La Casa Europea de la Historia. Este museo resume los males de la UE y le dedicaremos una serie larga de posts en breve.

El hecho más destacable de las pasadas elecciones ha sido que, por primera vez, en el Congreso de los diputados hay un partido euroescéptico. Si bien el ruido mediático de una intensa campaña, sumado a la habitual pereza negligente de nuestros periodistas, ha escondido este detalle, no podemos olvidar que en breve en Europa se disputarán unas elecciones que son un punto de inflexión en la historia del continente. En Bruselas temen la llegada de los populistas de derechas coordinados por Steve Bannon y, en realidad, consideran que esta partida ya está ganada por ellos. La UE y sus instituciones deberán cambiar en algún sentido para contener este movimiento disolvente, a pesar de que los eurócratas no tienen una postura común para tratar con esta amenaza. Algunos creen que, una vez accedan al poder, su derechismo les hará ser sensatos y responsables y se podrá llegar a acuerdos duraderos que mantengan la estructura market friendly de la UE. Otros, por el contrario, consideran a Bannon un agente de Putin cuyo verdadero propósito es desmantelar por completo la Unión.

Respecto de España, la irrupción de Vox significa que hay una voz discordante en el apabullante consenso pro UE que, a su vez, está colaborando con el resto de euroescépticos. De hecho, Vox es una pieza clave en el diseño de fuerzas de Bannon, porque ya es una especie de mediador entre el PiS polaco y Bannon, una alianza que se consideraba antinatura hace un año. Sea Bannon o no un agente de Putin, el hecho cierto es que los polacos consideraban que su proyecto sí atendía a un plan del Kremlin y no querían sumarse a él hace unos meses. Ahora, por el contrario, colaboran con Salvini y han ayudado a Vox a tener un espacio en Europa. De nuevo, este radical cambio de actitud ha pasado a la prensa hispana desapercibido, mientras que en Bruselas muchos sospechan que Putin aprovechará este acercamiento del PiS a los euroescépticos para decidirse a una anexión legal de Bielorrusia. Probablemente, a muchos les parece una locura, pero esos locos radicales de Vox están jugando en el otro lado de Europa una partida de mucho más alto voltaje del que imaginamos. Polonia y el PiS eran una nota discordante y molesta para construir un euroescepticismo común por oponerse al mismo tiempo a Bruselas, Berlín y Moscú.

Esto, por otra parte, no tiene nada de sorprendente, porque la errática e imposible política exterior de Polonia y su justificado recelo hacia todos siempre ha terminado, por el propio peso de los acontecimientos, por una cesión y colaboración con el mal menor con la esperanza de sobrevivir. En este sentido, los polacos confían que católicos como los españoles y los italianos serán socios más leales en el juego de fuerzas que se abrirá tras la derrota de la UE ante Rusia. Se trata de configurar una alianza de Estados Nación conservadores (Francia, Italia, Hungría, Polonia y España) que desplace o domine la UE y, de algún modo, reconfigure la equivocada y demencial política exterior jugada por Bruselas ante Rusia que provocó la desestabilización de Ucrania. Es cierto que esta coalición de derechas son los malos para las izquierdas, pero eso no significa que la UE y, especialmente, su política exterior hayan sido acertadas. El cambio de rumbo es necesario y será pilotado por la derecha, no por la izquierda.

Sin embargo, este amor hispano por Europa contrasta con Francia, donde Macron y Le Pen libran la batalla que muchos entienden decisiva. Los sondeos dan una ajustada victoria a los liberales, pero si se suma el euroscepticismo de derecha y de izquierdas, el bloque antiUE gana. No obstante, Le Pen está moderando las posiciones de su partido y ya no amenazan con salirse del Euro y la UE. Esta estrategia es pareja a la de Salvini, quien quiere también conquistar la UE market friendly para reformar la UE. La gran perdedora es Bruselas, la ciudad de los lobbystas y eurócratas. Tras las elecciones al Parlamento Europeo asistiremos a un sacrificio ritual de los poderes de la Comisión Europea y de sus megaestructuras supranacionales de control. El Euro y el BCE se mantendrán, pero el presupuesto y el número de las agencias europeas se reducirá. Quieren hacer sufrir a toda esta pléyade de burrócratas engreídos que han dirigido nuestros destino durante todos los años de la crisis. Lo cierto es que nadie moverá un dedo por defenderlos y será difícil contener la alegría que nos producirá verlos sufrir. Por esa razón, saben que son el blanco perfecto y todo la ira euroescéptica se dirigirá contra ellos.

Todo esto tiene otra consecuencia que los medios tradicionales no ha sido capaces de comprender: el Bréxit ha triunfado. La prórroga lograda pospone los acuerdos a una nuevas instituciones europeas que serán más receptivas al plan británico originario: una salida hecha a medida del Reino Unido. Los ingleses se han librado del todo o nada que quería imponer la UE y ahora podrán elegir qué tratados quieren mantener y cuáles abandonar. Y esta nueva Europa de derechas aprovechará el Bréxit para disolver las instituciones comunes y mantener acuerdos asimétricos y a conveniencia, a pesar de su promesa de conservar la moneda común como línea roja.

El problema es Alemania, aunque confían que sin Merkel todo será más fácil. La canciller ha sido la máxima defensora de la UE como un bloque indisoluble de normas comunes fundadas en valores compartidos. Merkel ha sido quien ha protegido a Bruselas y quien ha permitido a los eurócratas reinar durante la crisis, pero esta alianza llega a su fin. Alemania, tarde o temprano, llegará una posición común con Rusia para repartirse sus esferas de influencia entre las antiguas repúblicas soviéticas, como llevan haciendo más de 200 años, y, en este menester, Bruselas con su rusofobia ha sido más un incordio que una ayuda. De igual modo, la prioridad germánica siempre ha sido el Euro y si, para mantenerlo, deben suprimirse todas esas agencias que sólo sirven para que sus funcionarios se crean que rigen nuestros destinos, así se hará. Sin embargo, esto plantea el problema de cómo se logrará la viabilidad del Euro sin instituciones comunes que hagan cumplir el tratado de Maastricht. Los mercados disciplinan porque el poder político deja disciplinarnos. Sin un poder político que conduzca esa presión, nadie sabe cómo puede funcionar el experimento, aunque la hipótesis más probable es que, por el simple relajo del cumplimiento fiscal de los grandes países, estos terminen por abandonar el Euro.

Esta es la encrucijada que muchos todavía no entienden. Si hace cinco años expliqué el fin de la Unión Europa, cuando todavía todos los medios oficiales repetían las consignas de Más Europa o Otra Europa es posible, ahora explico cómo será el futuro de Europa en los próximos cinco o diez años y sé que volveré a acertar. El proyecto Europa va a derivar cada vez más en la Liga Hanseática, una unión de pequeños países alrededor de Alemania que compartirán el Euro. Por otra parte, los Estados Nación grandes, que provienen de Imperios fracasados, compartirán instituciones políticas y espacios de coordinación de políticas, pero habrán salido del Euro y habrán creado sus propias monedas nacionales que, al igual que ocurre con Dinamarca actualmente, mantendrán un tipo de cambio fijo con el Euro que les conceda algo de flexibilidad para diseñar sus políticas macroeconómicas. El mercado común se mantendrá, así como el demencial ecosistema market friendly que hemos creado. Es más, todavía será peor.

Los mecanismos de control político sobre las empresas serán menores y las prestaciones sociales de los países privatizadas por completo. No iremos en la dirección de la unión del Estado del Bienestar, como todavía piensan algunos progresistas desnortados, sino a su total disolución. En este mismo sentido, los países europeos no intervendrán en asuntos internos de derechos políticos o libertades de sus socios. El gran objetivo a derribar aquí es el TEDH que, por cierto, no proviene de la UE ni tiene relación institucional. De este modo, cada país será libre de tratar cuestiones como la inmigración o los derechos de participación político como crean convenientes o redefinir las relaciones entre el Estado y la Iglesia. El absurdo ideal de la ciudadanía europea se ha terminado.

Evidentemente, la gran cuestión aquí, como hace cinco años, es qué será capaz de hacer la izquierda para evitar esta reorganización conservadora del continente. Al igual que hace cinco años, me muestro totalmente pesimista. La izquierda no hará nada, porque sus líderes quieren salir por la tele y vender libros. Dudo, sinceramente, que les motive algo más que esto y eso es muy comprensible. Cada vez que debo pagar mi alquiler, me parece que su postura es muy sensata. Por el contrario, a los líderes de las derechas les motiva una ambición de poder real, quieren sentirse responsables de las vidas de sus súbditos, quieren sentir el poder y ejercerlo. Son más ambiciosos y están más motivados y, lo siento, eso te hace ganar.