Ben Barka, político marroquí opositor a Hasan II asesinado en París en 1965 con la complicidad de los servicios secretos

Si tuviera que resumir brevemente cuál suele ser el principal problema en el que todos incurrimos cuando intentamos manejar eso que se llama realidad, diría que es el narcisismo. Nos encanta mirar un reflejo distorsionado de nuestra grandeza que borre o empequeñezca nuestros defectos. De este maldito vicio surge, por ejemplo, la llamada superioridad moral de la izquierda: nos consideramos capacitados para aleccionar al vulgar pueblo sobre qué debe hacer, aunque, en verdad, no tenemos ni idea de qué queremos ni de cuáles son nuestras prioridades, cómo ordenarlas y, todavía menos, cómo ejecutarlas. Sin embargo, siempre tenemos una buena lección a mano que darle a alguien.

En este sentido, hace unos meses abordé los problemas que el pesado pasado imperial europeo supone para la izquierda, que no es capaz de articular nuevos discursos inclusivos a partir de esta desagradable herencia más allá de genéricas y poco efectivas consignas del tipo: occidente es malo. De hecho, esto se evidencia si comprobamos cómo la izquierda imagina sus mundos ideales como horizontes futuros. Como ya hemos señalado en más de una ocasión, la izquierda liberal y progresista ve un futuro multicultural e individualista asociado al consenso de Washington que implica el fin de todo lo colectivo o público. Es decir, desmantelar el Estado-Nación para terminar con los restos del Estado del Bienestar y sustituir la democracia por el mercado. Si no hay escuelas públicas, qué idioma o qué valores morales o religiosos se imparten ya no es un problema político. Cada comunidad sufraga sus propios servicios sociales acorde con sus gustos y preferencias.

A este respecto, los historiadores sabemos perfectamente que las sociedades multiétnicas, tan alabadas tras el fin de la historia producido en 1991, siempre han sido organizaciones políticas imperiales como el Imperio Otomano o el Austrohúngaro incompatibles con el concepto de ciudadanía moderna que requiere la democracia. Es decir, la supuesta tolerancia hacia la diversidad de esos sistemas políticos era posible gracias a su falta de igualdad y cuando dichos estados tuvieron que modernizarse para organizarse eficientemente sus contradicciones internas los hicieron saltar por los aires.

Por otra parte, aquellos sectores de la izquierda críticos con la supuesta trampa de la diversidad proyectan su obrerismo mítico en la década dorada keynesiana ocurrida tras la segunda guerra mundial hasta el fin de Bretton Woods en 1971. Se debe destacar, precisamente, como uno de los errores más graves que cometen al analizar este periodo pasado con la esperanza de poder recuperarlo para el futuro es el olvido de la descomposición de los imperios europeos que se produjo en aquellos años. Ese pasado ideal para el obrero blanco europeo se construyó mientras los pilares de su sostén, una hegemonía mundial que permitía un acceso seguro a los recursos, no había sido cuestionada por la emergencia de nuevas potencias. La izquierda, al soñar la construcción de su perdido Estado del Bienestar, se siente cómoda olvidando que fue posible gracias a una energía barata y a un mundo tutelado por los Estados Unidos cuyo orden y estabilidad suponía para pensadores como Friedman un freno, paradójicamente, al crecimiento de las economías menos desarrolladas.

En el éxito del consenso de Washington solemos olvidar que Friedman fue un apóstol de la liberación de los países del tercer mundo, que su sueño de una economía totalmente abierta y siempre sometida a la guerra de divisas iba a permitir a los nuevos países recién fundados crecer más rápidamente al poder atraer más inversión gracias a la mayor movilidad de capitales. Los burócratas, los planificadores, los políticos… iban a tener menos peso y a equivocarse menos en sus inversiones porque serían sustituidos por emprendedores que sí asumirían riesgos, conocerían la realidad de esos países e invertirían para atender a sus propios intereses y no para cumplir con un expediente de alguna agencia internacional.

Como es evidente, Friedman se equivocó y el principal beneficiado de esa globalización que él soñó ha sido China, pero eso no significa que la izquierda haya hecho una lectura correcta de los últimos cincuenta años de nuestra historia reciente. No la hacemos, porque eso implicaría aceptar que nuestro Estado del Bienestar fue posible gracias a una inercia postimperial que duró lo mismo que esa década dorada. Una vez se detuvo, entramos en una fase de decadencia que todavía manejamos como podemos mientras hemos creado el monstruo tecnocrático de la UE con la esperanza de ganar una eficiencia que no logramos al mismo tiempo que la clase media desaparece y las desigualdades se acrecientan.

Y una de las principales consecuencias negativas de analizar erróneamente el pasado es que tratamos la supuesta inmigración como si fuera un fenómeno nuevo asociado a la pauperización de la clase media cuando no es cierto. Esos inmigrantes siempre han estado ahí, eran nuestras colonias. No es un fenómeno nuevo, no es la llegada de un problema nuevo. Es la consecuencia de no controlar sus países militarmente gracias al Imperio. Los controles de fronteras sólo pueden ejecutarlos imperios, sólo podemos controlar la inmigración si volvemos a controlar políticamente los países de origen. En nuestra confrontación con la extrema derecha, debemos dejar de llamarlos fascistas porque es contraproducente. El público asocia fascismo con campos de exterminio y no de deportación. Si los llamamos fascistas, nos dirán que no apoyan ningún genocidio, que sólo quieren volver al control de fronteras previo a la globalización. Y, en parte, tienen razón, porque es imposible que haya fascismo sin haber pasado antes por la experiencia del imperialismo. De hecho, el fascismo fue aplicar las políticas imperiales europeas a los propios europeos.

Por lo tanto, debemos empezar a entender que esta extrema derecha son imperialistas reaccionarios como los que surgieron a finales del siglo XIX y que sus propuestas, a partir de una escalada bélica, derivarían en fascismo perfectamente, pero todavía no estamos en esa situación. Debemos empezar a explicar que ese control de las fronteras sólo es posible mediante militarización de las mismas, mayor gasto en ejércitos, mayores conflictos fronterizos y, en consecuencia, mayores tensiones militares con los países de origen de la inmigración que, tarde o temprano, mediante la dinámica de la guerra contra el terror implicará mayor intervención directa en esos países. Es decir, que una supuesta actitud defensiva para evitar la entrada de inmigrantes sólo será efectiva mediante una política intervencionista y agresiva que llevará a los países europeos a desempeñar un rol similar al que ejercían antes del fin de Bretton Woods.

La izquierda no puede seguir negando u obviando el pasado imperial europeo, debe hacerle frente y divulgarlo, debe explicar porqué importa, porqué es real y porqué convivimos con sus consecuencias. No es sólo una tarea que corresponda a los herederos poscoloniales de los oprimidos, tampoco es una tarea que debamos hacer exclusivamente para pedirles perdón o decirles que sentimos todo el daño hecho y ya veremos cómo lo repararemos. Es una tarea que debemos hacer para explicarnos a nosotros mismos quiénes somos, de dónde vinimos, cuál es nuestra realidad. Somo sociedades postimperiales, a pesar de que los tecnócratas liberales pretenden reescribir el mundo desde cero gracias a artefactos como la Unión Europea. Los nerdócratas ni entienden ni controlan este mundo, están perdidos y no saben qué hacer, pero, desafortunadamente, los imperialistas reaccionarios sí tienen viejas recetas para dominarlo. La izquierda podría dejar de anhelar paraísos perdidos y entender que el mundo de Bretton Woods sólo fue posible tras una tragedia como la Segunda Guerra Mundial.