Busto del jurista Hans Kelsen quien, según Pinker, probablemente fue un idiota por no aplicar el método científico en sus investigaciones para resolver sus hipótesis.

Steven Pinker nos ha deslumbrado en menos de cinco días con dos piezas de extraordinaria vacuidad e ignorancia que han superado toda expectativa que sobre él pudiésemos tener las personas con algo de instrucción reglada en esos menesteres que suelen llamarse humanidades. El primer texto, publicado en el Wall Street Journal, es una loa a la Ilustración que lo transforma a él en Mesías e único intérprete de ese amplio movimiento intelectual y a sus seguidores en apóstoles del nuevo credo. Por otra parte, también nos ha deleitado con un panfleto que acusa a las humanidades de ser los responsables de difamar y atentar contra el buen nombre de la Ciencia al mismo tiempo que pide más recursos para la Ciencia (y menos para las humanidades, obviamente), menos remilgos de los comités éticos en el momento de autorizar proyectos y experimentos y, en definitiva, más dinero, poder y repercusión pública para él y los suyos. Sinceramente, para ser ateos, suelen pedir lo mismo que el resto de sectas religiosas.

Sin embargo, este ejercicio de narcisismo, además de impúdico, sorprende porque uno es incapaz de comprender qué es exactamente esa Ilustración de la que Pinker se erige en portavoz y, todavía más, imaginar qué respuestas o soluciones da a los problemas que sufrimos los seres humanos, más allá de exigir más dinero público y privado para sí y los suyos. Por ejemplo, Pinker parece abrazar una especie de universalismo bioligista que considera que, como todos los seres humanos somos iguales biológicamente, nuestras mismas emociones deben llevarnos a una moral compartida. No obstante, esos presupuestos tienen poco que ver con la biología o la ciencia y más con una corriente de pensamiento conocida como ius naturalismo que, a su vez, no proviene de la Ilustración, sino que es anterior a la misma y, más bien, contraria a los postulados mantenidos por sus principales pensadores. El ius naturalismo tiene su raíz en el pensamiento cristiano medieval y es, en cierta medida, la secularización del derecho divino pero sin llegar a construirse a partir de una ética racional deslindada de un mundo moral metafísico. El ius naturalismo no corresponde al materialismo o al racionalismo del pensamiento científico, más bien es todo lo contrario, y sus críticos, precisamente, sí pertenecían a estas corrientes. De hecho, la Ilustración y la Razón suelen llevarnos al positivismo jurídico, a concepciones del poder político totalitarias y sin límites que niegan la misma existencia de derechos individuales. No es casual el absoluto silencio de Pinker respecto del Despotismo Ilustrado u otras formas de Tecnocracia, porque, precisamente, es la organización política que sus tesis apuntalan. Es más, uno se pregunta qué podría decirnos Pinker sobre Kelsen y su Teoría Pura del Derecho, si la considera dentro de la Ilustración, una obra científicamente válida o cómo encuadraría a su autor, cuestiones que exigen y requieren de un amplio conocimiento y reflexión sobre términos como justicia, ley, derecho o democracia.

Como es obvio, Pinker no puede contestar nada a este respecto, no sólo por su ignorancia, sino porque si quiere mantener su coherencia como científico, la ciencia poco puede aportar de significado a una discusión sobre la Teoría Pura del  Derecho. Aunque Pinker y sus seguidores están convencidos que quienes estudiamos humanidades o ciencias sociales lo hicimos porque somos imbéciles e incompetentes en matemáticas, el hecho cierto es que la mayoría cursamos estos estudios porque, a diferencia de él, comprendimos correctamente a Kant y entendimos que la ciencia poco podía aportar para comprender y resolver los problemas sociales, cuyo origen es político y difícilmente resoluble mediante la aplicación de reformas técnicas. El auténtico dolor de Pinker y sus fans es que no tienen mucho de interés o válido que aportar en los debates más acuciantes desde sus campos de especialización. Pueden participar y argumentar en ellos como ciudadanos, pero la autoridad y jerarquía que tienen en sus campos de especialidad no se puede trasladar al debate público. Sin embargo, la motivación de su movimiento es, precisamente, que se les conceda esta autoridad y se les reconozca la primacía de sus cuñadeces para pontificar sobre lo divino y lo humano.

Un caso ilustrativo en este sentido es el conflicto en Catalunya: ¿El derecho de autodeterminación es falsable? ¿Cómo aplicamos el método científico a los autos de Llanera para descubrir sus motivaciones? ¿Qué dice la ciencia sobre los presos políticos? Como es evidente, el pinkerismo no nos ayuda en nada en estos menesteres. Es más, en un principio, si Pinker y sus científicos de resplandeciente bata blanca fueran esos seres de luz ideales que él defiende, como mínimo, uno debería esperar que estos científicos aplicasen las normas y reglas de la discusión científica a los asuntos públicos. Sin embargo, en España, hemos podido comprobar cómo los llamados escépticos se han expresado con inusitada violencia contra el independentismo catalán y han apoyado al gobierno en su escalada represiva. Parece ser que, más que científicos, los escépticos son hooligans incendiarios que, en vez de contribuir a desactivar un conflicto, han disfrutado promocionando el enfrentamiento. Su rápida y extaordinaria politización nos ha sorprendido a muchos, por no entrar a valorar su asimétrica consideración de que el nacionalismo español es científico, racional y neutral mientras que el nacionalismo catalán es racista, excluyente, fanático y supremacista. Estas son las razones de su comportamiento:

  1. Son cruzados: llevan años en lucha contra la homeopatía, Josep Pamies, los posmodernos, las feministas radicales, los poscoloniales, los ecologistas, los animalistas… Su modus vivendi y su forma de expresarse es el insulto, la amenaza, la intimidación, el linchamiento… todos estos comportamientos están justificados por un bien superior que es salvar y proteger a los ignorantes del mal. Por lo tanto, en un contexto de enfrentamiento directo y represivo se crecen, se sienten en su ámbito natural. Más madera que es la guerra…
  2. Viven del casito y del dinero que les conceden las instituciones: a pesar de que defienden que la ciencia es un método infalible ajeno a cualquier tipo de presión y que el contexto social en el que se desarrolle no afecta a sus resultados, el hecho cierto es que los capitostes del movimiento escéptico viven del dinero público de las instituciones y de la atención que les preste el público. No pueden traicionar a su audiencia ni a sus patronos. Si la música militar levanta a todo el mundo, a ellos también les toca levantarse a su paso. Ser un escéptico a lo Brassens requiere de un nihilismo que no parecen practicar en sus vidas. Por otra parte, si todo el mundo habla de Catalunya y parece que la homeopatía ahora da igual, tienen que lanzarse al ruedo para lograr repercusión mediática. Están atrapados por las contradicciones de la forma capitalista de producir ciencia según las directrices del mercado, precisamente, el colectivo de científicos que más ha ridiculizado los intentos de abordar estos problemas.
  3. Desprecio a la moral: en su discurso cientifista en defensa de los hechos y en contra de las ideologías subyace el desprecio a la moral y el sentimentalismo. El resultado, las consecuencias, son más importantes que los métodos (el fin justifica los medios). No les gustan este tipo de conversaciones, en primer lugar, porque su formación no les concede ningún tipo de superioridad o formación en la valoración moral de los hechos y no tienen una amplitud de conocimientos suficientes que les conceda la capacidad de contrastar y precisar más correctamente. En segundo lugar, porque subyace una ética de la acción que justifica su comportamiento y paternalismo respecto de los otros. Discutir sobre moral es perder el tiempo y negarles los recursos y la atención que necesitan para reformar/transformar/salvar a la sociedad. Por lo tanto, temas como las garantías judiciales de los procesados o la existencia de presos políticos son irrelevantes ante el hecho de que la represión puede ser una forma eficaz de resolver un problema.

 

Por lo tanto, no parece que los escépticos seguidores de la nueva fe pinkeriana sean, realmente, una fuerza muy positiva del universo. Estas carencias del movimiento ya fueron planteadas en este mismo blog hace unos años y, el tiempo, parece haberlas confirmado. En ese sentido, el intento de minimizar o negar la participación de los científicos en el nazismo de Pinker no sólo es ridículo e históricamente incorrecto, sino que es un buen ejemplo de su miopía respecto del movimiento escéptico. Mientras que en Estados Unidos las conexiones entre el movimiento escéptico y la alt-right son un tema que preocupa, Pinker opta por la autoglorificación sin molestarse en comprender qué está defendiendo y las consecuencias de su postura. En este sentido, tener grupitos altamente cohesionados que se autojustifican y se reconocen entre ellos como superiores al mismo tiempo que odian a otros colectivos por no compartir su esquema de creencias no parece saludable o, como mínimo, democrático. Es cierto que esta forma de organización tribal es habitual en el ser humano y, especialmente, durante su adolescencia, pero, como mínimo, estaría bien que gente del prestigio y reputación de Pinker no los alentara en sus deseos de grandeza y reflexionaran sobre la consistencia y coherencia de su discurso.

Sin embargo, uno sabe que estos motivados escépticos de las redes sociales son la carne de cañón de los proyectos de investigación dirigidos por Pinker y sus iguales y que no sólo están dispuestos a defender a sus mesías hasta la extenuación en internet, sino que por ellos matarían y morirían investigando en las peores condiciones laborales posibles y, entonces, uno comprende cómo funciona esta rueda de explotación y las motivaciones reales de estos llamados científicos. Por esa razón, los posmos, los poscoloniales o las feministas molestan tanto, porque son quienes quieren criticar el modo de producción de la ciencia y cuestionar el estatus y bienestar otorgado al científico de éxito que acumula fondos de I+D gracias a tener el índice de citas más tocho. Por lo tanto, pese tanta apariencia de cruzado escéptico, uno ya sabe está ante los matones que en el laboratorio intimidan a todo aquel que ose cuestionar la disciplina y la jerarquía que conforman el modo de trabajar de la ciencia actualmente.