Esto sí es un núcleo irradiador

Durante el último mes, la Doctora Clara Ramas ha hecho una contribución en CTXT (I, II, III) sobre el patriotismo democrático que viene con la pretensión de reconciliar posturas en la reciente disputa acontecida en la izquierda como consecuencia del éxito del libro la Trampa de la diversidad. En un primer momento, este hecho debería despertar mi simpatía porque tanto en este blog como en el programa Ampliando el Debate he mostrado en una posición similar y, al igual que dicha autora, he alertado del problema que tiene la izquierda ante la crisis del Estado Nación al haber abandonado el nacionalismo.

Sin embargo, la lectura de las tres piezas ha dejado en mí un profundo malestar porque adolecen de los males derivados de la incestuosa relación entre mundo académico y partidos políticos. Es decir, sus tesis y argumentos están condicionados a satisfacer una línea política determinada y se adaptan a estos objetivos de tal forma que no hay autonomía o coherencia en la línea argumental. Todo es un cúmulo de citas pedantes ad hoc que pretenden disimular las contradicciones del texto. Es mera impostura intelectual que desea impresionar, con una erudición relamida, al lector que se considera ilustrado y tiene un alto concepto de sí mismo por leer, precisamente, sofisticados artículos de opinión que, en realidad, son fuegos de artificio para complacer a los dirigentes del partido, pero, en la práctica, no dicen nada.

Estos problemas destacan en la pieza central de su contribución, el segundo artículo, que suponemos es una reflexión sobre la vigencia de la Nación y su necesidad para la izquierda. Debo decir que no estaría en desacuerdo con su tesis central si esta fuese comprensible. No obstante, veamos sus déficits. El texto empieza fuerte, con prosa de reminiscencias Joseantonianas, cuando define democracia como Si la democracia es la participación de un pueblo en su destino, entonces es claramente incompatible con el capitalismo y el libre mercado.

Como es lógico, dicha tesis no necesita demostrarse en el texto, aunque el hecho cierto es que tampoco se puede demostrar. La participación en un destino suena bien, pero, si se trata de participar, podemos renunciar al destino y definir democracia como un sistema de participación o toma de decisiones colectivas que no discrimine a nadie. Suena menos épico, muy frío de las ciencias políticas, pero juraría que es preferible a la retórica falangista de destinos universales. Sigamos, ¿la democracia es incompatible con el libre mercado o el capitalismo? No es así exactamente, es más bien el problema del trilema de Rodrik: no se puede tener Estado Nación, democracia e integración económica mundial al mismo tiempo, uno de los tres elementos debe caerse de la ecuación. Como ya saben, tanto mi compañero Jesús Nácher de Ampliando el debate como servidor llevamos más de tres años divulgando el trilema de Rodrik en la esfera pública española. Es un marco analítico y conceptual más claro y proviene del campo de los liberales críticos con la globalización, detalle importante si se trata de dialogar con ellos para convencerlos. Sin embargo, su uso plantea el problema de exigir un mayor conocimiento en cuestiones económicas y no recurrir a una prosa marxista y desgastada por tanto exceso retórico.

La autora opta por Streeck, opción muy válida también, pero para decir obviedades con tono infantil como que los gobernantes escuchan el lenguaje arcano de los mercados. El lenguaje de los mercados no tiene nada de arcano y hoy casi todos los ciudadanos lo comprenden al saber qué es la prima de riesgo: si dudo que puedas devolverme el dinero que te presto, sólo te presto a un interés muy alto. Evidentemente, explicar por qué los gobiernos necesitan financiarse de este modo obliga a abordar la crisis del sistema de Bretton Woods, la decisión unilateral de Nixon de terminar con la convertibilidad del dólar, qué es el sistema monetario, qué es la política monetaria, qué es la fluctuación de divisas… como todo esto es muy complicado, es más fácil acudir a los cuentos de trasgos y hablar de los malvados mercados. Como es lógico, los intelectuales suelen explicarnos que deben usar estas simplificaciones porque el público lector (el pueblo llano, vaya) es demasiado iletrado para comprender estos menesteres y, por eso, se opta por figuras retóricas.

En realidad, son estos autores quienes no tienen ni idea de estas cuestiones y recurren siempre que surge alguna controversia de carácter económico a los socorridos Torres, Navarro y los hermanos Garzón para que solventen las críticas. No hay ningún problema en acudir a ellos, pero esto no hace más que demostrar la debilidad intelectual que tenemos como izquierda y el problema que supone un activismo lego en economía porque es la ciencia del mal. Nuestro problema es que, después de 10 años de crisis, la ciudadanía está mucho más informada y enterada, pero los partidos de izquierda carecen de nada parecido a una cantera de economistas de empaque. Y carecemos de dicha cantera porque hay que estar como una regadera para militar en un partido repleto de activistas tuiteros escribiendo sandeces con prosa oscura que discutirán tú mismo derecho a existir dentro de la izquierda por tener formación en económicas. Nos dedicamos a las batallas culturales porque son las únicas que nuestra tropa puede librar y las paguitas son escasas con tanto oficial. Si asaltamos los cielos, los economistas ya se los pediremos prestados al PSOE.

Pero volvamos al artículo: sigue otro párrafo incomprensible respecto de Grecia que culpa a Bruselas y las élites trasnacionales que extienden su poder a lo largo del globo. Estas elites trasnacionales son los malos de la película y esperamos que no sean judíos unidos bajo los protocolos de Sión. Sinceramente, el texto apesta a fascismo rancio más que a populismo transversal errejonista.

Por otra parte, cuando debe abordar el concepto de Soberania, nos econtramos que sin orden ni concierto aparecen una porrada de pensadores clásicos: La tradición democrática republicana denomina “soberana” a la voluntad general constituida como sujeto político. De poco sirve en política apelar a un marco jurídico o legal sin considerar la voluntad política que lo sustenta. Kant distinguía entre la forma regiminis, por la que un Estado es de Derecho o no, y la forma imperii, que determina qué tipo de Estado es, esto es, quién gobierna. Lo primero es ley, norma; lo segundo es soberanía, voluntad. En democracia, como se entiende desde Aristóteles, Cicerón, Rousseau o Robespierre, hay una voluntad general que reside en el conjunto de ciudadanos: mandan obedeciendo. El nombre moderno de este sujeto es la nación.

Independientemente de que el párrafo es incomprensible, está mal. No hay ninguna continuidad intelectual entre los autores citados, ni uno sabe muy bien qué pinta Kant aquí. El caos proviene de no querer abordar la cuestión de la Soberanía Nacional, que no es necesariamente democrática, y por eso nos fastidia la línea argumental del artículo y así como de intentar equiparar Voluntad General con Soberanía, que no son lo mismo. En consecuencia, Hobbes tampoco aparece citado. Este párrafo es un ejemplo de erudición mostrenca que pretende impresionar al lector, pero, en realidad, nos confirma que la doctora en Filosofía, además de evitar los temas de naturaleza económica, no es capaz de articular un discurso coherente en su propio campo de especialidad. Esto, empero, no se debe a sus carencias intelectuales, sino al despropósito de querer presentarnos el patriotismo democrático que viene.

Luego siguen citas descontextualizas y fragmentarias de la Constitución de la II República, la de Cádiz y la de la República de Weimar que, imaginamos, son la prueba empírica, documental (los datos, vaya) que validan la tesis expuesta. Considerar esto cherry picking es ser generoso. No obstante, este párrafo es el cúmulo del despropósito:

En resumen: la voluntad de democracia es la voluntad de autoconciencia política de un pueblo, que atañe a una determinada relación con sus élites y con una determinada capacidad de configurar su destino; y el modo en que esta conciencia política aparece en la modernidad es la de nación. No hay ciudadanía, reconocía Kant, sin comunidad que dé sentido a la voluntad general de un pueblo.

La democracia no atañe a una determinada relación con nuestras élites, la tradición republicana y democrática lucha contra la existencia de esas élites y por eso es contraria al liberalismo. No sé, si eres faro de la izquierda podemita intenta no escribir como un letizio de Politikon.

Después llegamos al Pueblo y se trata de pasada la cuestión de la Unión Europea. De forma indirecta, la autora muestra su crítica hacia el Euro, pero sin pronunciarse. Como es obvio, desde Podemos no piensan pronunciarse sobre este tema tan controvertido e impopular como llevo más de cuatro años explicando tanto aquí como con mis compañeros de Ampliando el Debate. Supongo también que los amigos de la Teoría Monetaria Moderna habrán perdido la paciencia al llegar aquí. A todo esto, aprovecho para comentar que aquellas personas que priorizan los temas económicos no son señoros pollaviejas contrarios a la diversidad. Muchos de ellos, simplemente, están cansados del activismo tuitero de izquierdas que pone siempre las cuestiones de identidad en la agenda porque necesitan el casito para vivir y, como no saben de nada más porque hicieron un máster de cultural studies, no quieren que se hable de nada más que su libro para evitar quedar en ridículo por su extensísima ignorancia. Esto, por cierto, no tiene ninguna relación con un malvado neoliberalismo que maneja los hilos para desorganizar y disgregar a la izquierda. Esto se debe, simplemente, a que la mayoría de personas que se consideran de izquierdas desprecian y odian la economía por considerarla un instrumento de dominación capitalista y, como mucho, asimilan groseramente jerga marxista. Por esa razón, no hay un público de izquierdas para columnistas de izquierdas en temas económicos mientras que sí hay una gran audiencia para los temas de identity politics. Y esto servidor lo conoce muy bien, porque los mismos mecanismos se reproducen en las facultades de humanidades y ciencias sociales. En definitiva, autocomplacencia infinita con nuestra propia ignorancia.

Pero sigamos con el dislate que diseccionamos. Como buena académica que sabe labrarse un futuro de éxito, la autora nos cita elogiosamente un foro en el que participaron Gallego-Díaz, Álvarez Junco, Martínez-Bascuñán, Franzé, Villacañas o Errejón entre otros. Como el resto de citas, no está motivada y no tiene ningún sentido, pero es una buena forma de compadreo y hacer amiguetes que, después de todo, es el principal objetivo de estas piezas. Sigue con: Para las élites no hay ninguna duda: el neoliberalismo en lo económico ha de acompañarse del globalismo en lo político. Una opción popular no puede sino responder, hoy por hoy, desde lo nacional y sus posibles ulteriores alianzas interestatales. Construir una voluntad general es construir un pueblo: donde lo nacional y lo popular coinciden.

Como no sé quién son esas elites, no sé cómo pueden apoyar el globalismo en lo político. Si el globalismo en lo político es la OTAN, el párrafo sería algo comprensible, pero supongo que eso se llamaría imperialismo yanqui. De todas formas, no logro ver ningún movimiento proglobalismo en lo político, cuando se está produciendo una fragmentación en el proceso de globalización. Respecto de que una opción popular no puede sino responder, hoy por hoy, desde lo nacional, estoy completamente de acuerdo, pero agradecería a la autora saber cómo valora la actuación del gobierno de Tsipras, ese silencio que hizo perder el rumbo a Podemos. ¿Salimos del Euro? ¿Hacemos alianzas interestatales para salir o para qué? Como siempre, prosa fatua que confunde al personal.

Sigue una cita a Sieyès que lo incluye como pensador democrático y republicano (¡Al creador del concepto de ciudadanía activa y pasiva!) que significaría un suspenso en un examen de Historia Contemporánea de primero de facultad. Continuamos con párrafos confusos sobre la crítica a la ilustración, un achuchón para Monereo, Anguita e Illueca y terminamos con dos párrafos que sintetizan todas las contradicciones del artículo:

En el caso de España, hay dos dificultades principales para su construcción popular como patria. En primer lugar, la usurpación de la bandera y la identidad nacional por la dictadura franquista, régimen violento e impotente que tuvo que masacrar y expulsar como “anti-España” a la mitad del país real que no era capaz de integrar. La resistencia, recogiendo hilos de la historia española de levantamientos populares, fue a la vez democrática y patriótica, nacional y popular, contra la considerada invasión extranjera alemana e italiana. Como explica el reputado historiador José Luis Martín Ramos, la noción de patria soberana en España se construye como reacción popular a la ocupación francesa; afirmar que el término “patria” es propiedad del franquismo o el centralismo denota la más abyecta subordinación cultural a los mismos y la impotente incapacidad de proponer un horizonte emancipador. 

En segundo lugar, la insoslayable plurinacionalidad de España, como subrayábamos en la sesión del Foro Res Publica enlazada arriba. Quien no comprenda esto no tiene un problema con Cataluña o con País Vasco, lo tiene con España: un país cuya diversidad es una riqueza incalculable, expresada en instituciones locales y autonómicas, lenguas y tradiciones populares vivas, que pujan por existir como identidad propia. Nuestra mejor tradición democrática, plural y federal jamás ha olvidado este punto sin dejar de ser, aún más, por ello siendo, patriota.

Como recordarán los lectores de este blog, la primera cuestión la abordé aquí con mejor prosa en el momento que debía abordarse: a los dos días de los atentados en Barcelona, cuando vislumbré el a por ellos que se avecinaba. También recuerdo el silencio de los faros intelectuales podemitas. Es grato ver que ahora les preocupa que el nacionalismo español vigente en la actualidad sea deudor del nacionalcatolicismo. Cómo esperan superar este problemilla merecería mucha más prosa. De hecho, merecería que en vez de usar la palabra patria usaran República.

El segundo párrafo es grotesco: España es plurinacional, pero sólo existe la Nación española. Es una contradictio in terminis brutal. El último párrafo contradice todo el artículo y evidencia que democracia, soberanía y nación no son categorías homólogas como ha pretendido argumentar la autora. Es puro folklorismo falangista de la diversidad de las regiones de España para evitar el nudo gordiano del conflicto que vivimos en España: el referéndum de autodeterminación en Catalunya.

Por lo tanto, este artículo me irrita en sobremanera porque es un conglomerado de lugares comunes rimbombantes que pretenden esconder todos los temas conflictivos del debate público, aturdir al lector con una prosa ridícula y pedantesca con la esperanza de confundirlo, impostar una vehemencia vacua que nos cubra de autoridad y determinación, cuando somos incapaces de posicionarnos en cualquier punto conflictivo.

NOTA:

Cuando empecé este post no sabía que Juan Domínguez Sánchez Estop había realizado una crítica similar. Unos días antes de su publicación, los dos participamos en un programa de Ampliando el Debate relativo a la Trampa de la diversidad y mantuvimos posiciones encontradas respecto del futuro del Euro y de la Unión Europea. Nos conocimos en aquella ocasión y no hemos vuelto a hablar. Tampoco comentamos los artículos de Clara. De hecho, los he conocido esta misma noche al compartirlos algunos amigos vía Twitter mientras preparaba la cena. No hay ninguna acción coordinada, pero es evidente que el interés que los dos tenemos por estas cuestiones ha motivado nuestras críticas.