Este libro fue escrito por mi padre y servidor. Divulgamos o popularizamos la historiografía más reciente e intentamos acceder audiencias sociabilizadas en el franquismo con un lenguaje cercano repleto de anécdotas familiares.

Sin pretenderlo, he vuelto a poner el dedo en la llaga. Cuando en el día de ayer diseccioné los artículos de Clara Ramas en CTXT no era consciente de que había un proyecto real de sustituir el referente de la República por el de Patria con la esperanza de ampliar la base social de Unidos-Podemos en España. En este sentido, Hugo Martínez también ha defendido recientemente tesis similares. De hecho, los dos autores están intentando introducir el populismo latinoamericano en España con el propósito de lograr la transversalidad y abandonar el lenguaje de clase. En un principio, no tengo nada contra dicho objetivo, el problema es que, precisamente, el referente en España es la República y no la Patria. Con su habitual torpeza tras sufrir el síndrome Tsipras, se están disparando en el pie, además de mostrarnos su desconocimiento de la historiografía del nacionalismo español. Sinceramente, uno no sabe cómo juzgarlos, porque jamás sabe si se encuentra ante políticos o académicos, pero, en ambos casos, me temo que las conclusiones no pueden ser positivas.

En primer lugar, intentar introducir la Patria en España con las mismas resonancias que tiene en América Latina es un error mayúsculo. En América Latina hay repúblicas, por eso la República no les dice nada, no es un mito movilizador, no hay nada que ganar. En segundo lugar, en América Latina la democratización ha tenido como referentes a caudillos militares que democratizaron la vida política luchando contra repúblicas parlamentarias oligárquicas. El defensor del pueblo, de la patria, es un espadón contra abogados corruptos. Como es lógico, esto no tiene nada que ver con la Historia de España. Ni tan siquiera en el siglo XIX los progresistas y los republicanos obedecieron a Riego, Espartero o Prim a pesar de su popularidad. Aquí no hubo caudillos de izquierdas, pero, además, durante el Regeneracionismo, los intelectuales republicanos de carácter más resolutivo, estatistas o autoritarios terminarían siendo una de las influencias del Falangismo ilustrado. Toda la retórica marcial y jerárquica de la patria que emplea Clara Ramas de mandar obedeciendo en España suena extraordinariamente falangista. Esto ya ha sido señalado en otro artículo por Juan Domingo Sánchez Estop, quien recuerda que:

1) por un lado, a diferencia de los países de América Latina, España no es un país ex-colonial sino un antiguo imperio, por lo cual la apelación a la patria tiene más una tonalidad de dominación que de emancipación; 2) a diferencia de Francia, que fundó con la Revolución una nueva nación teóricamente igualitaria, democrática y unitaria sobre los restos de los “países” en los que reinaba la monarquía absoluta, en España no triunfó revolución alguna, sino una de las más sanguinarias contrarrevoluciones, la dirigida por el general Franco, por lo cual las apelaciones a la patria son indisociables del Estado y de los lemas de sus aparatos represivos como la Guardia Civil, la Legión u otros cuerpos e institutos armados; 3) por último, el término patria es de difícil manejo en un contexto como el español en el que la pluralidad de nacionalidades y lenguas hace imposible una identificación sentimental universal y exclusiva como la que reclama para sí el significante patria.

Por lo tanto, resulta muy difícil imaginar cómo esta apelación a la Patria logrará que simpatizantes de Vox se acerquen a la izquierda en vez de normalizar, reforzar y volvernos en cámara de resonancia de los discursos de la derecha. Por otra parte, la ingenuidad y desconocimiento sobre los procesos de construcción de referentes culturales compartidos es asombroso y sólo puede igualarse con su preocupante ignorancia respecto de la historiografía española. Por ejemplo, Hugo Martínez afirmaba:

Uno de los triunfos más importantes de la derecha española y que garantiza una hegemonía cultural más sólida es habernos convencido de que el ADN de España es el vertebrado por Isabel La Católica, Torquemada, Felipe II, El Cid, Franco o Aznar. Los episodios reaccionarios de nuestra Historia constituirían, gracias a esta triunfante imagen de lo español, la normalidad; mientras que los brotes ilustrados, los episodios de democracia, de emancipación, los científicos y pensadores, los luchadores por la libertad, los episodios de convivencia entre diferentes… son anomalías dentro de una línea de continuidad en nuestra esencia reaccionaria, católica, anti-ilustrada y quema-herejes.

Parafraseando a Unamuno, podríamos decir que la derecha no convenció a nadie, simplemente venció. El franquismo, como ha explicado Fernando Molina, es un proceso de renacionalización brutal y totalmente exitoso. La erradicación de la tradición republicana, de su nacionalismo democrático, fue completa y la imposición del imaginario nacionalcatólico y falangista perdura hasta nuestros días. La antiespaña, como señalé el año pasado, vive en nuestra cultura oficial y Podemos, ante el resurgir de la cruzada nacional en su versión a por ellos, ha mantenido una preocupante equidistancia que lo aleja de la tradición republicana española de un Pi i Margall. Tras esta cobardía, esconderse detrás de la Patria nos pone en alerta ante la posibilidad de que sus posturas públicas converjan en discurso y actitudes con Gustavo Bueno y su escuela de marxismo imperial.

Finalmente, los autores de Podemos no dejan de hablar de construir Patria, de nuestra historia, de resignificar términos… pero son incapaces de explicar cómo hacerlo, porque no lo han hecho nunca. Les puedo garantizar que escribir columnas de opinión con oscura prosa académica no ayuda. Tampoco organizar congresos y seminarios para convencidos sirve de algo. Para calibrar cómo de ingenuos son, estas palabras de Clara Ramas en una entrevista son reveladoras:

— En esa búsqueda de lo común, ¿por qué le cuesta tanto a la izquierda española construir una noción de patria?

— En esa pregunta estamos muchos. Por la propia historia de España, esa palabra tiene cargas semánticas que en otros países no posee. La relación de España con su bandera es complicada por el terrible siglo XX, con la Guerra Civil y la dictadura. Pero hay que ser audaces y entender que en la historia de España hay un montón de hilos, un montón de movimientos populares que han utilizado sin complejos la idea de patria. Hay textos de republicanos y anarquistas que argumentan que los defensores de España eran ellos y que los golpistas eran los franquistas, que habían atentado contra España con la ayuda de fascistas de Alemania e Italia. Ni siquiera es cierto que Franco y la dictadura monopolizaran la idea de España porque estaba en pugna. Hay que encontrar esas experiencias populares que dejen ver que ha habido un pueblo español que se ha organizado para mejorar sus condiciones. El otro factor de dificultad sería la plurinacionalidad, que una idea demasiado estrecha de España deja fuera. Pero existe, y fuera de Castilla la gente vive su identidad sin complejos: deberíamos aprender de ahí.

En primer lugar, fuera de Castilla la gente no vive su identidad sin complejos. En España, ser bilingüe, no ser blanco o ser de una religión minoritaria puede ser problemático y combinar estas identidades culturales no es fácil ni aquí ni en ningún lugar del mundo. En realidad, con sus palabras nos demuestran que para ustedes es demasiado complicado entender esto. Por otra parte, no sé si en esa pregunta están ustedes, pero sí sé que mi familia ha estado muy concernida por estas cuestiones y que, precisamente, jugamos un rol protagonista en la recuperación de la memoria republicana. Estoy acostumbrado al desdén y la soberbia del intelectual madrileño, soy valenciano y si me expreso como español será la respuesta que tendré. En sentido inverso, sé que si me manifiesto en catalán, de Barcelona recibiré un trato similar. Al ser doblemente periférico, mi perspectiva sobre todos ustedes es mayor.

Por lo tanto, resulta gracioso verlos tan capficats en la creación de referentes populares y patrióticos cuando mi tío es el creador de Amar en Tiempos Revueltos, un culebrón (¿Os gustan los culebrones? ¿Cómo pensáis crear cultura popular, por curiosidad?) que durante siete temporadas logró cada día una audiencia media de tres millones de espectadores. Un culebrón que versaba sobre la brutalidad y la injusticia de la dictadura franquista y mantenía viva la memoria democrática de la España republicana. Una serie cuyo principal objetivo era recrear una España democrática y, por eso mismo, sólo podía ser pensada por valencianos, porque fue Blasco Ibáñez el primer político que logró romper el turnismo de los partidos dinásticos de la Restauración. La primera ciudad española en vivir un proceso democratizador a finales del siglo XIX fue Valencia, pero ya sabemos que algo sólo puede ser nacional si ocurre en Madrid. El resto siempre es historia local.

De hecho, Amar en Tiempos Revueltos es la culminación de la trayectoria de dos escritores e intelectuales excepcionales, els germans Sirera (mi tío y mi padre), cuyas dos pasiones siempre fueron el teatro y la historia. Los dos escribieron dieciocho obras de teatro de temática histórica ambientadas en el siglo XIX y XX centradas en esos momentos de rebeldía populares que tanto gustan a los podemitas, además de escribir para la televisión éxitos populares como el Súper. Esto son dos vidas consagradas a su vocación, dos vidas de muchas lecturas, de mucho aprendizaje, de mucho trabajo… todo surgido de la dificultad de poder encajar la propia biografía familiar en las historias oficiales y canónicas de España, de entender cómo su padre, mi abuelo, podía ser un demócrata católico de derechas si se suponía que eso no existía en España.

El problema, empero, es que Amar en Tiempos Revueltos llegó a España, a producirse en Madrid, gracias a Catalunya. Amar en Tiempos Revueltos fue en origen Temps de Silenci, una producción de la TV3. Fue un proyecto personal de mi tío, que logró convencer a los directivos de la TV3 totalmente recelosos de una serie que no encajaba bien en la oficialidad pujolista de Catalunya. Demasiado republicano, demasiado español eso de la guerra civil… Pero mi tío estaba convencido que esas historias debían contarse, que el teatro escrito por él y mi padre debía llegar a la pequeña pantalla. Al final, se aprobó un presupuesto para un pequeño proyecto. Todo el mundo esperaba un fracaso, a nadie le interesa la Guerra Civil, a nadie le interesa el franquismo… era enero de 2001. Temps de Silenci fue un éxito espectacular. Hubo que reescribir la serie de urgencia para prolongarla, hubo presupuesto para contratar a más actores y localizar secuencias en exteriores, se renovaron muchas temporadas… en RTVE respondieron con Cuéntame. Las dos series se emitían en Catalunya los jueves por la noche, pero en Catalunya veían mayoritariamente Temps de Silenci. En Catalunya, Cuéntame, el plácido franquismo, ya no era Patria. A principios de la década del 2000, esto ya se podía detectar estudiando las fragmentadas audiencias televisivas.

Tras la victoria de Zapatero, Diagonal TV, la productora, presentó a RTVE el proyecto de Amar en Tiempos Revueltos, una adaptación de la serie catalana para el ámbito estatal. Una serie republicana que había triunfado en Catalunya para España. De nuevo, se volvió a repetir un éxito en RTVE que nadie esperaba. Todo el resto de iniciativas de aquella RTVE basadas en la modernidad cultural madrileña amada por el PSOE fracasaron. Una serie republicana y nostálgica fue el único producto cultural que perduró durante las dos legislaturas de Zapatero. Es cierto que se puede considerar un culebrón para viejecitos y viejecitas sin relevancia o trascendencia, pero, en realidad, en toda la serie subyace una crítica a Linz y su dicotomía totalitario/autoritario. Es un folletín, pero detrás de sus rocambolescas tramas hay toda una voluntad, muy meditada y calculada, de descomponer la historia oficial de España, de desarmar todo el franquismo cultural que se marcó a fuego en este país. Al fin y al cabo, en casa siempre fuimos muy fans de Blasco Ibáñez.

Sin embargo, la serie se canceló cuando llegó el PP al gobierno. El odio que Amar en Tiempos Revueltos despertó en los sectores franquistas de este país fue intenso. Misma suerte corrió República, serie surgida del mismo equipo creativo como lo fue La Señora. Fueron diez años de intenso trabajo. Se aprovechó la ventana de oportunidad que supuso el zapaterismo para recuperar la memoria silenciada de la república. Para articular un nacionalismo español democrático que expulsase los referentes culturales del franquismo.

Ustedes, ahora, dicen que todo esto debe hacerse. No sé dónde han estado los últimos veinte años. No sé si tienen ni la más remota idea de cómo se hacen estas cosas de resignificar la Patria. No sé, sinceramente, de qué hablan cuando escriben y tengo muchas dudas de que pretendan cosechar audiencias más allá de los cuadros de su partido. No obstante, sé que Patria es una palabra estúpida, es un concepto que no pertenece a la izquierda, que es jerárquico, patriarcal y militarista. De hecho, un guionista o un editor de diálogos usaría República si quisiera que la audiencia reconociese a un personaje como héroe y Patria para que lo identificasen como un villano. En definitiva, no sé cómo esperan ustedes cambiar el imaginario colectivo de este país si nunca han hecho nada parecido a crear uno. Supongo que en uno de sus próximos mítines saldrán cantando: Por Dios, por la patria y el Rey…