en un partido español y, obviamente, desean preservar su concierto económico. El problema es que abordar estas cuestiones supone chocar con el carlismo, con el nacionalcatoliscimo (o el nacionalismo del PP) y otras realidades que se pretenden superadas y olvidadas, pero que cada vez que despertamos siguen ahí.

No obstante, no parece que haya gran interés en abordar estas peliagudas cuestiones. Odiar a los catalanes es más cómodo y fácil y te ahorra tener que analizar la realidad de tu país. Creer que son unos burgueses racistas e insolidarios te da unas explicaciones más reconfortantes y, además, en este país odiar mola. Durante el franquismo era la cultura oficial: odio al rojo separatista. Por otra parte, tratar estos temas exige entender qué es la globalización y cómo funciona la UE. Exige conocer el trilema de Rodrik y entender las disyuntivas que afrontamos: no podemos estar en el Euro y ser un Estado Nación democrático. Las tres cosas no son posibles: si estamos en el Euro, deberemos dejar de ser un Estado Nación tradicional o una democracia. Si optamos por la democracia, nuestro estado perderá competencias y poderes y quedará reducido a un micro estado o una gran ciudad Estado que será protegida y tutelada en sus relaciones exteriores por una nueva metrópolis imperial, en este caso Berlín. Los privilegiados miembros de esta comunidad tendrán servicios y un buen nivel de vida, pero vivirán rodeados por metecos sin derechos, inmigrantes que quedarán fuera del sistema y serán ciudadanos de segunda o tercera categoría. Por el contrario, si queremos conservar los poderes clásicos del Estado, la imposibilidad de atender y encauzar las demandas de la población, harán que la fuerza del Estado se dirija contra sus propios conciudadanos para garantizar el orden. El estado se volverá autoritario y no democrático, podrá ser paternalista y proveer a sus habitantes de cierta protección social, pero el Estado y sus elites decidirán cómo hacerlo sin someter estas cuestiones al refrendo popular. Básicamente, el tema de fondo que están discutiendo los catalanes es cómo salir del trilema de Rodrick. Que el resto de los españoles no sé dé cuenta de qué está en juego o sean incapaces de entender que se está decidiendo aquí me sorprende. Ah, me olvidaba, en nuestra opinión pública los pelotas, los graciosetes y los haters tienen mucha cancha. Pues nada, catalanes cagalanes… a ver si así me llaman para escribir en El País.