Lyndon B. Johnson fue el último presidente de los Estados Unidos que hizo política de izquierdas, pero nadie reivindica su legado.

Hace dos días, Victor Lenore publicó en El Confidencial un artículo que resumía e intentaba introducir en el contexto político español el debate intelectual que se desarrolla en Estados Unidos sobre las consecuencias de las llamadas Identity Politics de la izquierda en el triunfo de Trump. En este sentido, dicha pieza entronca con este escrito anterior mío y, si bien hay diferencias sustanciales, el punto de reflexión que compartimos es el siguiente:  ¿Comprender el malestar de las clases blancas supone ser un racista o traicionar a alguna causa superior de la izquierda? ¿Es posible ganar elecciones sin dirigir tu discurso a la mayoría de la población?

El debate, obviamente, es polémico porque afecta a los intereses vitales y profesionales de muchos activistas gurús de la izquierda  que ganan honradamente su sueldo mediante dantescas batallas virtuales en internet con la esperanza de que el casito logrado revierta algún día en honorarios por conferencias, aumento de la venta de libros o nombramiento para algún cargo de gestión cultural que permita pagar el alquiler sin desatender Twitter. Básicamente, los mismos menesteres que caracterizaron las carreras de Zola o Blasco Ibáñez y que vienen a conocerse por el gran público como ser un intelectual.

Como es lógico, si estos gurús han declarado una cruzada contra Trump y todos los males asociados a su figura como el racismo capitalista heteropatriarcal, quienes intenten comprender al enemigo lo están humanizando y, en consecuencia, desvirtuando la razón de la cruzada porque, en ese caso, una comunicación, un diálogo, es posible y, entonces, más que de vencer se trataría de convencer. Curiosamente, convencer suele ser el paso previo a vencer en unas elecciones, pero, para qué engañarnos, ser elegido presidente para gobernar un país es un follón más cansino e ingrato que presentar un late night. Por lo tanto, uno comprende que los incentivos estén dirigidos hacia otro tipo de acción política.

Sirva esta irónica introducción tanto de pimienta necesaria para captar la atención del lector como de advertencia previa sobre la peligrosidad de tratar estos temas, porque tocan, en el fondo, un aspecto muy sensible: la imagen pública de muchos activistas de izquierda, su identidad, su personalidad, su ego… su vanidad, vaya. En realidad, casi nadie ha visto un red neck en su vida, no ha vivido en Texas  y lo que opine sobre estas cuestiones no va a cambiar el rumbo del mundo. Rasgarse las vestiduras es tan ridículo como impostado en este caso.

Sin embargo, quien esto escribe sí ha conocido a red necks. De hecho, durante siete años fui su profesor en el Study Abroad de la State University of New York (SUNY).  La red de centros educativos superiores del Estado de New York conocida como SUNY es una institución peculiar: reúne a alguna universidad de excelencia como Columbia, alguna otra de casi excelencia como la Universidad de New York y otras mediocres, pero buenas universidades norteamericanas, como Albany o Buffalo que se parecen mucho en calidad, paradojas de la vida, a las universidades españolas, aunque, en comparación, son muy caras. En el salvaje y competitivo mundo de las universidades yanquis, SUNY es casi una especie de bastión de la cómoda y medianera vida socialdemócrata. Por esa razón, a pesar de ser un punto neurálgico de new yorkers y liberales de clase media, también atrae a los red necks que no han podido entrar en una universidad de prestigio o no pueden pagar nada mejor.  Es ahí donde se produce un choque entre los dos países que todavía existen tras la Guerra Civil, entre la Unión y la Confederación, y entre las ambiciones y las esperanzas de dos clases medias que se encuentran atenazadas por el mismo problema que tiene el resto de occidente: la pauperización de las clases medias. Y yo he tenido la suerte de explicarles historia durante siete años, de dirigir debates en clase intensos y educados y de ver cómo las esperanzas puestas en Obama se desvanecieron para dejar paso a la furia de los red necks.

En primer lugar, como ya se ha señalado en otras ocasiones, detrás de la Alt-Right no está la clase trabajadora o proletaria. Como nunca he sido marxista, no tengo la esperanza de encontrar una pura, prístina, homogénea y numerosa clase trabajadora, porque esa clase obrera sólo existe en la historiografía marxista y en la propaganda comunista. La realidad es más heterogénea, compleja y fragmentaria. Detrás de la Alt-Right está la primera generación de blancos norteamericanos cuya esperanza de ascenso social ha sido truncada antes de completar los estudios universitarios. Este fenómeno es nuevo en los Estados Unidos y es incompatible con todos los principios fundadores del país y el sueño americano.

Los llamados red necks lo viven del siguiente modo: la selectividad norteamericana es un test conocido como SAT que evalúa tu comprensión lectora, tus capacidades matemáticas y tu expresión escrita. Éste arroja una puntuación exacta que es, en teoría, un indicador fundamental para ser aceptado por una universidad de prestigio, lograr una beca o, incluso, que te apliquen un interés menor en los créditos bancarios que debas pedir para poder estudiar. De tu nota en el SAT depende todo tu futuro profesional. El problema es que con la mejora de los años de escolarización entre toda la población en general, los estudiantes hacen mejor el SAT y, en consecuencia, su capacidad para cribar y seleccionar a los alumnos se ha reducido. Esto ha significado hacer más difícil los tests con la consiguiente necesidad de contratar preparadores o dedicar más tiempo a realizar tests para conocer su mecánica interna. Es decir, su dificultad y los costes que suponen se han incrementado hasta el absurdo, porque las competencias que mide el SAT tienen un techo. Llegado a un punto, el SAT ya no mide tu competencia o tu capacidad, mide tu perseverancia, resistencia al agotamiento, al estrés… cada vez la prueba mide menos lo que debe medir, pero, paradójicamente, pequeñas diferencias en el puntaje tienen consecuencias más graves sobre la vida de más estudiantes. Es decir, las contradicciones de la llamada meritocracia empiezan a sufrirse antes.

Tras estas experiencias, los red necks con puntuaciones muy destacadas intentan postularse a las universidades top, pero se encuentran que son sistemáticamente rechazados. Entran los hijos de las elites del país, porque sus padres también fueron a esas universidades y hacen las correspondientes donaciones. De ahí surge, obviamente, un gran rencor hacia el establishment y su hipocresía, pero, además, comprueban como estas elites escogen a alumnos brillantes provenientes de minorías para sentirse inclusivos e igualitarios. En realidad, se trata de una farsa, porque cuantitativamente las universidades norteamericanas son cada vez más exclusivas, más elitistas y más homogéneas socialmente, pero los alumnos que no provienen de este entorno privilegiado son cada vez más destacados para que las elites se sientan multirraciales y abiertas.

En esta representación del sueño americano que son los procesos de selección de las universidades, los red necks comprueban que no tienen ninguna posibilidad de ser nunca los mejores. Se consideran discriminados al no tener una identidad cool que les sirva para pedir ayuda, consideran que no reciben un trato justo o igualitario y que quienes son discriminados en verdad son ellos. Y esto es lo grave: tienen razón. El sistema está diseñado para discriminar, para seleccionar, para elegir entre mejores y peores y, por muy neutral y justo que se presente el sistema, jamás es justo ni neutral. Atiende a unos criterios externos que diseñan el sistema y su funcionamiento. Y las políticas de igualdad racial han hecho de la raza un tema central y que todo se perciba y explique mediante la raza hasta el punto que estos red necks son contrarios a cualquier tipo de ayuda social porque consideran que estará condicionada por la raza.  Y aquí de nuevo tienen razón: las minorías raciales son más pobres y se beneficiarán de las posibles ayudas.

Sin embargo, el problema es el diseño y la escasez de estas ayudas. El problema es el mismo concepto de promoción social como triunfo individual. El problema es una sociedad enferma de competitividad con un sistema universitario disfuncional que hunde más en la deuda a unas generaciones hundidas por las deudas de la sanidad privada. De hecho, este es un problema transversal para blancos, negros y latinos de clase media-baja hasta casi alta. Es increíble que no puedan ponerse de acuerdo para luchar por unas políticas públicas que les beneficien a todos.

Y no se ponen de acuerdo por culpa de eso que algunos llamarían izquierda liberal. Sí, la izquierda liberal se entusiasma con esas universidades de elite que ellos ven cosmopolitas, multirraciales, tolerantes porque permiten entrar en su paraíso a unos cuantos desfavorecidos que, a su vez, están entusiasmados de poder conformar parte de esta nueva elite diversa, integradora y universal. Y sí, en Estados Unidos hay un problema porque muchas veces esta izquierda liberal toma la bandera de las identity politics para argumentar que las diferencias por raza, credo u orientación sexual están muy mal, pero las diferencias de clase y renta están muy bien porque son reflejo del orden natural de las cosas.

En este sentido, Obama ha personificado el cinismo de las elites liberales. Celebrado como el ejemplo del fin del racismo en los Estados Unidos, el personaje siempre fue impostura. Obama es hijo de un alto cargo del gobierno keniata que estudió en Harvard, no proviene de una familia afroamericana. Se crió en una familia blanca, en un entorno blanco y como le han recordado tanto desde la izquierda como la derecha, su negritud tiene mucho de impostado. Al final, no fue el candidato de los afroamericanos, sino de las clases liberales y blancas que quieren olvidar y borrar el legado de la esclavitud y el racismo en la sociedad norteamericana. Esa izquierda liberal, siempre equidistante y sensata, que acusa a la izquierda de coquetear con el fascismo si intenta desarrollar un discurso libre de sus préstamos intelectuales.

La paradoja es que la política más progresista desarrollada en Estados Unidos fue por un tejano como Lyndon Johnson, un blanco del sur que representaba y con quien se identificaban esos red necks. Lyndon Johnson fue el autor de las leyes sobre derechos civiles que terminaron la discriminación racial y no el elitista y paternalista norteño de Kennedy. Que Obama se parezca tanto a Kennedy y no a un sureño, por muy blanco que sea como Johnson, es posiblemente el problema. Si el Sur de los Estados Unidos es la parte obscenamente pobre del país, se hace difícil que alguien del rico y educado norte, sea blanco, negro o mediopensionista, sea capaz de entender, representar y dar voz a los pobres del país y terminar con esa pobreza. Dará más de lo mismo: condescendencia y paternalismo.

Y el problema es ese: un político que sea capaz de movilizar a la población para la izquierda no puede ser del gusto de la izquierda liberal. No será amante del consenso, no será amante de la corrección política, no será amante del intelectualismo universitario. No tiene que ser un demente como Trump, pero algo de su ira deberá tener para canalizar el descontento. De hecho, el cambio en Estados Unidos significa que Harvard y Yale deben dejar de existir para que haya sanidad pública. Una sociedad que glorifica los campus universitarios para los mejores, para los seres de inteligencia y capacidad superior, no podrá jamás destinar esos recursos a garantizar la salud de los peores. No te puede gustar Harvard o Yale y ser de izquierdas; simplemente, eres un cínico.