La liga Hanseática en 1400. Plate 28 of Professor G. Droysens Allgemeiner Historischer Handatlas, published by R. Andrée, 1886

A diferencia de Contexta y otros medios digitales que no pueden permitirse mandar a sus periodistas estrella a cubrir los eventos del procès allende nuestras fronteras o publican artículos con identidades falsas, en Communia todos los autores vivimos fuera de España y eso nos permite conocer de primera mano la realidad que suelen cubrir con demasiados sesgos nuestros medios patrios. En esta ocasión, se ha dado el caso de encontrarme en Bruselas y he decidido acudir a la conferencia que daban Torra y Puigdemont sobre el juicio a sus compañeros que se celebra ante el Tribunal Supremo.

En primer lugar, debo desilusionar a aquellos que confían en que el mundo los está mirando. A pesar de la polémica generada por Tajani al impedir el acto dentro del Parlamento Europeo alegando razones de seguridad, la mayoría del público eran convencidos de la causa. Había muy pocas personalidades políticas, si bien la presencia de medios de prensa sí era nutrida.

No obstante, el evento ha sido bastante significativo porque la convocatoria de elecciones y las presiones de parlamentarios españoles, italianos y franceses para suspender el acto, han configurado un nuevo escenario para la presentación del conflicto catalán ante la audiencia europea. En este sentido, la intervención más interesante ha sido la de Ralph Packet, europarlamentario del N-VA, el partido nacionalista y conservador flamenco. Como anfitrión del acto, ha atacado directamente a Tajani por su comportamiento y por haberlo sometido a presiones durante estos días que superaban lo admisible en la cámara. También ha expresado su preocupación como eurodiputado más joven de la cámara por la falta de compromiso de las instituciones europeas y, especialmente, del PE ante el retroceso de los derechos civiles y fundamentales en Europa y ha criticado la doble vara de medir europea para juzgar los casos internacionales y los autóctonos. Finalmente, ha añadido que esto debería preocupar especialmente a los Estados pequeños, porque las instituciones europeas deberían proteger sus derechos ante posibles abusos de Estados grandes. Esta contraposición entre Estados grandes y pequeños ha sido constante durante todo el acto y uno no puede dejar de sospechar que el eje hispano-franco-italiano de estos días ha levantado muchas suspicacias, especialmente tras los comentarios irredentistas de Tajani propios del fascismo italiano.

De hecho, las intervenciones de Torra y Puigdemont han sido una apelación a la solidaridad de los estados pequeños de Europa, considerados como baluartes de la democracia ante involuciones autoritarias o populistas que, sobreentendíamos, se estaban produciendo en los Estados grandes. Este argumento se ha desarrollado con la presentación de la conveniencia para la UE de una Catalunya fuertemente comprometida con el proyecto europeo como freno al nacionalismo de Vox. Los paralelismos con Escocia han sido constantes para demostrar que, si el referéndum por la independencia de Escocia hubiese tenido éxito, la UE habría estado en una posición de mayor fuerza para enfrentar el Brexit. En ningún momento se ha explicitado, pero la posibilidad de un Spexit era la carta que estaban jugando Torra y Puigdemont para convencer a la audiencia europeísta.

Por otra parte, en términos políticos la situación se ha presentado claramente: nadie se acuerda de la DUI o reivindica su legitimidad o algo parecido al mandato del 1O. La represión policial impidió el referéndum y ahora se solicita una presión internacional que siente al gobierno de España a pactar un referéndum acordado y con reconocimiento internacional. Parece que la convicción de que un gobierno del PSOE apoyado por los independentistas terminaría cediendo para no eternizar el conflicto y sufrir un mayor desgaste internacional es su estrategia actual y tampoco parece que haya más. Es decir, hemos vuelto a 2015, pero con posiciones más enfrentadas y polarizadas que, paradójicamente, son un incentivo para el acuerdo, porque la otra opción es un conflicto abierto y real permanente. En definitiva, se debe entender que el referéndum del 1O fue una estrategia para forzar las actuales negociaciones, aunque no se explicite de este modo.

Por lo tanto, ante las elecciones legislativas, no parece que ninguno de los actuales partidos, ni la futura Crida de Puigdemont, vaya a reivindicar el mandato del 1O o la República Virtual e itinerante, a no ser que la CUP se presente con este programa. Es decir, tal como había aconsejado Ignacio Sánchez Cuenca en una entrevista en Vila.web, la DUI está enterrada y olvidada ante las instituciones europeas.

Por otra parte, la estrategia estados pequeños contra grandes permite, por fin, centrar el problema real que está viviendo España y que aquí explicamos hace más de un año: la integración en la UE está tensionando a los Estados Nación tradicionales como España, Francia e Italia y creando una Alemania hanseática apoyada por pequeños estados que sí pueden cumplir con las normas fiscales que impone la UE. Este conflicto es real y el incumplimiento sistemático de los déficits por parte de estos países es causa de un profundo malestar de los pequeños, que sienten que cumplen con sus compromisos, mientras que los grandes pueden saltarse las reglas a su gusto.

Esto, obviamente, no es cierto; pero sí refleja el disfuncional diseño de la UE y la eurozona y plantea, al mismo tiempo, una incompatibilidad estructural imposible de resolver. Los países pequeños pueden disfrutar de las ventajas que la Unión promete, mientras que los grandes generan duplicidades, soportan administraciones paralelas y tienen una política exterior propia que no coincide con los intereses de Alemania.

Sin embargo, la estrategia planteada por Puigdemont y Torra tiene innumerables problemas. En primer lugar, no importa la solidaridad de los Estados pequeños. Importa la de su auténtico protector en la UE: Alemania. Lituania, Letonia, Estonia, Eslovenia y Croacia son aliados tradicionales de Alemania, que siempre ha jugado el rol de garante de su independencia frente a imperios rivales. Pero esta lógica no se aplica a Catalunya. En un principio, Alemania no tiene ningún interés o alianza con Catalunya y ese es un trabajo a realizar desde cero y con la oposición de España, Francia e Italia. Del mismo modo, la ayuda de los pequeños es del todo irrelevante para esta cuestión, mientras que su malestar ante Alemania por los incumplimientos del Pacto de Estabilidad puede ser más efectivo para que, paradójicamente, la crisis del Euro se resuelva dentro de 10 años con la salida de los países grandes como Italia, España e incluso Francia. Por todo esto, este camino parece no conducir a ninguna parte.

Asimismo, hace un año la UE no afrontaba tantos problemas: Salvini no gobernaba Italia, Francia no estaba sumida en el caos, Merkel no había anunciado su retirada y The Movement no existía. Las elecciones al Parlamento Europeo son una prueba de fuego que, si bien pondrá a Catalunya en el centro del debate, no hará que nadie tome una posición en un conflicto interno de un país miembro. A finales de 2017, la tutela o supervisión de Alemania que limitaba el conflicto era más efectiva. Ahora, empero, la UE ha iniciado su camino de descomposición y parece que Vox en España puede contribuir en esa dirección. Es decir, los independentistas todo lo juegan a una UE fuerte liderada por Alemania que pondrá fin a una posible deriva autoritaria en España, cuando este escenario es muy posible que no se produzca.

Por todo esto, parece que la carrera emprendida por el independentismo llega a su fin y que los posibilistas intentarán alcanzar acuerdos con Pedro Sánchez tras las elecciones. El momento de la verdad llegará cuando el TEDH tumbe toda la instrucción de Llarena y obligue a un reposicionamiento del PSOE, C’s o PP. En ese momento, Vox se erigirá como partidario de desobedecer al TEDH y lanzarse a un choque frontal con las instituciones europeas por su incumplimiento. Sólo en esas circunstancias los partidos que sostienen el consenso del R78 podrán tener una excusa para ceder e intentar reconfigurar un marco político que garantice la estabilidad de los gobiernos. Hasta entonces, nadie se atreverá a tomar decisiones significativas y tampoco parece que el movimiento independentista esté dispuesto a asumir los sacrificios y riesgos que supondría tensar más las cuerdas.